La simpleza del mecanismo

Publicado por el Nov8, 2017

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A veces me da miedo lo que soy capaz de asimilar, como un rumiante masticándolo poco a poco, absorbiendo la lección que cada cosa tiene hasta que de la pasta que queda ya no puede distinguirse nada, y la expulso, y continúo viviendo comme si de rien n’était. He visto que lo que me daba terror al pensarlo luego si me ha tocado vivirlo he podido procesarlo sin la menor dificultad, incorporando a mi vida la parte de dolor y la parte de enseñanza, siempre feliz por el día que aguarda y por poderlo explicar.

A veces me asusta darme cuenta de que soy tan inmediatamente práctico y lo bien que funciona mi chacha interna y lo limpio que siempre me lo deja todo de cualquier tristeza. Si acaso deja algo, es para que pueda sentir nostalgia.

Detesto regodearme en la tragedia pero a veces me pregunto si no tiende a ser brutal un alma transparente. Siento dolor y tengo remordimientos. Lo peor es la angustia y me ataca cuando soy débil: y aunque siempre me digo “nunca más”, siempre vuelve. Pero cuando recobro ni que sólo sea una pequeña parte de mi fuerza, el proceso de asimilación empieza, como una maquinaria que se pone en marcha, y tras sus pasos llega la señora de la limpieza con su eficacia germánica, que me gusta lo mismo que me inquieta. Y no me cuesta continuar, y de lo que me destrozaba ni me acuerdo, sinceramente no me acuerdo, ni mucho menos me angustia, ni incluso cuando lo pienso, pasado un tiempo, puedo entender por qué ni cómo llegó a agobiarme tanto.

Recuerdo que decidí que el dolor no cura y que la tristeza no es interesante. La esencia de mi relato, de lo que me mantiene en pie y me permite aguantar y mucho en las situaciones más tensas, es que la alegría es una higiene y que sólo la alegría es fértil. Pero desde bastante antes de saber pensar mi cuerpo ya sabía procesar lo funesto hasta convertirlo en nada, en menos que un deshecho. Me recuerdo de muy niño haciéndolo, sorprendido por la simpleza del mecanismo.

No puedo decir que no me haya ido bien y estoy agradecido por ello pero a veces veo cómo sufren los demás y cómo arrastran su sufrimiento y cómo les cuesta dejar atrás cualquier dolor y cómo les atormenta el menor resentimiento y en su espejo me veo como una bestia fría y sin sentimientos, de hielo por dentro.

Luego tengo otras cosas que escribir, el pletórico momento del almuerzo llega y un mensaje en el iPhone o el anuncio de una visita inesperada -ahora que ya sé que la Gracia depende de la esperanza- me regresan a la tranquilidad, al santo impudor con que debemos celebrar cada día, y todo lo que se desmorona se desvanece, y ya no puedo ni verlo, y decir tu nombre es decirlo todo y nunca nadie como nosotros apuró tan bien la vida.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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