Diluvio de lágrimas

Publicado por el may 22, 2011

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La culpa, resulta evidente, es de Federer. Un día le dio por ponerse a soltar lágrima cual damisela y enterneció a todo el mundo. A partir de ese día todo el mundo llora como si fuera el diluvio universal.

El primero, el gran profesional del lloriqueo, es Mourinho, que en torno a las sábanas secaojos ha aglutinado a gran parte de la masa social blanca, que no para de llorar. Lo hacen por todo: por el calendario, por los árbitros, porque los otros hacen teatro, porque los demás juegan a tope contra ellos y no contra los demás, porque Platini les mira mal (y Villa no digamos). Y todo el madridismo, abducido por los pucheros del portugués, es un mar de lágrimas.

Pero no todo el mundo llorón es blanco. También es rojo. Vean a Alonso. Que se calla, dice, lo del neumático duro para no perjudicar a Ferrari. Es algo extraño el lloro porque el mismo neumático le va fenomenal a los demás. Pero aún son más extrañas las lágrimas porque el coche no va. Como si el Ferrari fuese un Minardi o un coche de tercera. Pero no va. Así que Alonso pone cara de compungido porque los dos grandes hasta le doblan, y lo ve como natural. Así que pone una cara entre llorona y amenazadora, algo así “no me hagas hablar que la lío”, mientras asegura que al tiempo que conducía veía por las pantallas gigantes cómo los demás volaban. Vamos, espectador de primera línea.

Eso sí, si nos ponemos a hablar de llorones, los más grandes son los tenistas. Si llueve no juegan vaya a que se resbalen (pues los futbolistas se resbalan y se manchan de barro), si se oye una mosca no sacan, si la ciudad está a más de 300 metros de altura se ven perdidos porque la bola corre mucho, si hay humedad también porque la bola “flota”, o si hace frío se vuelve pesada. Si en vez de ser una Dunlop es una Wilson no les mola (como si fuese cuadrada en vez de redonda) y si se mueve el acomodador de la torre de TV del US Open, allá en las alturas, les despista y no encuentran el timing de la pelota.

Al final, todo queda en un intento de que las lágrimas sean tan numerosas que no dejen ver el bosque. Que el Barcelona es mejor, que Vettel te da mil vueltas o que Djokovic viene como una moto como en su día vino Rafa. Si ya se vio aquel nefasto día en Melbourne: tanto lloriqueo va a acabar ahogándonos. Así que menos lágrimas y más hakas salvajes…

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