Rosario

Publicado por el Feb13, 2018

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Ayer murió mi abuela Rosario, probablemente la persona que más me ha querido. Y no creo que nadie más me quiera con su tierno, sabio, también exigente pero incondicional amor. Ha vivido más de 90 años.

Tuvo a un único hijo, mi padre. Y por lo tanto mi hermana y yo fuimos sus dos únicos nietos.

Nunca perdió el tiempo trabajando. Se ocupó de su familia y de su casa. Cuidó a su marido durante su larga enfermedad. Mi abuelo Joaquín, que murió en el 78, cuando yo tenía tres años. Por muchas anécdotas que me contaron, y por mucho que me lo han mostraron en fotografías cuando me fui haciendo mayor, nunca conseguí tener un recuerdo de él, y si alguna vez me parecía que lograba configurar una imagen suya en mi mente, enseguida me daba cuenta de que era fruto de la voluntad de darle una alegría a mi abuela, y en ningún caso de la memoria.

Cuando mi abuelo falleció mi abuela estuvo triste y muchos años triste. No tengo ningún recuerdo de mi abuelo, pero bastantes de mi abuela emocionándose al recordarlo, con la voz entrecortada y los ojos enrojecidos por las lágrimas. También recuerdo un día que mi abuela se rió por algo, se estaba riendo mucho, y de repente dejó de reírse como quien trata de reconducirse cuando se da cuenta de que está haciendo algo mal. Recuerdo que estábamos en el comedor de su casa, que nos había cocinado unos altísimos caracoles “a la cassola”, con sofrito y con chorizo, y que mi madre le dijo: “Rosario, no tienes que sentirte culpable por reír, ni por ser feliz”. Hacía por lo menos tres años que mi abuelo había fallecido, porque yo tenía tres cuando él murió y no he conseguido, pese a lo que he llegado a esforzarme, tener recuerdos sólidos anteriores a mis seis años.

No dudo de que mi abuela quisiera a mi abuelo, que le adorara, pero había algo incluso más poderoso en su modo de comportarse y es que entendía el amor -ella me enseñó a entenderlo así- como un deber, como una militancia más allá de los sentimientos o quizá, precisamente, como la última medida de honor de sus sentimientos. Seguro que le fue fiel y que jamás conoció a otro hombre, pero le fue sobre todo leal y en cada cosa que mi abuela hizo, y a allí donde fue, lo llevó con ella. Si su lento apagarse de los últimos meses no ha sido trágico, y hasta ha ido siendo plácido, estoy convencido de que ha sido porque se ha dejado levemente acariciar por la idea de que llegaba el momento de volverse a reunir con su marido.

Fue católica y me enseñó no tanto a creer como lo vulgar que era vivir de espaldas a Dios. Me llevaba a Misa lo mismo que me obligaba a bañarme, a tomar mi zumo de naranja por las mañanas, a hacer los deberes y a no vestido como un espantapájaros. Tenía muy clara y muy presente una idea de la higiene, por dentro y por fuera, e ir a Misa formaba parte estructural de esta idea. Se lo tomaba muy en serio pero sin hacer comedia. Era católica pero no se hacía la católica. Tenía una relación muy directa y cotidiana con Dios y no alardeaba de ella, ni hacía aspavientos. Le molestaban los aspavientos de cualquier clase, y no exactamente las personas que llamaban la atención -nunca escatimó ningún elogio ni admiración a quien creyó que los merecía-, sino más bien la gente que quería llamar la atención. En cualquier caso tenía muy interiorizada su fe, era su forma de vivir. Y el temor de Dios como algo muy espiritual, sin miedos estúpidos ni por las cosas equivocadas. Era alta, estilizada y no le hacía falta gastar demasiadodinero en ropa para estar siempre elegante.

Tal vez esta militancia suya se entienda mejor con una anécdota de su infancia que le pedía siempre que me la volviera a contar, y que fue teniendo para mí distintos significados a lo largo del tiempo. En su colegio, yo diría que era el Sagrado Corazón, pero soy incapaz de recordarlo con exactitud, las monjas guardaban en un armario especial un gran cojín con forma de corazón, que simbolizaba el Corazón de Jesús; y cuando alguna de las alumnas se portaba mal, el más terrible castigo que recibía era tener que ir al Corazón y clavarle una espina de un palmo. La mayor recompensa, en cambio, con que las monjas recompensaban las buenas acciones, era poder arrancar una de aquellas espinas. Ahora a nadie le importaría un cojín, pero sobre aquel corazón aterciopelado mi abuela forjó su idea de bien y mal, su alivio y su dolor, su amor de soldado.

Y así fue que el día -yo ya de pequeño tenía este tipo de pensamientos- que quise saber si había algún límite en su amor por mí, si yo era en ella más fuerte incluso que Dios, cometí la bajeza, de la que tanto me he arrepentido, de tomar un trozo de jamón dulce y dárselo a nuestra perrita de entonces, que se llamaba Neska, como si le diera la Comunión. “En el nombre de Cristo”, le dije, y Neska saltó y yo le solté el pedacito. Nunca mi abuela se enfadó tan en serio conmigo. Fue la primera vez y la última que la noté como algo distinto de mí, como si realmente tuviera la capacidad física de marcharse y de dejarme allí. Me costó días recuperar a mi abuela. Tal vez semanas. Yo lo recuerdo como una penitencia inacabable. Nadie es más fuerte que Dios, ni siquiera en el corazón de mi abuela Rosario. Eso fue lo primero que aprendí. Y lo segundo es que no hace falta romper el juguete para saber cómo funciona su mecanismo; y que las cosas, como las personas, cuando buscan su fondo, encuentran su vacío.

Esta idea del amor que conmigo tanto le sirvió, resultó ser una trampa en la relación con su hijo. Mi padre siempre la respetó y se la tomó en serio, y yo creo que es la única persona a quien mi padre ha respetado siempre y se ha tomado siempre en serio. Pero tal vez ha sido porque también siempre ella le “protegió” y justificó, y cuando pongo el protegió entrecomillado es porque fue esa clase de protección de cara a los demás, pero que a ti te empuja -o no te detiene, que es lo mismo- en tu ciega carrera hacia el abismo. No creo que mi padre tenga ningún problema, a estas alturas, ni ningún matiz por añadir a la consideración general de que ha llevado su vida del modo más desastroso, y que teniéndolo todo a favor, todo lo ha ido destruido, primero a su alrededor y luego ocupándose con la misma inclemencia de sí mismo: el l día que muera podrá decirse que por fin lo ha conseguido.

Mi abuela siempre le justificó, nunca le llamó al orden, nunca le puso límites ni le hizo ver la hondura del precipicio. Ni ante las más escandalosas fechorías impuso su principio de autoridad, su carácter, que lo tenía, para protegerlo de su debilidad, de su voracidad autodestructiva. Siempre le dio cobertura, incluso cuando vio cómo rompió su familia por comportarse como un bestia -por decirlo suave y no usar terminología delictiva. Y creyendo que le ayudaba -creyendo que protegía a su único hijo- le fue dejando solo e indefenso, sin asideros, sin referentes válidos, sin esperanza, sin fuerza, sin absolutamente nada más que sus defectos y sus debilidades en el centro de su vacío.

“Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar
Tu caída sin miedo al fondo de la sombra”.

Yo también me equivoqué, entonces. La separación de mis padres me pilló con trece años y quise tomar partido. No es que la fuerza de mi amor materno irreversiblemente me empujara hacia algo inevitable, sino que quise opinar y este ímpetu fue mi ruina. Era la edad de matar al padre, o la edad en que yo necesité hacerlo; y también la edad en que de alguna manera, sentí el furor de encarnar alguna causa justa y encarné la de mi madre. Es esa necesidad de épica que tenemos tantos catalanes, y que no suele conducirnos a ninguna parte. ¿Qué sentido tenía tomar partido? Eran mis padres. Nadie me hubiera echado en cara que me quedara quieto y callado, aunque desde luego ese no era ni es mi estilo.

Y yo no tenía ninguna queja contra mi padre, ninguna experiencia negativa de él ni con él. Mi madre me contó algunas cosas espeluznantes, pero lo cierto es que yo nunca las vi, ni las noté. No puedo decir, y no lo digo, que yo notara que mi familia tenía problemas, o que mi padre los tenía, por ser más exacto, porque de cara a mi hermana y a mí, mientras vivimos juntos, supo siempre mantener la compostura.

Pero la separación llegó y recuerdo perfectamente mi determinación de aprovechar aquella brecha para afirmarme como un hombre libre, contra mi padre, sin ser consciente de lo que me estaba llevando por delante. Seguramente tuve una absoluta razón de fondo -mi madre sufrió, y sufrió de verdad- que sin embargo, y esto lo he comprendido más tarde, cuando ya no he estado a tiempo de rectificarlo, yo no era ni soy nadie para reivindicar.

Todo esto tiene que ver con mi abuela, y con mi abuela y conmigo, porque nunca se me ocurrió que tomar partido por mi madre y más o menos suspender, aunque no absolutamente, como mínimo en aquel tiempo, la relación con mi padre, me iba a distanciar de ella como de hecho sucedió y definitivamente. ¿Cómo iba a imaginarlo? Dios, vale. Pero ¿mi padre? Era mi abuela. Mía.

No guardo recuerdos de mi abuelo Joaquín -lo he contado-, aunque me gustaría porque siempre me dijeron que me quiso mucho y también porque sé que a mi abuela le hubiera hecho muy feliz que recordara algo de su marido, hubiera sido como un pequeño triunfo, para ella, de la vida sobre de la muerte, otra espina arrancada del corazón de Jesús. Pero guardo en mi mejor álbum los recuerdos de mi abuela Rosario, del modo que tuvo de acogerme y de comprenderme, de regañarme -a mí sí- para advertirme de los límites antes de que me hirieran, para confiarme su visión algo raquítica y tacaña del mundo pero siempre con buenas ideas -las mejores- para exprimirlo.

La tuve los domingos como cualquier nieto tiene a su abuela si no es una borracha, pero también cada día de la semana, con su ternura y su bienvenida, y cuando en mi casa no podía más me iba a la suya y nunca me hacía preguntas, y siempre me acogía y ella mejor que yo sabía lo que me apetecía para cenar. Podría contar ahora mil anécdotas que me hacen gracia, pero que seguramente a ti no te interesarían demasiado. Todo el mundo tiene a su abuela con sus anécdotas, y me parece que todas juntas y revueltas serían parecidas en vigor y en emoción, universales; sólo algo que sí quiero consignar y es el bienestar total, una idea del bienestar total que tuve con ella y que cuando dejamos de vernos no la he podido volver a realizar.

Los días entre semana en que iba a comer a su casa y estábamos solos, cuando acabábamos, ella se sentaba en un extremo del sofá y se ponía un cojín en las piernas, sobre el que yo reclinaba mi cabeza, estirando los pies hacia el otro extremo. Nunca hasta hace poco pude soportar que me tocaran, pero no podía gustarme más cómo ella con sus dedos ya un poco deformados por la artrosis me acariciaba la cabeza. Hablábamos. Hablaba yo, hablaba ella, hasta que yo me dormía y ella seguía acariciándome la cabeza hasta que me despertaba y a veces pasaba una hora o tal vez dos. Muchas veces me he sentido bien, pero nunca tan bien como en aquel instante en que me despertaba y pensaba: “alguien ha estado cuidando de mi cabeza”. A veces le pedimos, y yo me acuso de ello, cosas muy extrañas al amor, con lo simple, absoluto, apabullante que en realidad, con muy poco, consigue ser.

Éramos mi abuela y yo algo que todos daban por descontado, nadie intentaba ni remotamente competir, ni siquiera mi hermana. Pero la separación llegó y no pudimos sortearla. Fue algo injusto, terrible, y fue en parte mi culpa, pero también suya. Es cierto que fue mi error tomar partido, pero mi abuela también lo tomó, no exactamente contra mi madre, porque he de decir que nunca la criticó, pero sí militantemente en favor de mi padre, presentándolo como una víctima cuando había sido el verdugo -y es un término metafórico sólo por los pelos- de su matrimonio y de nuestra familia. Aquello me irritó, en parte porque era clamoroso, y en parte, también, por mi estúpida pose de justiciero de aquellos años, que tanto daño me hizo, y que errores tan graves me llevó cometer. ¿Quién era yo para juzgar a nadie a mis 13 o 15 años? Las conversaciones con mi abuela se fueron volviendo incómodas y ella siempre las acababa con el ruego de que recuperara la relación con mi padre. Ella siempre a su corazón con su espina. Hoy la habría comprendido mejor y hubiera hecho cualquier cosa por complacerla. Pero entonces se me fue oscureciendo su venerable figura y la fui viendo como a una bruja, cada día un poco más lejos, cada día un poco más como enemiga, cómplice de la peor crueldad, cuando en el fondo, aunque equivocada y perniciosamente, sólo trataba de proteger a su único hijo.

Si en mi competición con Dios, en su corazón, me sentí perder el día que le di la falsa comunión a mi perrita, con mi padre fue distinto: nunca competí con él por el amor de mi abuela, nunca me sentí menos importante que él para ella, pero también sé, y lo supue ya entonces, por joven que fuera, que así como yo le sacaba su parte luminosa, constructiva, fértil; mi padre hacía brotar en ella su parte bestial, atávica, oscura, angustiosamente yerma, y no tuve fuerzas -lo admito- para defender mi lugar. Demasiadas espinas clavadas en un corazón que yo entonces -también lo admito- tampoco entendía.

Un día me dije “basta”, y como yo siempre hago, corté de un golpe seco mi relación con mi abuela y jamás volví a verla. Nunca he estado satisfecho de ello, la he echado mucho de menos, pero siempre que he intentado corregir la distancia, no he sabido cómo volver. Algo se rompió para siempre, como se rompió con mi padre en un momento determinado, porque las cosas que sabemos no las podemos dejar de saber, y muchas veces he soñado con que iba al su pueblo natal de Sort donde al cabo de unos años se fueron a vivir -porque mi abuela pensó que allí, podría controlar mejor a mi padre, y en cierto modo fue verdad, aunque no del todo, porque como en el amor, al que quiere destruirse también le hace falta muy poco.

Muchas noches he soñado que llegaba a Sort y que me incorporaba a la dinámica familiar como si nada hubiera sido, como si la vida no tuviera pliegues, ni recelos, ni nada más que una continuidad que todos pudiéramos asumir muy por encima de nuestras circunstancias. De estos sueños siempre he despertdo, siempre los he recordado, pero nunca he sabido qué hacer con ellos.

Ayer murió mi abuela Rosario. Una parte de mí murió con ella, una parte que llevaba muchos años muerta, pero que siempre tuvo el hilo de alguna esperanza de resucitar. Podría haber tirado de aquel hilo y muchos me lo aconsejaron, pero los años pasaron hasta ayer y nunca supe cómo hacerlo. ¿Me arrepiento? Es ya muy tarde. Su muerte no hace que me pese más lo mal que lo hice y lo mal que me fue.

Ha muerto mi abuela y lo que sobre todo he sentido morir, cuando hace unas horas mi hermana me ha dado la triste noticia, es que me he quedado sin los brazos a los que poder acudir para, a pesar de los años, y de daño, y de la incomprensión y de la distancia, continuar siendo el niño más querido del mundo.

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