Arcadi

Publicado por el Feb28, 2018

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Conocí a Arcadi leyéndolo, como la oportunidad que hay que darles a las ciudades, de llegar a ellas por vez primera en “l’heure bleu”. Conocí a Arcadi leyendo su “Contra Cataluña” en mi época más independentista y quedé absolutamente fascinado. Primero por la elegancia de su escritura, por su prosa austera, vertical como el fútbol de Cruyff, esencial y prodigiosa como la aceituna esférica de Ferran, o su corte de parmesano (los cristales de soja, por aquel entonces, estaban aún por inventar). Conocí a Arcadi hablando “contra” “mi país”, porque aquel libro escandalizó a muchas “minyones” del catalanismo -cada causa tiene su ejército de “minyones” que vive de escandalizarse por cualquier cosa- y a pesar de que era cierto que el libro era una deconstrucción de la idea nacional de Cataluña, constituía una magnífica declaración de amor a todo lo que Cataluña es y significa, y leerlo era como recorrer, muy suavemente, con la punta de un dedo, un mapa en relieve de su territorio completo.

Yo venía de mi abuela Maria, una botiguera que con los años se fue refinando y engrandeciendo hasta convertir Semon en una referencia, pero a fin de cuentas una botiguera que me había enseñado un sentido patrimonial de las cosas y de las personas, haciéndome entender, y más que entender, asumir, que el negocio era un todo, y no sólo los productos que me gustaban. Muy pronto aprendí la diferencia entre el caviar, que era muy caro pero al que podíamos aplicarle poco margen; y los macarrones, de un precio de coste muy bajo, pero que podíamos cobrar diez veces más caros y con ellos nos ganábamos la vida. Yo venía de esta lógica botiguera y fundamental y me parecía absolutamente irrelevante si estaba más o menos de acuerdo con la opinión de Arcadi y lo que me importaba era lo que su magnífica escritura suponía para el patrimonio de Cataluña. Para el patrimonio de cualquier cultura, de cualquier país. Simplemente su escritura: pero que además se ocupara de reflexionar sobre la catalanidad, sobre el catalanismo, sobre nuestro modo de estar en el mundo, me pareció una indiscutible -y sin embargo tan discutida- victoria “nacional”, lo mejor que en muchos años le había pasado, intelectualmente, a una idea nacional y fuerte de Cataluña. Eso no lo sabía entonces pero lo sé ahora: la decadencia de Cataluña no se ha producido por la idea o por la pulsión independentista sino porque hemos pasado de Arcadi Espada a Pilar Rahola.

No conocía todavía a Arcadi pero me lo sabía de memoria. El Contra Cataluña y los instantes de felicidad que publicó en El País durante un verano, creo que el de 1996, o tal vez el de 1997, para luego coleccionarlos en un libro. No conocía todavía a Arcadi hasta que una noche de invierno de 1997 le vi cenando en el Hispania, siempre en el comedor de Paquita, como los elegidos, le vi en la mesa redonda que justo había entrando a la izquierda, y como eran un grupo de ocho o diez, de conversación muy animada, casi nadie advirtió mi presencia cuando de cuclillas me puse a su lado y con gran reverencia y respeto me presenté no siendo nadie -escribía levemente algunos artículos en La Vanguardia- y con la misma vergüenza y torpeza que a tantas chicas le pedí una cita, con la amable y piadosa diferencia de que enseguida Arcadi me dijo que sí y me dio su número de teléfono para que le llamara para quedar.

En mi mundo Arcadi empezaba a ser ya una bestia negra. Todavía no había eclosionado como lo fue haciendo años después, o como ya entonces lo habían llegado a hacer Albert Boadella o Aleix Vidal-Quadras. Pero ya empezaba de un lado a ser odiado por las minyones escandalizadas del nacionalismo -Pilar Rahola, que entonces era concejal independentista del Ayuntamiento de Barcelona, se opuso a que a Arcadi le dieran el premio Ciutat de Barcelona porque ¡no estaba de acuerdo con él!- y mis amigos socialistas, pienso sobre todo en Joan Ollé y en Joan Barril, no es que le odiaran pero le encontraban demasiado duro, incómodo y arisco para su mundo de metáforas esponjosas. En mi mundo Arcadi, mi amor por Arcadi, no se entendía en modo alguno, y por lo tanto ni aquella noche cuando volví a mi mesa, ni en las conversaciones de los días siguientes, pude celebrar con nadie mi gran victoria de haber conocido a Arcadi.

Los días pasaron, la cita llegó y me dormí. Me despertó el sonido de mi móvil y era Arcadi diciéndome que llevaba media hora esperando y aunque a sus detractores les cueste creerme, y a sus amigos todavía más, mi hombre tuvo la infinita paciencia de esperarme y finalmente llegué a la Vinya del Senyor -delante de Santa Maria del Mar- con una hora de retraso. Me hizo prometer que nunca más se lo volvería a hacer, se lo prometí, y efectivamente nunca más he llegado tarde cuando he quedado con él.

Se había tomado la molestia de leer algunos de mis artículos en La Vanguardia y fue durísimo. Ninguna concesión, salvo que escribía bien -que para mí lo era todo, y lo sigue siendo de algún modo-, ninguna condescendencia. Me habló de lo que significa escribir, de la higiene de la verdad, de las cursilería como corrupción y de la pereza como pecado. Conocer a Arcadi, empezar a querer a Arcadi, es lo más parecido a ser padre que jamás me ha sucedido.

Los padres sabemos que desde que supimos que nuestra mujer estaba embarazada, dejamos de vivir tranquilos. Muy felices, sí, pero nunca más tranquilos. Siempre con la emergencia en alerta, siempre imaginando el peor escenario, nunca más dormir de un tirón, como cuando no nos daba miedo nada. Querer a Arcadi y que te quiera es esta misma intranquilidad para siempre. Yo era amigo de Joan Barril, muy amigo entonces, y todo cabía en sus metáforas que se daban y se daban. Todo estaba bien, a todo llegábamos por aproximación, los días repetidos se amontonaban los unos encima de los otros e importaba más sobrevivir que llegar al final del día con algo concreto hecho. Arcadi era todo lo contrario. Arcadi era el ayuno, la importancia de cada minuto, sus palabras y las mías, una y otra vez discutidas, los días que había no sólo que ganarlos, sino justificarlos con una ganancia concreta que nos hiciera dignos de aspirar a vivir el día siguiente. Ningún elogio, ninguna excusa, ningún remanso. Él era el deber, él era la arrogancia, no contra los demás, sino contra sus propias limitaciones, contra las aue disparaba sin ningún tipo de piedad, y él fue el que nunca me dejó en paz cuando optaba por lo fácil -con lo agradable que es lo fácil- en lugar de esforzarme por lograr lo correcto. Nunca más cómodo, nunca más tranquilo, ni siquiera en las cenas con nuestras esposas.

Recuerdo perfectamente la noche que cenamos con Anna y Patricia en el Comerç 24 de Carles Abellán. Yo hacía pocas semanas que había empezado a escribir en El Mundo y sólo sentarme me soltó una bronca torrencial, severísima, que parecía que nunca iba a terminarse. No habíamos pedido ni el champán y me cayó el cielo encima, y todo lo demás, Anna me dijo, cuando al final de la velada volvimos a casa, que le extrañaba que hubiera aguantado tan bien, y que en algunos momentos había llegado a pensar que me levantaría y le pediría que nos marcháramos. Sería mentir decir que asistí indiferente a aquel correctivo, claro que me afectó, y por supuesto que me hizo sufrir que fuera delante de mi mujer. Pero yo nunca me hubiera enfadado ni mucho menos marchado por aquella bronca de Arcadi, ni aunque hubiera sido peor. Que Arcadi se tome la molestia de leerme es la victoria repetida del día en que le conocí, es el sentido patrimonial que mi abuela me enseñó a entender y a asumir mucho más allá de si me gustan los macarrones o me sientan mal las alcachofas. Que Arcadi me lea de vez en cuando es algo tan extraordinario para mí, algo tan valioso, que podría muy bien ser mi única justificación para escribir; y que encima se tome el trabajo de pensar en mis defectos, para diseccionármelos y ayudarme así a superarlos, lo entiendo tanto como un regalo de Dios, por el que no sólo no puedo enfadarme sino que lo agradezco con toda la gratitud de mi ser, como creo que mi país -y el suyo, claro- tendría que habérselo agradecido cuando escribió el Contra Cataluña, como tendría que habérselo agradecido también, y por el mismo motivo, a Albert Boadella cuando presentó el Ubú, el Doctor Floïd i Mr. Pla, y el Daaaalí. Habríamos aprendido algo, tal vez lo suficiente para que este país no cayera de Arcadi Espada a Pilar Rahola, ni de Albert Boadella a Josep Maria Benet i Jornet, y todo lo que inevitablemente -y como era de esperar- ha venido después.

Éste es el amor de Arcadi. Su manera de amar apasionadamente aquello de lo que decide ocuparse. Hay quien dice que lo que escribe no se entiende, y entonces tú ya sbes que estás hablando con un imbécil. Éste es el amor de Arcadi, y ésta es su escritura. Hay algo que me da mucha envidia tener que reconocer y es que precisamente este amor seco estilizadísimo por las cosas, con su escritura delgadísima, le han permitido ser lo que yo quería: el único gran cronista que ha tenido El Bulli. Ninguna otra prosa ha logrado jamás ni acercarse a la creación de Ferran. Sólo Arcadi, al límite de su exigencia. No es que Arcadi haya explicado El Bulli, sino que mientras lo escribía, lo realizaba, y leer su artículo no sólo era un modo de entender aquellos platos sino de poderlos probar.

Éste es el amor de Arcadi, aunque diga que no cree en Dios. A mí nunca me ha importado, porque ya Dios cree en él y en el fondo en esto consiste la salvación. Arcadi reza escribiendo, aunque no sé dé cuenta. Dios lo sabe y lo entiende, aunque esté a favor del aborto y desprecie al Santo Padre, porque Dios es también un botiguer y ha aprendido a tomarnos como su patrimonio y a diferencia de los independentistas no se enfada con Arcadi por sus opiniones, porque sabe que también hizo a Rahola y que las cosas, por lo tanto, siempre pueden ir e irnos mucho peor. Éste es el amor de Arcadi, su forma de relacionarse con los demás y con el mundo. Y esto es lo que es y significa el libro que acaba de publicar sobre el expresidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps.

Un buen tío. Estoy seguro que Camps lo es, pero el título me hace pensar en Arcadi. Porque aunque a él le dé un cierto reparo que lo diga, y que lo escriba, todo lo que hace y escribe Arcadi, su sistema de pensamiento, su idea del periodismo y de la amistad, de El Bulli y de Patricia, tienen su origen en que es un buen tío intentando hacer lo que cree que está bien. Como en Contra Cataluña, como en Raval, como En nombre de Franco, Aracdi se encarga de contar no exactamente lo que nadie cuenta sino lo que ha quedado sepultado por lo que los demás -sin ninguna idea del bien, sin Dios que cuidara de ellos- han contado. A eso Arcadi le llama la verdad, y seguramente es la verdad. Pero a mí lo que me importa no es tanto la verdad, ni siquiera si es La Verdad, toda la verdad, la verdad redonda y completa; como el ejercicio personal y la prosa con que intenta rebelarse contra los imanes de la tumba, que como Vicente Huidobro dice, son más poderosos que los ojos de la amada. Lo que Arcadi ha escrito sobre Camps es la verda sobre Camps, no tengo ninguna duda y los que lean el libro tampoco la van a tener ya desde el principio pero mayormente cuando lo terminen. Pero es, sobre todo, la verdad sobre Arcadi, la verdad de su lugar en el mundo y de su modo de relacionarse con él, la verdad de su amor y de su entrega, de su lucidez, de su prosa que se transforma en lo que explica para realizar y contra al mismo tiempo, de su bondad y de su ansia por propagarla, de su generosidad como los días en que se toma la molestia de leerme y amonestarme, de su integridad con que protege la nuestra, incluso la de aquellos a los que denuncia y desprecia, aunque ellos sean demasiado necios para comprenderlo.

Un buen tío. Sí, doy fe, y esperanza. Y nunca más tranquilo.

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