La burgesía

Publicado por el Sep13, 2017

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La burguesía catalana no existe. Existen los empresarios pero no una élite moral, culta y civilizada capaz de guiar a su pueblo ni de tener sobre él ninguna influencia.

La Vanguardia fue altavoz de Mas en el inicio de su desafío y aunque en 2013 cambió de director, los principales ideólogos del independentismo continúan siendo los columnistas de referencia del periódico. Su calculada y subvencionada equidistancia se parece mucho a la de unas élites que no han dado la cara por nada ni nadie, renunciando por pereza y cobardía a cualquier liderazgo para hacerse luego las escandalizadas, siempre en tercera persona, como si no tuvieran la culpa de nada.

Disminuida en su propio folclore, entre la superioridad moral frente al Gobierno -al que siempre reclama “diálogo” pero sin aclarar nunca con quién- y su paternalismo con los independentistas, con los que no se atreve a enfrentarse por miedo que les llamen “botiflers”, la burguesía catalana se ha ido vaciando de contenido y de sentido y ha sido incapaz en las últimas décadas de ningún mecenazgo consignable. La generosidad creativa que identifica y da prestigio a la clase burguesa ha quedado en el caso de la catalana reducida a la propina de algunas cenas benéficas. Y no sólo no ha habido, desde la recuperación de la democracia, ninguna familia Güell que financiara a ningún Gaudí, sino que el partido político que se arrogaba la representación de la burguesía se ha dedicado a saquear el mayor de sus templos -el Palau de la Música- con la prodigiosa colaboración del nieto de su fundador.

Pero la desidia en los tiempos revueltos tiene un precio muy amargo, por cómodo que al principio pueda parecer no involucrarse. La inversión en Cataluña está cayendo en picado y eso se notará en su actividad económica a medio plazo. Tal como la primera consecuencia política del “proceso” fue que Ada Colau tomara Barcelona -es decir, la extrema izquierda y no la independencia- la cobardía ciega de esta burguesía incapaz de intuir el peligro revolucionario verá con el alboroto secesionista de qué manera ella misma se provoca un déficit fiscal y en todos los demás órdenes muy superior al que supuestamente le causa su relación con el Estado.

En su doble pretensión de quedar bien con los independentistas y de quitárselos de encima, lo que la burguesía catalana espera es que el Gobierno acuda en su auxilio a cortar por lo sano para inmediatamente criticarle porque “estos de Madrid no nos entienden y son unos brutos”.

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