Yo estaré para decirles

Publicado por el Nov12, 2017

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Para creerse lo de las 750.000 personas de ayer en Barcelona hace falta no vivir en mi ciudad ni tener el menor sentido de la realidad. En la manifestación de ayer no hubo ni 100.000 personas, por mucho que Ada Colau quiera manipular a su Guardia Urbana para quedar bien con los independentistas.

Y los pocos que hubo -pocos en comparación con las cifras callejeras que suelen manejar las plataformas soberanistas- fueron groseramemte convocados por los medios de comunicación públicos o comprados por la Generalitat (es decir, por prácticamente todo lo que se publica en Cataluña). Cada vez que el independentismo se mira en el espejo se ve más mermado y lo de ayer tuvo un plus simbólico impagable: fue una metáfora del “procés” que Carme Forcadell no se presentara, siguiendo el consejo de su abogado, en una demostración más de que cuando el Estado se pone ni que sólo sea mínimamente serio, los héroes colectivos buscan una salida personal.

Lo hizo Mas pactando el Estatut con Zapatero a cambio de que el PSOE se comprometiera a votarle como presidente de la Generalitat; lo hizo Pujol confesando su dinero opaco y dinamitando la credibilidad independentista a cambio de protección para su familia; lo volvió a hacer Mas pactando con Rajoy un 9N sin contenido político para engañar a Esquerra y luego pactando otra vez con el Gobierno para frenar a Puigdemont a cambio de cómodos plazos para pagar su multa; y lo ha hecho Puigdemont declarando una independencia de broma para quedar bien con Twitter y con los vecinos de su pueblo -que no es lo mismo pero sí la misma bajeza- y abandonando a continuación a su Govern y al 40 por ciento de los catalanes que creyeron en él.

Si el independentismo quiere administrar su agonía mintiéndose, está en su derecho de hacerlo. España es un país libre hasta para eso. Pero lo que hubo ayer en Barcelona fue una chocolatada con churros, multitudinaria por tratarse de una chocolatada, pero francamente discreta si lo que se pretendía medir es la fuerza, la resistencia y ya no digamos la dignidad “del poble”.

Los catalanes en general -también buena parte de los independentistas- están hartos del proceso, de la tristeza, del hundimiento de su economía, de las mentiras, de las falsas promesas y del ridículo que sus líderes están haciendo.

Pero hay que reconocerles algo: ayer no se manifestaron con velas sino que encendieron las linternas de sus móviles. La primera conclusión es que vi mucho Samsung, lo que siempre es un mal presagio. La segunda es que cuando se fueron pudimos circular, no como el día de los Jordis en la Diagonal, que lo dejaron todo perdido de cera, y hubo más heridos por los accidentes de moto que la cera causó que por el 1 de octubre.

Las constantes metáforas del “procés”, lo desmienten mucho más que cualquier soflama de Pepe Borrell. La más dramática es que los que tanto dicen querernos librar de lo que se supone que España nos roba, están hundiendo otra vez en la miseria a los catalanes más desprotegidos y frágiles, ahora que justo empezaban a salir de la crisis que el independentismo quiso usar de palanca para romper el Estado. Luego les contaréis a vuestros nietos que la independencia es imposible, pero yo estaré para decirles lo mal que lo hicisteis, lo burros que fuisteis. Sois un hatajo de pedantes provincianos.

Y todavía decís que Rajoy no es un interlocutor válido, con lo que os ama.

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