Las reservas

Publicado por el Sep27, 2018

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El problema general que los restaurantes de Barcelona tienen con el servicio se concreta con especial gravedad en las normalmente chicas que atienden el teléfono para apuntar las reservas. En pocas ciudades del mundo se da un nivel tan deplorable. Los dueños de los restaurantes tendrían que pensar que nosotros, los clientes, no disponemos de la mañana entera para reservar una mesa, y que es empezar con mal pie ponernos a media neurona al otro lado del teléfono. De verdad que entiendo que no podemos pagar telefonistas a precio de Einstein, pero la humillación que tantas veces supone reservar una mesa en un restaurante de Barcelona no nos hace ningún bien y constituye un descrédito quién sabe si irreparable para la casa.

En Cecconi’s raramente entienden lo que dices. En catalán es ya un quimera y en español casi también. No sé si son extranjeras de nacionalidad o de inteligencia, pero tienes que repetir la misma instrucción un mínimo de tres veces, y la lentitud exasperante de las señoritas te obliga a morderte la lengua y no decirles lo que piensas de ellas por no acabar durmiendo aquella noche en el calabozo. Luego los maitres compensan con su clase y su profesionalidad el destrozo que sus compañeras hicieron en las horas previas, pero no puede ser que llames a todo un Cecconi’s y que tardes no menos de cinco minutos en poder hacer tu puñetera reserva.

En Gresca, justo lo contrario, cuando te contesta una chica, es decir, Ascen, estás salvado y tendrás todo lo que desees en menos de medio minuto. Pero si te contesta el chico que tienen por la mañana es mejor colgar el teléfono directamente e ir paseando al restaurante y hacer de cuerpo presente la reserva. No se ha visto nunca nada igual: ni siquiera repitiendo cien veces lo mismo llegas a estar seguro de haber realmente reservado lo que querías. Como en un cuento de Kafka, el telefonista, en su absurdo, te va minando la moral y la cordura y acabas enloqueciendo. Gresca es uno de los mejores restaurantes de Barcelona -por no decir el mejor-, lo que significa que es uno de los mejores restaurantes de Europa. Sé que a Rafa estos saltos conceptuales le encantan: por eso los hago. Y evidentemente le vamos a perdonar la medio neurona y el paseo que tenemos que dar para reservar en directo, pero creo que no es mucho pedir una interlocución no digo que inteligente pero sí práctica y posible con la casa, por si un día tenemos -Dios no lo quiera- algo que hacer por la mañana que nos impida salir a pasear.

Lo de Pur también es extraordinario. Si te atiende Júlia estás salvado. Es una italiana sensacional que tiene menos tiempo que tú y “va per feina”. Le pediríamos matrimonio si no fuera que ya se lo pidió el barman. Pero por ejemplo el martes llamé para reservar para almorzar y me atendió una chica que hasta tres veces me preguntó si la mesa la quería para cenar, y otras tres me preguntó mi nombre, y creo que hasta cinco si éramos dos o éramos cuatro. Me hablaba con la carnosa voz de no haber dormido, que sin duda tiene su aquél cuando la encuentras buscando tus cosas en algunos canales de internet, pero no suelo ir salido cuando llamo para reservar y querría en cambio poder hacer la puta reserva sin perder más tiempo que contando mi vida entera.

Reservar en Yashima es también surrealista. Y no podré nunca dejar de preguntarme por qué los restaurantes japoneses creen que tener un servicio
japonés, que no entiende el español, les hace parecer más auténticos, cuando en realidad parecen más lerdos, y fundamentalmente lo son.

En Via Veneto hay una chica que contesta. Hace lo que puede y es suficiente, aunque hace más Via Veneto cuando contesta un camarero de toda la vida, alguno de los maitres, y ya no digamos los dueños, José y Pedro Monje. Pero bueno, tampoco voy a ponerme estupendo y ya entiendo que la familia Monje no está para contestar el teléfono. A mí sí, pero no a cualquier imbécil. Mientras no nos pongan chicas en la sala, todo ok. En Sushi 99 la atención es también competente. Si te atiende Víctor es mejor, porque puedes concretar todos los detalles. Los demás, como la chica de Via Veneto, hacen lo que pueden, y no hace falta más.

No cuesta tanto hacerlo bien. No somos clientes sólo cuando entramos en el restaurante. La eficacia es una higiene. La mala leche que a cualquiera le entra cuando necesita que un tonto le entienda y no lo logra, es mejor ahorrárnosla. Un restaurante está para arreglarnos la vida, no para molestarnos.

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