Mi querido padre Apeles

Publicado por el Oct10, 2018

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Si La Vanguardia tuviera lo que un periódico libre tiene que tener le habría dedicado uno de sus semáforos rojos al presidente de la Generalitat por acudir al funeral de Montserrat Caballé con un distintivo de propaganda política, el lacito amarillo. Es impresentable ir con distintivos políticos o deportivos a los funerales (y a cualquier parte, pero bueno), y es especialmente grosero y maleducado hacerlo con un tipo de símbolo que ofendía en vida a la fallecida, como es el caso de la aversión que siempre la señora Caballé sintió por el separatismo.

Pero ni La Vanguardia es un periódico libre ni sus editorialistas parecen tener ningún respeto por los muertos, y hay que situar en el mismo nivel de infamia el desprecio con que el Govern ha tratado a la familia Caballé en los últimos días y el semáforo rojo que ayer le “pusieron” al padre Apeles, que como amigo de la diva y concelebró la misa en el tanatorio de Les Corts.

Es una aberración y un vicio de la peor Iglesia que el padre Apeles tenga prohibido decir misa en la diócesis de Barcelona, y cualquier persona culta y sensible tendría que poner el grito en el cielo ante semejante atropello, en lugar de convertirse en el felpudo de los que dicen prohibírselo en nombre de Dios cuando en realidad, con su estrechez de espíritu, su chochez de vieja que diseca el gato cuando se le muere y su resentimiento de alma reseca, sólo hacen que insultarlo.

Muy pocas personas en España igualan al padre Apeles en erudición y en conocimiento de la liturgia. Los que como yo nos honramos con su amistad, le estaremos para siempre agradecidos por su conversación generosa, por su paciencia por explicarnos lo que él da por descontado y los demás no siempre entendemos a la primera, y por la sensibilidad con que tantas veces nos ha acercado a las honduras del Misterio.

Yo también quiero que mi misa de difunto la celebre el padre Apeles, mucho más luminoso que cualquiera de sus detractores. Yo también prefiero, como Montserrat Caballé, elegir a mis amigos por su humanidad y por su nobleza que por lo que dicte la cobarde tiranía de la corrección política, cuyo cáncer afecta a todas las instituciones y ni ante Dios tiene la mínima vergüenza de retroceder.

Puede parecer menor -y en cierto modo lo es- dedicar un artículo a los semáforos de La Vanguardia, pero más allá de la anécdota me subleva la categoría. La categoría de la cobardía y la miseria moral con que en Cataluña se desprecia el talento, la sabiduría y la espiritualidad porque estamos en manos de una clase dirigente mediosa, mediocre, que ni carga con la Cruz ni tiene la menor intuición de Ella, que ignora que vivir consiste en borrar las huellas del pecado original, y que como las máquinas tragaperras, usan el poder para arrasar con todo sin ofrecer nada. Un sombrío agujero será su único legado.

Sucedió con Artur Mas tal como sucede con Carles Puigdemont y Quim Torra, sucede con la brevedad intelectual y el vacío espiritual de una parte del gobierno de la Iglesia, y sucede con los principales periódicos: ni el asomo de ninguna grandeza, sólo funcionarios y a veces sicarios. Ni la sombra de ninguna generosidad: nada que no convenga a la contabilidad diaria, al intercambio de inconfesables favores y de golpes bajos.

Hay un empobrecimiento, un cansancio, una oscuridad agobiante en la que es imposible que brille nada. Como una catedral vacía, como un drama de Dios. Olvidado gusto de vivir, desertores del deber de custodiar las flores extrañas, que son las preferidas del Señor.

Hace años que sólo salimos a empatar y sólo por eso -el resultado final qué importa- es que estamos siendo derrotados.

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