No me quieren

Publicado por el Apr20, 2018

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Mi querido David Gistau ha vuelto a El Mundo porque no era feliz en ABC. Yo fui feliz en El Mundo y soy muy feliz en ABC. David se queja de que algunos en La Casa no le quieren demasiado, y puede que esté en lo cierto aunque la verdad es que no tengo ni idea. Lo que sí sé es que a mi en El Mundo los hubo que me odiaron con todas sus fuerzas y que forzando mi despido no consiguieron hacer un periódico mejor sino todo lo contrario: el director que me echó fue una triste mancha para el prestigio de El Mundo, y los periodistas que le animaron a hacerlo, entre ellos Lucía Méndez y Pedro Simón, son carnaza de frustración, sectarismo y resentimiento, y la peor tragedia que podría sufrir España es que algún día fuera gobernada por las personas y las ideas que ellos defienden. Sus ideas, de hecho, gobernaron El Mundo hasta hundirlo en la miseria, con su director que fue expulsado por inepto y se comportó con Unidad Editorial como un cochero. Nunca les he escuchado pedir perdón por el daño que le hicieron a la cabecera y a la empresa; más bien han continuado con sus lecciones, con su cinismo de siempre.

También sé que muchos de los que dicen ser los amigos de David, en El Mundo, son los primeros a los que Antonio Fernández Galiano y Aurelio Fernández han tenido que tranquilizar diciéndoles que “David vuelve pero perdiendo dinero”, porque tras sus lecciones de pureza ensimismada siempre han creído que la libertad es recoger firmas para eliminar a los que piensan distinto y que la amistad consiste en que todos sean igual de desgraciados que ellos.

Cada uno le da a la amistad el sentido y el valor que quiere, y es muy libre de hacerlo, pero no tengo ningún amigo al que haya que calmar diciéndole que me van a bajar el sueldo, y si sin saberlo lo tuviera, a un amigo sí, que minuciosamente sepa que le retiro en este mismo instante mi amistad. Con amigos así, David, yo hasta preferiría salir a cenar con mis enemigos si todo lo que hacen es hablar en algún momento mal de mí. Con amigos como los que te esperan en El Mundo, yo hasta volvería a hablarle a Jorge Bustos.

Guardo como un regalo de Dios los cinco años y medio que escribí primero para Pedrojota y luego para Casimiro. Conservo en la redacción de la avenida de San Luis a muy buenos amigos: y algunos forman parte de lo que, quizá de un modo un poco cursi, llamamos y llamo mis “mejores amigos”. Una parte de animadversión, allí donde voy y en todo lo que hago, he aprendido con el tiempo a darla por descontada. En general tiende a desconcertarme que los amores y los desafectos se distribuyan con tanta intensidad a mi alrededor, but who am I to blow against the wind.

No creo que en ABC tratemos mal a nadie, pero ABC es ABC, y no se puede llegar a una casa como ésta y pretender que se adapte a ti en lugar de adaptarte tú a ella. En este mundo increíblemente inestable del periodismo mañana mismo nos pueden echar a todos, a mi me pasó en El Mundo, y en el Avui, de modo que sería ingenuo pensar que tenemos algo asegurado. Pero también pienso que si yo en ABC me siento bien tratado -pese a la cuota de detractores e incluso de odiadores que en cada parte parece tocarme- es porque también yo he intentado tratar bien al periódico, ponerme a su disposición, ver cómo podía ser útil y aportando lo que en cada momento ha sido necesario -y me ha sido posible- aunque inicialmente el director me contrató para escribir “sólo” las crónicas del Barça y un par de artículos de opinión a la semana. Podía haberme quedado ahí, podía haberme lavado las manos. No sé cómo me habría sentido tratado, pero me puedo hacer un poco la idea de cómo los demás se habrían sentido tratados por mí.

Al principio me costó acostumbrarme al tono de ABC, y todavía en algún artículo se me escapa alguna palabra, aunque sinceramente creo que las reacciones tan iradas del público cuando lee algo que no le gusta son exageradas, poco maduras y bastante totalitarias. A mí me basta con dejar de leer, o con pasar la página, cuando una columna tiende a molestarme. Pero en fin, procuro escribir teniendo en cuenta que estoy en ABC, y no tanto por la “censura” -otro exceso de cursilería- o por intentar conservar mi trabajo, como por la mínima educación de no perturbar el orden ni la armonía cuando te instalas en una casa que no es la tuya.

ABC tiene sus características, El Mundo las suyas, y El País ahí está. La COPE no es la Ser ni Telecinco es La Sexta. Hay veces que no nos quieren, y qué le vamos a hacer, pero podemos defender nuestro espacio con tesón y generosidad y si da sus frutos hemos de considerarlos nuestro premio. Podemos entregarnos con cuerpo y alma a nuestro trabajo y salvo accidentes como el que yo tuve con David Jiménez en El Mundo, las personas inteligentes y sensibles saben entender y valorar lo que haces y éste es nuestro camino y nuestra única manera sincera y justa de comportarnos. Somos escritores, somos periodistas, no somos princesas, ni reinonas. Y no es razonable ni sensato vivir sin admitir que los demás van a tener, como mínimo, la misma mala leche que tenemos nosotros.

Hay uns reciprocidad, o suele haberla. Si quieres saber cuánta gente te quiere, calcula a cuánta gente quieres tú y será el cálculo más aproximado. Piénsalo, y que desde la distancia sólo obtendremos distancia, desde el recelo, nos devolverán el recelo multiplicado por mil, y si tratamos a los que pretendemos seducir como primates poco evolucionados, nos dispararán los cacahuetes que les echemos convertidos en misiles. Yo lo haría. ¿No lo harías tú?. Hay una arrogancia de mérito indemostrado con que siempre los que no se adaptan a lo clásico juegan a ponerlo en cuestión en nombre de una complejidad que al final no suele pasar de complicación y de una intelectualidad que es un poco como los directores de cine que creen que sólo las películas tristes pueden ser profundas.

Nunca he renegado de los periódicos en los que he trabajado. He intentado siempre servir de la manera más útil y completa aunque ello significara hacer mucho más de lo que me pedían y pagaban. No siempre me ha servido para que me quisieran pero nunca me he quejado, aunque he de confesar que en algunos casos me ha entristecido constatar qué poco pesaba tanta dedicación, y la gran importancia que en cambio se concedía a los errores o distorsiones.

En el caso concreto de ABC, seguramente es donde me he sentido mejor tratado pero también donde mejor he rendido. ¿Qué vino primero? Bueno, yo lo tengo bastante claro. Le deseo mucha suerte a David de regreso a El Mundo, pero tengo la sensación de que los que le aclaman en su regreso no se alegran por él sino por ellos, por poder aferrarse todavía a un flotador que les permita no acabarse de ahogar en su porquería sectaria, en el cubo de la basura en el que han convertido el gran periódico de autor de Europa de las últimas décadas, y ahí está su miserable “tranquilidad” de que le rebajen el sueldo al que llaman su amigo; y más que la sensación tengo la certeza de que el talento es importante pero no suficiente, y que tenemos que cuidar de nuestras empresas como si fueran nuestros hijos y de nuestro trabajo como si fuera la botella de la que sale el aire que respiramos. Tenemos que entregarnos, vaciarnos en lo que hacemos. Es así como tratamos bien a nuestro periódico y a nuestros compañeros, así como nos ganamos su respeto y su afecto y así -y esto es básico- como ocupados en trabajar más y mejor no nos queda tiempo para saber quién no nos ajunta, ni para leer lo que nos escriben las siempre tontísimas plañideras, tan quejicas.

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