Trapero en su círculo vicioso

Publicado por el Sep13, 2017

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La imagen idílica de Josep LLuís Trapero como líder natural de los Mossos d’Esquadra no puede distar más de realidad. La mayoría de sus subordinados le teme más que le quiere y le consideran arrogante, autoritario, incapaz de reconocer los propios errores e implacable a la hora de atribuirse los méritos ajenos. Por su humilde extracción social -no deja de ser visto como un “charnego” de Santa Coloma- la cúpula de la policía de la Generalitat vivió su nombramiento con contrariedad y despecho. Por haber dedicado muy buena parte de su trayectoria a la investigación y especialmente a la investigación criminal sin haber destapado ninguno de los muchos casos de corrupción de Convergència ni de sus socios de Unió, algunos consideran que su nombramiento como Comisario Jefe, que contra todo pronóstico decidió el último consejero de Unió que ha tenido la Generalitat, Ramon Espadaler, en 2013, antes de que Mas despreciara a Duran para ponerse en manos de Junqueras y de la CUP, podría tratarse de un pago a estos servicios prestados. Contribuye a esta sensación que quien intensamente presionó a Espadaler para lograr el ascenso inesperado de Trapero (que no aparecía en ninguna quiniela para el cargo) fue el entonces director general de los Mossos, Manel Prat, militante de joven en las juventudes de Convergència (JNC) y que en los años previos (2005-2011) a ocupar su cargo de confianza política en la policía de la Generalitat, fue el responsable y representante legal de la fundación de Jordi Pujol.

El Major de los Mossos es ambicioso, serio, poco generoso, confía en muy poca gente y muy poca gente confía en él. Desde hace muchos años su lema es que “no quiero tener amigos porque algún día llegaré a jefe de los Mossos y no quiero deber nada” y es verdad que amigos no tiene demasiados, hasta el punto de que no ha tenido el apoyo de los sindicatos de la cúpula de los Mossos (SICME y COPCAT) ni en sus últimas disputas con la prensa ni en la crisis de credibilidad que ha sufrido al negar que hubiera recibido un aviso de atentado de los Estados Unidos, cuando se ha demostrado que efectivamente lo recibió. Trapero tiene enemigos fuera del cuerpo por su vinculación con el independentismo pero tiene muchos más dentro del cuerpo de su policía, de donde es probable que El Periódico obtuviera el documento de la inteligencia americana que prueba que él, el consejero de Interior y el presidente de la Generalitat abiertamente faltaron a la verdad, es decir: mintieron.

Su afán de protagonismo en las ruedas de prensa, en las que siempre ha hablado mucho más que el consejero Forn, son vistas por sus compañeros y subordinados como un exhibicionismo innecesario. Por cierto que llama la atención la clamorosa desaparición del director general de los Mossos, Pere Solde que no ha comparecido desde los atentados. Recientemente nombrado, a dedo, por su militancia independentista, su ausencia mediática es un misterio para los Mossos. Pero lo que sobre todo molesta es que tal como Jordi Pujol convertía las críticas a su persona y a su partido en ataques a Cataluña y a los catalanes, Trapero convierte en ataques a los Mossos en general lo que son preguntas e investigaciones legítimas sobre la actuación de la cúpula policial y política de los Mossos sobre todo en materia de prevención. Los Mossos consideran que los verdaderos héroes del 17 de agosto fueron los agentes que se jugaron la vida para detener y abatir a los islamistas implicados en los ataques terroristas. Muchos de ellos estaban de vacaciones y regresaron sin esperar a que se les requiriera, para trabajar sin descanso hasta que el último yihadista cayó. Que de todo este esfuerzo y riesgo hayan quedado las camisetas con la cara de Trapero por una disputa lingüística con un periodista holandés no es motivo de ninguna alegría para unos agentes que una vez más ven como su jefe se atribuye y se beneficia de sus méritos. La egolatría de Trapero roza a veces lo ridículo y entre la fantasmada y la impostura pretende que fue formado en el FBI cuando todo lo que hizo es asistir a un seminario de este cuerpo, para policías latinos, sobre recursos humanos.

Su autobombo y autoindulgencia contrastan claramente con la dureza con que riñe a sus agentes si no está satisfecho con ellos. “Sois unos indigentes intelectuales”, llegó a decirles no hace demasiado tiempo.

A propósito de indigencias, a los agentes no les ha pasado por alto que las filtraciones a la prensa de la cúpula de los Mossos tienen que ver con la afinidad que Trapero ha mantenido con una periodista concreta, que al cambiar de periódico, cambió también el periódico donde las principales noticias relacionadas con el cuerpo -de policía- aparecían.

Las imágenes en casa de Pilar Rahola, compadreando con el presidente Puigdemont entre esteladas y gintónics, acabaron de retratar a quien siempre ha sido un “salta-taulells” con más afán de notoriedad que conciencia de de sus limitaciones. El protagonismo que en los últimos días ha adquirido, mezclado con la desesperación de lo que queda de Convergència, ha llevado a algunos dirigentes del partido a considerarle como posible candidato del partido a la alcaldía de Barcelona. Algunos Mossos consultados dicen se equivocaría si aceptara “pero como se cree que es Dios, vete a saber qué hace”. De presentarse, se cerraría el círculo desde que el gerente de la fundación Jordi Pujol presionó hasta lo indecible para que le nombraran comisario jefe.

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