Kostis

Publicado por el Aug5, 2018

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He visto Suntan, en Filmin. Filmin está bien pero presume de ser una plataforma más erudita que HBO o Netflix y me parece que todas proporcionan las mismas joyas inesperadas y las mismas frustraciones de no dar con lo que buscabas.

Kostis es un fracasado torpe y poco comprometido con su trabajo que acaba siendo el médico de una isla griega de veraniego muy cerca de Mykonos. Llega en invierno y se aburre. En verano, una chica con una leve herida en la pierna acude a la clínica -Anna, de 20 años, hermosísima- y no es que se enamore de él pero juega a adoptarlo como a un perro abandonado. Algunas chicas son así y hacen estas cosas. Kostis, “soldado de la batalla perdida de la vida, han matado a mi caballo”, se entusiasma por Anna, y es lógico porque a todos en su lugar nos pasaría, pero en lugar de comprarse una caja de Viagra de 100 y tirársela sin parar hasta el final del verano, comete la estupidez no sólo de querer cortejarla, sino de querer formar parte de la pandilla de sus amigos hippies y nudistas, que lo ven como a un peluche, como una excentricidad, como una aventura más de sus vacaciones griegas.

Kostis intenta hacerse el simpático comprando cervezas y pagando las entradas de la pandilla a las discotecas, bailando de un modo que no guarda ninguna proporción con la edad que ya tiene, y el desajuste se le nota en que empieza a beber como un alcohólico -mucho más que como un borracho- y en que desatiende clamorosamente sus obligaciones como doctor de la única clínica de la isla. Anna efectivamente le va provocando hasta que un día en una playa intenta follárselo, y digo intenta porque Kostis, sin fármacos ni niguna otra prevención, el muy idiota, tarda apenas tres segundos en correrse y hace el ridículo de su vida, un ridículo que Anna no le reprocha pero que él siente, que es el peor ridículo que puede hacerse.

Al final Anna y sus amigos hacen su vida y cuando Kostis empieza a sentirse desplazado intenta tontamente retenerla en nombre del amor verdadero cuando es obvio que para ella sólo era un juego, y la película tiene un desenlace sórdido y patético que no quiero hacerles la faena de explicarles porque merece la pena que la vean: especialmente los hombres que ya pasaron de los 50. Y digo 50, supongo, porque yo ya pasé de los 40.

Siento una enorme simpatía por los Kostis de la vida. Son una calamidad y su arrastrarse es penoso, pero me reconozco en ellos, en la puta sensación de llegar siempre tarde, en querer empatar con lo que ya no nos pertenece, como si no supiéramos que el tiempo nunca nos espera, como si creyéramos que pagando unas cervezas o unas entradas podremos convencer a alguien a de lo que no somos, ni siquiera a nosotros mismos. Kostis es un tipo deplorable, mediocre, que desatiende su trabajo y esto te lo digo yo que estoy escribiendo para ti a las 4 de la madrugada del que tal vez el domingo más caluroso de la década.

Pero sin embargo sería un error que no nos detuviéramos ante su espejo, no tanto para vernos exactamente reflejados en él como para ver dónde podríamos llegar si perdemos la cuenta y el riesgo de nuestra edad. Nos quedan noches fantásticas, muchas noches fantásticas, y muchas islas griegas, y muchos restaurantes. Pero tenemos que aprender a vivirlos, y a exprimirlos, desde el poder de nuestra edad y no desde el ansia -que sólo conduce a la devastación- de querer atrapar un tiempo al que ni podemos volver ni mucho menos volverá.

No se trata de renunciar, ni de vivir menos, sino de saber quién somos. Si me gusta Kostis es porque también yo siento nostalgia no de mis 20 años, sino del aire impúdico y despreocupado de los chicos y chicas de 20 años que ahora veo en los bares o por la calle, y me gustaría sentirme tan ligero como ellos parecen sentirse, y poder imitar sus gestos, su frivolidad, su modo de estar en el mundo de quien no ha leído aún un libro, la infancia de la praderas que no piensan que hay que ganar su vida.

Kostis, y esto es importante entenderlo, cree menos en él de lo que Anna cree, y en lugar de dejarse llevar por la maravilla intenta dramáticamente poseerla y con su inseguridad y sus pezuñas la estropea. También por eso me cae bien, por su incapacidad de vivir directamente y de aprovechar los dones del plenilunio, para fiarse más de su estúpido instinto, y de sus teorías más estúpidas todavía, que le alejan de la vida y le sumen en la tristeza just like so many times before.

Todo lo tenías, Kostis, tu clínica en la isla y una adolescente bellísima que quería adoptarte mientras durara verano en que os conocisteis. Y mira cómo acabaste, supongo que en la cárcel. Lo hemos tenido todo tantas veces, y en tantas islas, y entre los muslos de chicas tan bonitas, que me abruma pensar el daño que nos hemos hecho y cómo hemos maldecido el mundo cuando nosotros éramos los únicos culpables de lo que nos ocurría. ¿Por qué eres tan idiota, Kostis? Te lo pregunto a ti por no tenérmelo que preguntar a mí y porque no hay nada más desesperante que bucear en le futur passé.

Pero no creas que no entiendo, porque aunque yo te hable de follar, ¿de qué sirve follar? ¡Qué triste propina es follar! Yo, como tú, siempre preferí la cima de vampirizar la vida a los que la tenían aún tan fresca, tan altiva. ¿Y dónde me han llevado, estas cimas? A ninguna parte, Kostis, o peor todavía: a algún infierno, como a ti, del que siempre he regresado de milagro y con incurables heridas.

Por tantas entradas, por tantas cervezas, por tantos 20 años que ya no tenemos, por tantos empates imposibles y tantos ridículos que nadie nos reprochó pero que nos humilló sentirlos mucho más que en cualquier escarnio público, por tantas carreras contra el tiempo y contra lo que somos y lo que sabemos hacer, y por tantos cuerpos hermosos que se nos ofrecieron con el encanto y el impudor de una noche de verano, y que en nombre de nuestro miedo disfrazado de poesía barata no supimos aprovechar, brindo por ti Kostis, por tu Anna y por tu desgracia, por tu última noche arrastrándola, por la policía que pronto llamará a la puerta de tu clínica y porque Dios en su infinita misericordia me salve aunque sea en el último instante de tu espantoso destino, que tanto estupor me causa cuando lo veo en ti pero al que muy probablemente mi instinto me conduciría.

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