Dos fraudes

Publicado por el Oct30, 2018

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Tal vez los dos mayores fraudes del actual sistema educativo sean la ausencia de Dios y la negación de la violencia. No se puede entender al hombre sin saber que son una cosa y lo mismo la libertad y el amor. La felicidad se habría borrado de la Tierra si no hubiéramos vivido defendiendo que la libertad -y el amor- son más importantes que la paz.

Lo que nos distingue de las bestias es la parte de Dios. Si no fuera sagrada, la vida de un hombre valdría lo mismo que la de una rata. Sin el sentimiento de culpa no existiría La Civilización. Sin la intuición atávica de lo que está bien y está mal cualquier ordenamiento jurídico sería inútil, y nos inundaría el caos. Sin el diálogo entre el instinto del bien y la tentación del mal no habría arte, ni belleza, ni progreso de la Humanidad. Sin la Navidad no tendríamos nada que celebrar. Sin el Calvario no existiría la generosidad y sin la Cruz el amor y la libertad no serían lo mismo ni tendrían para ti ningún significado. Vivir consiste en borrar las huellas del pecado original.

El laicismo es sobre todo una estafa, pero también una cobardía. Una dejadez espiritual pero también de la inteligencia. Una letal mezcla de egoísmo, miedo, indiferencia y oportunismo. Siento por los ateos -siempre la he sentido- la compasión con que empatizo con cualquier enfermo, en este caso de impostura y de resentimiento, pero ante la holgazana vulgaridad de los laicos sólo puedo reaccionar con desprecio. Y pese a todo, os queremos.

Expulsar a Dios de las aulas es volver brutos e ignorantes a los niños, negarles la verdad el acceso a su niño profundo, a su hombre infinito, a su misión, a su sentido, y cuando se rebajan tanto las expectativas, y se rompe el espejo en mil pedazos, cualquier autoestima es imposible, cualquier respeto por sí mismo o por los demás se vuelve, más que difícil, inútil -total, ¿para qué?-, y la apatía y los porros vienen primero, luego los piercings y los tatuajes, hasta que ya todo es resbalar por el nihilismo y la desesperanza, y nada importa nada. Si a un niño le niegas el gran abrazo de Dios, ¿a quién o a qué podría tener ganas de abrazarse? Putas y farolas, telarañas acostumbradas a hacer noche en el cristal.

Sin entender estos conceptos, sin el esfuerzo personalísimo de haber salido al encuentro de Cristo -escondidos los niños de hoy en la funesta moda del trabajo en grupo-, la idea de la libertad naufraga en los derechos y así es imposible construir nada. Sin Dios, sin la íntima e intransferible, eterna conversación con Nuestro Señor Jesucristo, ¿cómo explicarle a un niño que la libertad es un deber, que el amor es un don y que somos deudores de la luz que nos ha traído hasta aquí? Sin la Cruz, ¿qué significa la responsabilidad, de qué somos exactamente responsables?

Sin Dios, Churchill no habría podido entender que la libertad es más importante que la paz y probablemente Hitler había ganado la guerra. Sin violencia no podemos defendernos de la violencia extrema del mal. No deseamos la confrontación con el mal, ni la provocamos, pero medimos nuestra humanidad y nuestra fuerza cuando esta confrontación llega, y solemos entonces darnos cuenta que nuestra fuerza podría ser ilimitada, y entendemos lo que significa estar hechos a la imagen y semejanza de Dios. Sin libertad la paz no es la paz sino el drama silenciado de Dios, tal como sin Dios, la ciencia conduce a Auschwitz.

En la terrible moda del trabajo en grupo se diluyen los deberes, la responsabilidad individual, la intimidad con Cristo, la tensión del alma, el sentimiento de destino. Aflora la queja, la culpa siempre es del otro, nada nos rebela, nada nos conmueve, de ningún dolor nos sentimos culpables, la gratitud no sabemos lo que es y la generosidad es la que siempre esperamos de los demás sin dar nunca nada. La paz es un pasotismo, almas atrofiadas por el excedente. El sistema educativo denuesta la violencia porque educa en la rendición, en los derechos, en que lo importante es participar, y no ganar, en la emocionalidad de las consignas más baratas en lugar del compromiso difícil y vertiginoso con las categorías fuertes, con lo que define nuestra humanidad, pisoteada ya de entrada por hacernos crecer de espaldas a Dios y de cara a la rata.

Sin Dios la paz es el mar meciendo cadáveres. Los cadáveres de todo lo que amamos y que un dia al final murió porque creíamos que la paz era quejarnos en lugar de defenderlo. Sin Dios, la libertad es un fast-food y el amor queda en manos de tu dealer, y cada noche pagas lo que te diga.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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