La terapeuta

Publicado por el Apr18, 2018

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Me ha dicho que pienso como un abuelo pero que siento como un niño. “¿Dónde está el adulto?”, me ha preguntado, y yo no he sabido qué responderle porque el adulto nunca me ha interesado.

Ella cree que la coherencia nos da sentido y que sin el adulto no somos coherentes, y que la angustia surge de la incoherencia, y no por lo que nos sucede, sino por lo que llevamos dentro.

Los niños no parecen interesarle y dice “como un niño” con desprecio, o como si me saludara desde una ambulancia. Los niños lloramos, los niños cansamos. Somos agotadores pero no creo que seamos despreciables.

Sin el niño profundo jamás hallarás el camino del amor verdadero, ni la ternura sin enredo, ni las ganas de jugar. El niño profundo es la llave y no hay que culparle de lo que sale mal porque nuestro vivir es inevitablemente trágico. Podemos hacer la parodia del adulto, presumir de medianías, sonreírle a la cámara mientras hacemos equilibrios sobre las puntas de los matices. La cámara que va a grabar en slow-mode nuestra caída, y si antes no hacemos nada memorable, nada que le salga a cuenta a Dios a cambio de su espacio y de su aire, si no jugamos, si no tensamos las cuerdas de la Creación, lo único que vamos a dejar es nuestro olvidado montoncito de corazones y huesos en el desahucio. No creo que Él se sienta demasiado compensado. ¿Crees que Él no mide estas cosas? Yo creo que sí las mide y que su contabilidad no es muy distinta de la mía. Más benigna, probablemente, pero yo no puedo contar con ello para no hacer nada, porque la benevolencia es su Gracia.

El niño que dice adiós haciendo el signo de la ola con su mano. El niño que se pierde y que se exalta y que ha aprendido a encontrar la paz en el ojo del huracán. Ella también dice “extremos” como si me regañara, como si la vida pudiera ser amada desde el centro. Y otra vez hace sonar la sirena de la ambulancia. Yo soy el arrullo del insomne y conozco este sonido por todas las noches que te he velado y tú creías que mientras dormías no pasaba nada.

Cuando era pequeño tenía un amigo y su madre decoraba la casa con muchas vitrinas e infinidad de figuritas dentro. Yo quería mucho a mi amigo, y a sus padres, y su casa era una de las pocas en las que me sentía como en la mía, pero nunca puede evitar que sólo entrar en aquel salón me asaltara el pensamiento -y hasta el minucioso cálculo- del punto exacto en que tendría que cuadrar el balón para chutar y cargarme de una aquel monumento al “horror vacui”. Cuando llego a las personas y a las casas lo primero que veo es la herida, por dónde podrían romperse, la verdad de la que jamás se levantarían, el libre directo con que podría convertir su vida en la eterna agonía de montones de pedacitos que nadie podría volver a juntar. ¿Por qué crees que casi nunca digo la verdad? ¿Quién podría soportarla? La última forma de compasión es la esperanza. Lo que cura el dolor no es la solución, porque no hay cura ni solución. Pero la esperanza nos ayuda pese a todo a continuar, la esperanza que es la promesa de Dios, la esperanza y el perdón y la piedad y el amor que han convertido a la fe cristiana en la más universal y sólo a su alrededor han florecido sociedades prósperas y libres.

¿Chutaría el adulto? ¿Diría la verdad o simplemente no la vería? Si los que cada día vemos lo frágil que es el mundo, si los que nos basta llegar para ver la herida y su hondura, si los que sabemos el punto exacto por donde todo podría saltar por los aires no cuidamos de las pequeñas almas descuidadas, del decorado que hace que la terrible tragedia sea soportable, ¿quién lo hará? ¿Cómo haremos para que continue el espectáculo?

“Preguntes fredament com estimo la vida quan no vols escoltar el que et diria un crit.”

No acudí a verla por padecer una enfermedad especialmente grave: una amiga común me vio especialmente decaído y aunque yo lo atribuyo a esta época del año, que nunca me ha sido propicia, me casi obligó a visitarla. La llama terapeuta o agitadora de conciencias. Son mundos que siempre me parecieron extravagantes y en los que nunca he confiado. Su consulta no era extraña, ni tenía oscuras estampas, no invocó a espíritus ni a culebras. Me tocó algunas partes del cuerpo que yo no había ni reparado en que tenía y que ella ya sabía que me dolerían. Me intentaba buscar y yo no siempre dejaba encontrarme. Más bien me defendía de lo que decía y me irritaban sus ideas sobre la energía. Pero sin embargo salí de allí pesando menos y sintiendo que algo preocupante había sido borrado de mi ser.

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