Las naranjas

Publicado por el Nov21, 2018

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Las naranjas son un hilo conductor de El Padrino. Don Vito está comprando naranjas cuando le disparan y finalmente muere comiendo una naranja haciéndose el monstruo con la piel en la boca, jugando a asustar a su nieto. En el Padrino II, cuando Johnny Ola visita a Michael tras el bautizo de su hijo, le lleva de regalo una naranja de Miami. Sobre todo los Corleone tocan las naranjas como si las acariciaran, “tan tendrament com una mà que es clou damunt la mà que estima”. A mí me parecen la metáfora de la raíz, de lo que permanece, de Sicilia -más moral que física- y de los recuerdos y la historia de una familia que de un modo inevitable y trágico -aunque también a veces elegíaco- marca el destino de cada uno de sus miembros.

Mi niño interno es mi naranja, mi raíz, mi Sicilia. También mi historia puede contarse a través de una naranja. Yo soy lo que soñé cuando era un niño, y no sólo lo que soñé, sino la manera en que lo hice. Perviven las ilusiones, los mitos concretos, “els ídols d’ara per a la submisa fe de després”.

Hace unos meses un muy querido amigo mío, ya cansado del abordaje, ya rendido al ritmo de la edad que tiene, tuvo la bondad de comprar los billetes de avión para un viaje a París que mañana emprenderemos. Él tiene ya una edad, y unas circunstancias, que le llevaron a unos horarios que desde luego no son los míos. No porque yo sea mucho más joven, sino porque todavía vivo desde el niño profundo, desde la pura ilusión por las personas, las ciudades y las cosas, y él ya sólo teme sus cuidados y vive desde el presente para defenderse de todo.

Yo soy el “arde París y en tu piel se apaga el tiempo” y no podría aterrizar sin horror en Charles de Gaulle a las 11:40, esa hora turbia y fofa en que las secretarias salen a tomar su café con leche. Mi niño nunca vivió en la media mañana y desde muy pequeño aprendí a amarlo todo al abordaje, y es así como lo continúo amando todo y siempre, sin pedantería ni impostura, aunque me llamen ingenuo. Me gusta mi vida. Todavía me emociona vivir. Sin cinismo, sin postureo, sin otro filtro que el de mi sistema de fascinaciones infantil, que nunca me ha abandonado, que siempre me ha dado rumbo y sentido. Por esto no me verán jamás exhibirme en tontas fotografías en las redes sociales, presumiendo de mis restaurantes, de mis hoteles, de mi placer cotidiano, porque estoy demasiado ocupado apurando la experiencia y no necesito la mirada ajena para completarla -ni para completarme, que hay mucho de eso-; pero sobre todo porque las cosas, los objetos, e incluso los restaurantes y las personas, sólo me interesan cuando se filtran en mi vida, cuando hacen promedio con mi niño, y las metáforas no salen en los retratos. Me sirven para escribir, para depurar la idea, para crecer en ella, Via Veneto moral, Via Veneto estructural, mi vida podría contarse a través de tus estancias, rueda la naranja por las calles de mi edad y no para recordarme lo que era sino para afirmarme aún en lo que fui.

Yo no soy un turista, yo siempre he vivido aquí. Es muy probable que nadie en el mundo haya ido más veces que yo a Via Veneto. Y estoy en condiciones de asegurar que nunca me he tomado allí una fotografía. Ser y estar. Cuando significaron para mí la sublimación de algo, gasté fortunas comprando camisas, chaquetas, zapatos, pero hoy guardo la colección en el armario. Agotada la metáfora, el objeto se desvanece. Sólo me interesa la idea, la vitalidad de la idea y su nervio, y estoy vivo a través de ella, y tengo siempre amigos mucho más jóvenes porque me duermo en los entierros de mi generación y me sobra fuerza para escribir, para ser padre, para entender lo que no entendía. Me sobra fuerza y furia. Cuando no te pasas el día mirándote en el espejo, es admirable el tiempo libre que te queda. Nunca me he quedado en blanco, siempre he sabido qué escribir, nunca he dudado del sentido que mi vida tenía. Me he visto caer, he estado triste, pero siempre he sabido retomar el hilo porque el hilo existía. Mi hilo soy yo, cosido a mis juguetes. Mi hilo es la esperanza que he puesto en los demás, y aunque nunca he esperado nada a cambio, dar es dar. Me duermo en los entierros de mi generación, tan quejica, tan cínica, tan concentrada en sus complejos y sus agravios -these things have always been the same- que es incapaz de cualquier generosidad y desperdicia los dones de la Creación adoptando el gesto adusto de una vejez impostada, pero que les acabará llegando antes de lo que en su cinismo pretenden, porque es el castigo de Dios a los que viven sin él, sin su sed, sin su ímpetu, sin conservar su luz original como el pecado, sin su paracaídas abierto de sueño en sueño por los espacios de la muerte.

Tras muchos días inquieto por mi llegada a París, ayer finalmente compré un nuevo tiquete para salir de Barcelona a las siete de la madrugada e incorporarme cuanto antes a Saint Honoré y a Vendome. Son sólo dos horas, sí. ¿Y todo esto por dos horas? Salvador, chico. No son dos horas, ni por supuesto no son sólo dos horas. Tampoco es por aprovechar el tiempo, porque me quedo incluso un día más que ellos para ir el lunes con Maria a Disney. Es el niño que por tarde que me acostara esta noche, no podría dormir pensando en los minutos y segundos que no estaría bajo la bella luz de París por absurdamente partir a la hora de las oficinistas. Mi corazón impaciente no lo habría resistido, hubiera estado de mal humor, viviendo al revés, con el hilo perdido que me cose a mis juguetes. Yo todavía espero salvarme. Como en mis primeras mañanas de Reyes, todavía lo espero absolutamente todo de la vida, aún por desenvolver.

Llegaré solo a París. Acudiré a la biblioteca del Costes y tendré la mañana para escribir. Pasaré por L’Artisan de camino a Robuchon -en paz descanse. Dos horas que son mi modo de estar en el mundo, la inclinación mañanera del sol en mi piel, que si todavía es suave no es porque me haya cuidado sino porque continúo amando sin cinismo, sin hipocresía, sin fotografía, sin poder dormir cuando es el día de ir a París.

París moral como Via Veneto, como Disney, como mi sentido, como mis canciones, como mis artículos. Dame una idea y moveré el mundo. Te he traído una naranja. Sólo Dios no es una metáfora, aunque si no estuviéramos en lo cierto, sería la más hermosa del mundo. Todo nos ha pasado en París aunque no hayamos estado nunca.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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