La distancia

Publicado por el Jun8, 2018

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Algún día entenderás la distancia que tuve que tomar para poder quererte como es preciso. Quererte sin abrumarte, sin abrasarte, quererte como tus pedacitos necesitan ser queridos. Algún día comprenderás la imposible victoria de la inteligencia sobre el ansia que he logrado para ti y verás que los días que estuve en el suelo no fueron una alfombra trágica sino la más talentosa y brillante declaración de amor que jamás nadie te haya hecho. Algún día sabrás las noches que tuve que quemar destruyéndome para que tenerte demasiado cerca no me impidiera amarte con toda mi fuerza, con toda mi luz, con todo mi amor. Sigues siendo el himno de mi corazón pero he tenido que ordenar la estantería para que no se derrumbara. Ha habido días en que no he acabado de saber si estaba despierto aunque tuviera los ojos abiertos. Ha habido días -pocos, porque that’s not what we do- en que llegué a pensar que no lo iba a conseguir. Pero aquí estoy otra vez, de vuelta, como los primeros días.

Cada persona tiene una distancia. Cada corazón necesita una distancia. Tú eso nunca lo has pensado y por eso tantas veces te devora el sufrimiento. Todo lo sufres y hay días en que sólo eres sufrimiento. No somos bosques. Somos jardines o tendríamos que serlo. La bondad sin inteligencia no tiene ningún mérito. El mar nace de su propio discurso y hay que tener cuidado con los pájaros que se anclan, con el imán del más allá que atrae nuestros pies. “¡Cortad las alas al velero orgulloso!” La pasión sin inteligencia es como las noches en que he tenido que ahogarme para hallar mi “no alejarme jamás del alba” que había perdido en la terrible confusión de que más cerca te amaría mejor. Sucias noches concretas, derrotadas horas, los ojos vidriosos de la furia de saber que hay un camino pero eres incapaz de recordar dónde está. Yo que soy el que siempre supe por dónde se rompen las almas y dónde se encuentran las cosas que no están en su lugar. Yo que soy el que sostengo en mis brazos la farsa y el sentido y el dolor del mundo, estuve tan cerca de ti que tuve miedo de desaparecer. Bueno, eso no es cierto, pero es un verso de Paul Simon, my love for you is so overpowering/ I’m afraid I will disappear. Yo nunca estoy a punto de desaparecer, pero estuve a punto de perder mi talento de saber amarte como tal vez sólo yo sé que necesitas ser amada, para que puedas conservar el ritmo y la calma, y hasta la distancia conmigo que probablemente algún día uses para matarme y continuar con tu vida establecida. Había escrito “tu vida normal” pero me ha parecido un exceso.

Esta lección no la esperaba y yo antes de ti conocía sólo los dos movimientos: el de llegar y el de marcharme, el de inclinarme sobre las vidas de los demás como un carterista que finge querer acariciarte la rodilla, y el de marcharme cuando me aburría -sufrir, y ésa es otra lección fundamental que llegamos siempre tarde a comprender, es esencialmente un aburrimiento. Me ha sorprendido verme ensayando este tercer movimiento. No lo pensé, no fue una idea. Más bien me vi haciéndolo en alguna de estas noches aciagas en que me preguntaba “pero qué haces” y en el taxi de vuelta a casa una extraña elegía de ti tomaba forma, aunque he de admitir que tuvieron que pasar algunas, bastantes noches de destrucción total – de vacío moral, como diría Valentí Puig- para que llegara a identificar que se trataba de una elegía.

Algún día las noches en fila india, con todas sus ovejas, comiendo las nueces de la angustia, con sus nubes de dolor colgadas como los más hermosos cortinajes, con las otras vidas que no he tenido más remedio que involucrar y tratarlas como si fueran piezas de una maquinaria -y sé que por ello Dios me va a castigar- vendrán a saludarte y las conocerás con todo su esplendor, con todo su estupor, con sus guirnaldas estremecidas, con su amor salvado, rescatado en la distancia, en las estanterías que he vuelto a ordenar.

El mar nace de su propio discurso y si la noche sufre es porque no conoce su estatura. Yo sé que alguna vez tuviste la sensación de que me iba, y no podía decírtelo, porque no podía decir nada, pero todo fue siempre tu elegía, a veces sin comprenderla, demasiado enredada a ti, demasiado cerca, demasiada muerte hasta volverla cúspide de vida. Algún día te rozará algo por casualidad y entenderás de qué ternura brutal, amarga, desesperada, pero finalmente ternura, ternura finalmente domesticada, estuvieron hechos los días clamorosos en que creíste que me perdías.

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