Coco

Publicado por el Apr3, 2018

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Coco es la primera película con que Disney aprende a llevarse bien con la muerte: desde lo de la madre de Bambi han tenido que pasar 75 años hasta que por fin los muertos le hayan dejado de ser trágicos. Tras tantos padres asesinados sin la menor necesidad en casi cada película de la casa, hasta convertir incluso al público más infantil en insensible ante tal drama, que la Civilización significa que la muerte no es lo contrario de la vida hemos tenido que ir a aprenderlo de las ofrendas mexicanas.

Coco es una hermosísima reflexión sobre la muerte como parte de la vida, sobre el recuerdo de los que se fueron y cómo recordándoles los convocamos. Nunca muere quien ama y los muertos necesitan que les recordemos para poder volver de vez en cuando. También nosotros necesitamos recordarles para no convertirnos en unos cretinos, para no llenarnos de vacío, para que la continuidad nos dé un destino.

Coco es una película técnicamente apabullante, con una maravillosa banda sonora cuya canción principal ha ganado un Óscar, pero sobre todo es una obra valiente, difícil y valiente, que busca en las honduras del alma, que no se conforma, aunque podría, con lo fácil. Coco es una explicación de todo, una película total. Desde El Rey León (1994) Disney no presentaba una obra tan ambiciosa. Moralmente, espiritualmente, intelectualmente ambiciosa. En estos 25 años ha presentado cintas tan notables como Ratatouille o Cars, entre otras, pero ninguna que aspirara a dar una explicación absoluta del mundo: del carácter, del poder, de la familia, de la individualidad, del talento, del orgullo y de la piedad. Coco es una revelación constante, con mala leche y con humor, con ternura y con exigencia intelectual, con ritmo y con densidad, con un colorido prodigioso y también con la oscuridad de los más delicados rincones del alma.

Coco nos acoge, nos mece, y aunque nos compadece y nos perdona, no nos ahorra ningún dolor y tampoco nos priva de pasarlo francamente bien. La alta virtud de esta película es lo mucho que se parece a la vida, con su alegría y su pena, con sus caminos y la dificultad por elegirlos. No hay dogma, no hay maniqueísmo ni siquiera manierismo. No hay grandilocuencia ni pedantería. En Coco hay hermosura, sinceridad, profundidad, recuerdo sin nostalgia, la muerte explicada sin sábanas y -lo mismo que la vida- como una lealtad, como una responsabilidad. Ni la muerte es un accidente, ni los que seguimos en vida tenemos “derecho” a olvidar a los que se van. La muerte está en nuestra naturaleza, y en el diálogo con nuestra trascendencia, y somos deudores de los que nos trajeron hasta aquí y pagamos la deuda recordándoles y manteniéndolos así en vida allí donde estén.

Disney tenía pendiente enseñarnos a saber qué hacer con los muertos: y con Coco lo ha hecho con mucha más inteligencia y verdad que tantas películas y novelas que se supone que intentan darnos inútiles lecciones tan en serio. Coco es para comprar y guardar -como El Rey León y Bambi- y verlas de vez en cuando para recordar por qué importa lo que hacemos, en qué consiste la elegancia y hacia dónde se dirige nuestra gran sonrisa final.

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