Scalextric

Publicado por el Sep5, 2018

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Hace unos días le compré a mi hija un scalextric. Me costó 80 euros, lo que me pareció bien. Luego fui torpe montándolo y tuve que llamar a uno de esos operarios que gracias a Dios se encuentran por internet, y me cobró 60 euros por media hora de trabajo, lo que me pareció demasiado. Pero en fin, como todos los defectos, también la torpeza tiene un precio y ya me gustaría que se limitara siempre a los 60 euros. En cualquier caso, el scalextric funcionó y tras muchos accidentes descubrí la presión exacta que debía ejercer en el botón del mando para que el cochecito corriera lo más rápido que podía correr pero sin salirse de la pista. Y corría, corría el chochecito rojo. Rayo se llama, porque el scalextric está inspirado en la película “Cars”, de Dinsey.

Y cada tantas vueltas a la misma presión de mi dedo en el mando, y a la misma velocidad del cochecito, algo de lo más extraordinario sucedía, y es que Ryo descarrilaba. ¿Por qué en aquella vuelta y no en la anterior, o en las siguientes, cuando volvía a ponerlo en su vía?

Mi vida se parece bastante a esto. No es que haya descubierto la presión exacta, ni la máxima velocidad, ni el modo de no descarrilar, pero me pasa que lo que ayer me funcionaba y me hacía sentir bien, hoy me abruma y me angustia, y con los mismos hechos y los mismos sentimientos, se me mueve la tierra bajo los pies. Me parece que esto último lo dijo alguien antes que yo, y poco después su mundo se vino abajo.

Lo último que me ha sucedido no puedo contarlo del todo. Sí lo esencial, pero no los detalles concretos ni la persona exacta a la que me refiero. No me gusta este juego, pero digamos que en este escenario ya he arriesgado bastante más de lo que puedo sostener. Con esta persona a la que tanto quiero, y cuya identidad o parentesco no voy a revelar, he tenido una larga discusión -larga, de años- sobre algunos de sus prejuicios y defectos, que ella ni asume ni entiende. Pasados estos años, muchos años, de repente me he dado cuenta de que yo tenía toda la razón. En la identificación de los problemas y en las graves consecuencias que iban a tener.

Durante todo este tiempo me había sentido cómodo teniendo razón, disfrutaba de mis argumentos en nuestras discusiones, a veces riñas. Me divertía sacarte de quicio, con mis metáforas mejores que las tuyas, y me gustaba pavonearme en el espejo de todas las disputas que te ganaba. I sure do love you, let’s get that straight, pero me gustaba saber de ti más de lo que tú sabes. Y pensaba que Dios, que todo lo sabe de todos, tiene un trabajo estupendo.

Pero ayer, sin saber muy bien por qué, en una de nuestras conversaciones parecida a tantas otras, como la vuelta en que Rayo descarrila a la misma velocidad y por el mismo circuito, me di cuenta de que todo lo que durante estos años te he dicho era cierto, irremediablemente cierto, trágicamente cierto, y que no tienes escapatoria, y que sufrirás una desazón y un dolor del que ni yo podré salvarte y que se irá volviendo insoportable con los años. De vuelta a casa pensé que el trabajo de Dios es un espanto. Nos hizo libres y a su semejanza. Lo sabe todo pero no puede hacer nada.

Rayo, por qué estás tan triste. Descarrila el cochecito de la verdad en su tragedia inconsolable. Te juro que preferiría no haberte ganado nunca nada. Preferiría haber perdido todas nuestras conversaciones a cambio de no tener razón y de que no tuvieras que enfrentarte al terrible vacío que estás a punto de experimentar. Preferiría que el cochecito no corriera tan rápido, pero si en el looping no le das gas se cae, lo que supongo que también podría decirse de mi carácter y de algunas de las cosas que hago.

No sé por qué, lo que la semana pasada me divertía, hoy me aterra, ni sé por qué me sorprende constatar, con toda su profundidad, que es cierto y no tiene remedio lo que tantas veces te había dicho haciendo ver que te lo decía en serio, aunque en realidad sólo quería jugar. Me parecía gracioso jugar a ganarte y ahora que veo que de verdad te he ganado, y por goleada, estoy desolado.

A veces los que no escriben creen que nos aprovechamos del dolor ajeno para contar nuestras historias, y lucirnos en ellas, cuando lo que en realidad hacemos es procesar el dolor ajeno hasta incorporarlo a nuestra ansiedad, y así lo cargamos mezclado con el nuestro. Y cuanto más amor, más pesada es la carga. Y hasta puede que tú en tus afueras de Dios -sólo a algunos nos lo cuenta todo, ignoro con qué propósito- no sólo no notes lo que cargo de ti, sino que ni siquiera intuyas lo que está a punto de aplastarte, hasta que de repente un día te caiga con todo su peso en tu espalda y no te puedas levantar nunca más. Lo peor de la muerte, y esto me llevó un tiempo aprenderlo, no es que sea dolorosa, sino que es silenciosa.

He vuelto al scalextric con Rayo, y he tratado de contar las vueltas por saber si había una secuencia matemática, pero simplemente de vez en cuando volvía a descarrilar, como si alguien le contara la verdad y no pudiera soprotarla, como si quisiera decir algo sin saber con qué palabras; o como si hubiera asumido que por mucho que gritara, nadie iba a escucharle y esta fuera su forma de protestar. Yo descarrilé ayer, contigo, en tu mar de estupor. Está subiendo la marea y aún dices que sólo pienso en mí y que no me importan tus sentimientos.

El trabajo de Dios es atroz.

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