Las croquetas de mi hija

Publicado por el Jul11, 2018

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Mi hija llevaba unos días con uno de esos virus intestinales que dejan a los niños bastante por los suelos y el hambre le volvió como un regalo de Dios sobre las 11 de la noche del martes de la semana pasada, y la tuvo concretamente de unas croquetas de Via Veneto. No estaba aún en condiciones de salir de casa pero me hizo tanta ilusión que hubiera recuperado el apetito que inmediatamente llamé al restaurante para ver cómo podíamos arreglarlo. Al ser tarde y un día entre semana tanto el señor Monje como su hijo Pedro se habían ya marchado, pero el maître González, que atendió mi llamada, no vaciló ni un instante, consciente de lo que Via Veneto es y representa.

Al cabo de no más de media hora, y cuando digo no más de media hora quiero decir, exactamente, no más de media hora, el camarero Costa vestido con su impecable esmoquin llamaba a la puerta de mi casa con una formidable bandeja de croquetas “y le hemos puesto también un poco de nuestro jamón, que a su hija le encanta”. Yo le recibí en pijama y obtuve la negativa por respuesta cuando pedí la cuenta.

No me discutieron la hora ni la petición extemporánea, ni me mandaron un Glovo o un taxi. Ahí estaba el camarero Costa, que además vi que había venido en su moto particular, porque sostenía el casco con su otra mano.

Cuando digo y escribo que Via Veneto es el restaurante total, probablemente el único restaurante total que queda en La Civilización, me refiero a detalles de esta calidad tan extraordinaria. Tomarse en serio a tus clientes no tiene excepciones ni horarios. Hay que vivir muy intensamente y muy inteligentemente lo que es el lujo, lo que es el servicio, lo que ser un gran restaurante significa, para entender que en las croquetas de mi hija te juegas tu ser o no ser. Siempre hay un abismo en el límite de lo que es racional, previsible, lógico. Un abismo ante el que el mundo convencional, que es el 99% del mundo, se detiene porque no sabe ir más allá. Por eso la vida de tantas personas es aburrida y penosa y por eso se vuelven independentistas, feministas, ecologistas o vegetarianas: porque no les queda más remedio que recurrir al delirio para hallar el aliciente que su falta de talento no les da.

Muy pocos son los que tienen la fuerza y la esperanza de saltar el abismo. Me refiero a Via Veneto pero también a Maria, porque tener el hambre concreta de unas croquetas de Via Veneto -tras unos días de no poder comer casi nada- no es un capricho, es un talento. Muy pocos son los que saltan el abismo y ellos son los que viven en la liga de las estrellas. Y no es por el dinero, ni por el esmoquin del camarero Costa, ni por las croquetas, sino porque esperan más de la vida y le dan más a la vida de lo que la vida les exige para llegar al fin del día, porque -como dice el papa Francisco- no es Dios quien se cansa de perdonar, sino nosotros de pedir perdón.

Via Veneto es un restaurante que está hecho de la medida de sus clientes, de una medida que normalmente ni sus clientes saben que tienen, pero allí están los Monje y su equipo, a punto para servirles cuando se den cuenta. Si eres cliente de Via Veneto, aunque no seas nada más, no has de preocuparte porque lo eres y lo tienes todo.

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