Gumboots

Publicado por el Apr13, 2018

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Gumboots es una canción de Paul Simon que me gusta mucho porque dice que tú crees que no podrías quererme pero yo creo que sí. Yo siempre he creído que dar es dar y que esperar algo a cambio anula la generosidad y es una autopista hacia el rencor. El otro día mi terapeuta me preguntó qué tres cosas me gustaría tener y le contesté que un crédito ilimitado, el trabajo de Santa Claus y que la tercera la considerara mi primer regalo. Es así como he vivido y me gustaría que éste fuera mi legado. Maria, te dejo el trozo de vida que compartimos mecida en mis brazos, un par de casas, la generosidad y la alegría como la higiene fundamental de cada día, y la llave de la única solución, que es el amor.

Paul Simon ha sido -junto a Ferran Adrià, Valentí Puig, Arcadi Espada, Jean Claude Ellena, Johan Cruyff y Bill Watterson- uno de mis principales compañeros de viaje. De él me viene un cierto sentido del humor, la formulación de algunos episodios de mi vida que escuché en sus canciones antes de vivirlos, la compañía en las más remotas circunstancias y certeza de que la complejidad no es un vicio. El día 15 ha anunciado su último concierto en Europa, en el Hyde Park de Londres. Y yo que siempre he vivido para que pudieran vivir los demás, para que nada faltara en el banquete de cada día, he de admitir que por primera vez en mi vida me he sentido mal, y hasta diría que bastante mal, por no haber recibido lo que esperaba.

Las dos cosas me sorprenden por igual: que yo esperara algo -¡a mi edad!- y que realmente me haya sentado tan mal no haberlo obtenido. Tal vez sean mis 40 años, o mis 42, por ser más exacto. Yo nunca he esperado nada de nadie. Lo que he querido me lo he procurado, he defendido mi espacio y he repartido esperanza hasta cuando no me quedaba. Pero esperar, yo nunca he esperado nada de nadie. He esperado de la vida y he ido a por ella. Sin embargo el lunes me di cuenta de que estaba triste, y casi diría que muy triste, porque Paul Simon dará en julio su último concierto en Londres y nadie se ha preocupado de invitarme, de ver la noticia y organizar en aquel mismo instante el correspondiente viaje, tan simple y tan poco caro, tan elemental, tan automático. Ni siquiera como una idea o como una declaración de amor, sino simplemente como un acto reflejo, como un rebote, como el instinto que a mí siempre me ha bastado para saber qué querían los demás, y saberlo incluso antes que ellos.

Paul Simon, Salvador. Con esto era suficiente para excitar cualquier imaginación. Sin nexos, sólo con la yuxtaposición. Así he vivido siempre y así creo haber enseñado a vivir a los demás. Ésta ha sido mi luz y la última palabra de todo lo que he dicho. Esta urgencia cuando la vida sugiere algo que ya ves que al otro le va a maravillar. Este ejército alarmado que nadie puede calmar y que todo lo quiere como el deseo en la palma de tu mano.

No lo digo por mí, ni por Paul Simon. Lo digo por una idea de belleza, por la caricia con que podemos y debemos acompasar el tiempo, y lo que hacemos con él, y con nosotros, con lo que de verdad importa y dibuja en el mundo el sentido de nuestro paso.

De todos modos no se me escapa que la culpa es mía. Esperar, ¡yo que soy quien mejor conoce el mecanismo! Nunca me había ocurrido y espero que nunca más vuelva a ocurrirme, porque la alegría de mucha gente depende de mí y aunque triste también puedo, me cuesta mucho más realizarla. Quizá la edad, los 40, o los 42, en que la vida hace resumen, me ha aflojado los esfínteres y aquí estoy cautivo y desarmado como un 36. No es prudente esperar nada de los demás. La generosidad es un acto personalísimo. Nunca pienses en los demás como seres recíprocos sino más bien como recipientes que tú llenas de sentido, como terminales que tu llenas de pasajeros y de los regalos que traen de vuelta a casa. Tienes que concentrarte. La generosidad no es un diálogo: es una misión. Hasta puede que una misión egoísta, porque vivir siendo un miserable es un castigo para cualquier persona que tenga algo más que la sensibilidad de una rana. Pocas cosas hay más deprimentes que las vidas que no dependen de algo más grande: yo me salvé teniendo a Maria.

Para tener siempre esperanza, o para poderla recuperar enseguida que la pierdes, y poderla continuar repartiendo aunque sea como un Santa Claus de ir por casa, es importante que no te salgas nunca de los férreos y a veces desoladores límites del monólogo. Santa Claus no escribe cartas, sólo las lee, y rápido, porque los elfos le cobran las horas extras. Para convertir tu vida en algo más que el pasar repetido de los días hay que concentrarse, y que un poco de manierismo victoriano te ayude a compensar el falso gótico de tantas damas. Para vivir y que la vida no te pase mientras no haces nada tienes que definir los límites de tu unicidad y no cruzarlos, reunir tus fuerzas en tu propósito y no abandonarte jamás al incierto intercambio de lo que nunca llegará. A veces el sol de una mañana de invierno o el reflejo de su sonrisa en el vaso, más suave de lo que esperabas, te hacen creer que podrías sobrevivir al tráfico diario. Y podrías si fueras tan bestia como los demás, si no tuvieras tu cometido, los ojos de Dios en tus ojos pero sin su irrompible eternidad.

Lo que Paul Simon es para mí no depende de un concierto, ni me gustan las multitudes, ni hubiera dejado de cenar en Nobu para estar en pie tres horas nada menos que en un parque, pero me he asomado al mundo y me ha herido su ceguera, y no es que no tuviera aprendida la lección de la soledad, ni que crea que por mi insensatez no merezca el escarmiento, ni que haya olvidado que jamás se puede bajar la guardia, pero algo de mí salió hacia ti y aquí estoy escribiendo este artículo sobre no se sabe exactamente qué, con mi misión que cumplir y un poco demasiado triste.

No podemos volar, pero podríamos correr más rápido. Y aunque no siempre es un carterista el que se inclina para acariciarte la pierna, conozco los riesgos de escribir este artículo antes del concierto pero no siempre podemos considerar el calendario para escribir lo que nos muerde, y todavía menos lo que nos sorprende: la sorpresa de verme así, a mis años y con todo lo que he aprendido de los demás y de su naturaleza “escadussera”. Conozco los riesgos de escribir este artículo, y de publicarlo, antes del 15 de julio, y de los flujos emocionales del “yo es que pensaba”, todavía más deprimentes que la indiferencia a secas, todavía -y ya es decir- más vulgares.

Y conozco también la indecencia de quejarse, de dejarse llevar por la estúpida sensación de lo que crees que el mundo te debe, porque ni el mundo ni nadie te debe nada, y ser verdaderamente libre tiene mucho que ver con tener esto claro, pero yo siempre creí que eras capaz de quererme aunque es evidente que tú tenías razón.

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