Las camisetas

Publicado por el Sep14, 2018

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El mejor resumen del momento actual del independentismo son los que han acampado ante el palacio de la Generalitat prometiendo que ahí se quedarán hasta que Cataluña devenga una república. Son 10 o tal vez 15, algunos dicen que 20, pero da lo mismo. Tras la euforia gritona de la Diagonal, la depuración del folclore ha dejado a viente tipos mal parecidos, vestidos como los camareros cuando salen de trabajar y sentados en sillas de cámping. Las estampas lo explican a veces mejor que las palabras. Desolador panorama después de la batalla. Todo lo tuvieron perdido desde el principio pero nunca nos lo habían dejado tan claro como estos días: la Diada fue ya bastante decadente y los restos del naufragio acampados en San Jaime acaban de colorear el deprimente espectáculo. 

Quim Torra y su gobierno se sienten cómodos en las demostraciones de los fines de semana, pero cuando vuelven los días laborables -“quizá, quizá tengan razón los días laborables”, según sentencia de Jaime Gil de Biedma- obedecen como corderos al gos d’atura. ¡Jau, Coloma! Y ahí va don Joaquín, cerrando las cárceles. También esta doble farsa la vimos ayer en la declaración judicial por el contencioso de las obras de arte de Sijena: el Govern, personado en la causa, no reivindicó ninguna desobediencia sino todo lo contrario, sumisamente todo lo contrario. Su declaración fue una suerte, humillante, del viejo “señor, por favor, no me haga daño”.

Excusas autonomistas de lunes a viernes mientras los festivos reclamamos utopías irrealizables, muros de cartón piedra para la falsa épica de derribarlos soplando, just like el lobo frente la casa de los cerditos poco trabajadores. No hace ni una semana de la performance de la Diada, y lo que queda de tanta exaltación de supermercado es una triste pancarta amarilla en el suelo de la plaza San Jaime, con el lema de que el pueblo resiste cuando en realidad el pueblo no se ha personado, porque la gente normal tiene que acudir a su trabajo, y en su ausencia ha dejado a la intemperie a los más grotescos personajes, hijos de todas las taras, embutidos en los más siniestros ropajes, con mención especial para las siniestras camisetas del Barça. Y no porque el Barça sea siniestro, sino porque las camisetas deportivas lo son, fuera de los recintos deportivos, aunque esto no lo entienda la gente que viene del pueblo a ensuciar los parterres de la Diagonal cada Diada y demás simulacros.

El independentismo continúa sin rumbo cierto, desunido, gastando su tiempo en euforias vanas, celebrando derrotas, sentándose en el suelo como los niños maleducados que esperan para entrar en los museos en sus visitas escolares. Esto es el independentismo tras la Diada: bocata y pancarta, folclore y esperpento, camiseta y cámping gas, mientras sus líderes les contemplan y les traicionan, les exaltan y al mismo tiempo negocian sin que nadie les vea una rendición disimulada.

Lo que Esquerra saboteó ayer -las negociaciones con el Gobierno dentro de la Ley- no tiene que ver con ninguna dignidad patriótica irredenta sino con los excesos verbales del socialista José Zaragoza, que detalló la verdad que nadie quería escuchar. Fue sincero pero poco hábil. Que se abortara la moción, para guardar las formas, no significa que tanto Esquerra como Convergència no estén negociando una fórmula más discreta para poder rendirse al fin, cobrar la propina, pero que no lo parezca.

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