Tres horas sin mi iPhone

Publicado por el Nov5, 2018

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Ayer estuve tres horas sin mi iPhone porque se me agrietó la pantalla y me la tuvieron que cambiar. Fue una experiencia humillante. Me fui al Avenida Palace a desayunar, amplios salones, esplendorosa escalinata, por ver si su estructura clásica me calmaba. Pero me sentí tan solo sin mi extensión natural, y tan desamparado, que en un arrebato de desesperación e insensatez, me puse a leer periódicos catalanes.

Empecé por La Vanguardia y la primera experiencia fue muy grata: me dejé llevar por el humor de una columna de Joaquín Luna sobre la pachorra española. Me hizo gracia. Bien escrita y certera, pensé: ¿lo ves? Hay esperanza.

Con el entusiasmo que me caracteriza, y del que soy tan partidario, abordé el artículo de Antoni Puigverd, titulado Cólera, pensando que trataría sobre su sentimiento tras al fin haberse dado cuenta de lo mal que el pobre escribe y de lo tonto que llega a ser, pero no hubo suerte y el tema era su aldeana indignación porque a los golpistas se les llame golpistas y sean juzgados como tales. Era esa mezcla de ignorancia y de superioridad moral del típico cateto de provincias incapaz de entender cómo funciona un Estado, y que no sólo resultaba estúpida en su planteamiento intelectual sino que además era ofensiva en su construcción literaria. Afectación de reprimido que se toca cuando ya muy tarde en la noche, oye a través de la pared que su abuela se ha puesto a roncar.

Continué buscando. Más que nada, por ver qué pasaba.

A Carles Casajuana lo conocí hace algunos años y me divirtieron sus anécdotas con La Reina mientras fue embajador de España en el Reino Unido: pero llevaba el pelo teñido de un negro tan desesperado que no pude evitar pensar, durante el rato que compartimos, que en el fondo estaba ante un cretino. Lo certifiqué ayer leyendo su bajísimo artículo, de donzella que se hace la escandalizada con su perrito en el tocador. Decía que había cosas que antes de Trump no pasaban, como que los presidentes se acostaran con actrices o que se refirieran a ellas de un modo despectivo. Tampoco había pasado nunca, según Casajuana, teñido, que un presidente insultara a sus rivales o se pronunciara en público en favor de la tortura o de las ejecuciones extrajudiciales. Hay que vivir fuera de la Tierra para no recordar la vida sexual de Kennedy, Clinton o Hollande, y la repercusión pública que tuvieron sus infidelidades con actrices, becarias y demás fulanas. Fue público y notorio cómo se refirieron a ellas, cómo las despreciaron, cómo las ridiculizaron para librarse de su asedio, y todo el mundo recuerda las “relaciones inapropiadas” que Clinton dijo haber tenido con la señorita Lewinsky y la manga de su chaqueta manchada de blanco. ¿Qué es lo que antes no pasaba, mi teñido, petulante, pretencioso Casajuana? Igualmente, hay que ser incluso más cretino de lo que te imaginé el día que te conocí, para haber sido embajador en Londres y no recordar con qué júbilo -y éxito de público- se atribuyó la señora Thatcher el asesinato de dos miembros del IRA para dejar claro que apoyaba a los policías que les dieron muerte (y lógicamente sus métodos). La estupidez de pretender que Trump es el primer presidente que le llama cara de caballo a alguien no hace falta ni comentarla, y es raro que un socialista como tú, my dark black Casajuana, no recuerde cómo tu partido llamaba perra (dóberman) a la derecha que lideraba José María Aznar justo antes de que os ganara. Es raro o no tan raro, si el tinte de tu pelo te ha inutilizado ya, como me temo, el cerebro.

Dejé La Vanguardia mareado y tomé El Periódico, y recobré el ánimo por una encuesta más ajustada de lo que calculaba. Fue tal el buen humor que decidí leer a Carles Francino tras décadas de no hacerlo. A veces la gente mejora, o deja de empeorar, y absurdamente pensé que podía ser su caso. La columna empezaba mal, citando a Isabel Coixet, una mala persona y una cineasta peor. La vulgaridad, la miseria y la tristeza que normalmente explota para justificar su obra son los sentimientos que sádicamente causa en su trato con los demás. Bien, la frase de Coixet que citaba Francino, y con la que ambos pretendían explicar el “procés”, era que los independentistas “le han echado algo al agua”. Francino, de la misma limitación intelectual que Coixet, elevaba esta mamarrachada a teoría como hilo conductor de su artículo, y como cualquier progre a sueldo de la Ser, intentaba la equidistancia de denunciando lo que los independentistas “trataron de imponer”, pero haciéndose la súper digna dejando claro también que siempre se había negado a admitir que aquello hubiera sido un golpe de Estado, y que discrepa de la prisión preventiva en la que se encuentran Junqueras y compañía. Es la eterna equidistancia, el inagotable relativismo, el meter la patita en el agua por ver si está fría pero queriendo siempre empatar con los tópicos de la estupidísima, totalitaria corrección política. Si admitimos, como Francino, que el año pasado una serie de catalanes intentaron imponer lo suyo a la mayoría, saltándose la Ley, y violentándola, ¿que es sino un golpe de Estado que intentar sustituir la legalidad vigente por la que tú prefieres? ¿Si la mitad de encausados se fugan, cómo confiar en que la otra mitad van a quedarse? ¿Quién condena a prisión preventiva a Junqueras: Pablo Llarena o Carles Puigdemont y luego Marta Rovira, fugándose? Para qué discutir, pensé, y le di El Periódico a la minyona que fregaba los baños del hotel y lo esparció por el suelo para que no resbaláramos.

Con el ánimo por los suelos abrí El Mundo, por ver si con un poco de distancia mejorábamos, y me topé con Gistau y pensé: no lo hagas, pero un hombre sin iPhone se agarra a cualquier cosa y lo que tuve que leer es el elogio del entrenador interino del Madrid por haber dicho que hay que jugar “con dos cojones”, porque según David el fútbol es así más divertido y auténtico que cuando se analiza bajo los conceptos elaborados de Bielsa, Cruyff o Guardiola. Es aterrador lo que uno acaba escribiendo cuando ya no tiene nada que decir, pero esperanzador -por lo que pueda pasarnos- que hasta un periódico agonizante le pague aún por ello. Pensé: este chico, es normal que no sintiera a gusto en ABC y que haya preferido hacerse acompañar de Lucía Méndez y Pedro Simón para hallar su muerte entre las flores. Con dos cojones.

Sobre las dos recuperé mi iPhone y volví al mundo ordenado y sutil de cuando yo soy el que lo escribo. Comí en Fismuler planeando con mi amigo Sergi la temporada de esquí y la noche de Fin de Año. Poco a poco me fue bajando el estupor de lo que había leído, con la sensación añadida de que ni de largo debía ser lo peor que se había publicado aquel día. Quedarse unas horas sin iPhone es un abismo, pero te pasa la angustia cuando te lo devuelven. Lo que tiene que ser terrible, pensé mientras me rayaban la trufa sobre la carne, es vivir sin talento.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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