Diez centímetros

Publicado por el Aug31, 2017

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He adelgazado, un lector me ha regalado las Sheldrake negras que por fin tan bien me quedan, he recuperado mi mejor ropa del temps en què fórem, he comprado en Bel camisas y tebas nuevas -más pour faire la fête que porque realmente las necesitara- pero me miro en el espejo y hay algo, y algo clamoroso, que falla. Todavía me queda Ten Seconds Awakening (Kanebo) y mi mujer me ha creado una crema que le ha devuelto a mi piel un antiguo esplendor que hace años que no tenía. Pero el espejo sigue decepcionado y es por algo evidente pero que no sé identificar hasta que de pronto me doy cuenta. Entre mis limitaciones naturales y que con el tiempo nos vamos encogiendo me faltan diez centímetros, diez, y no hay nada que pueda hacer.

Hay un momento en la vida en que un hombre se da cuenta de que le faltan diez centímetros y que tendrá que vivir con ello. Me puedo reinventar, poner a prueba una y cien veces, quien sabe si lo mejor todavía lo tengo que conocer pero ya sé que no soy inmortal ni invencible ni el que todo lo puede. Al héroe de mí mismo le han rasgado la capa y le faltan diez centímetros. Había crecido creyendo que con talento y voluntad todo podría alcanzarlo. Cada vez que tomaba impulso era para llegar al fin del mundo y aunque nunca llegaba siempre pensaba que en el próximo salto lo conseguiría. Y a mis cuarenta años el espejo me muestra, como una escuela de todas las cosas, los diez centímetros que me faltan. En mi cuerpo y en tantos detalles que tan bien he sabido pensar y tan mal he podido resolver. Diez centímetros en amor y en ingenio, diez centímetros frustrantes, fatídicos, aunque lo logrado sea mucho. Diez centímetros fuera del recuadro que parecen nada cuando lo miras desde lejos pero que de cerca es donde se realiza la tragedia.

Diez centímetros, diez, por todo lo que no pudo ser, por lo que ya creía conquistado y otra vez se me escapó cuando ya lo acariciamos. Llegar a los 40 años para enfrentarte a tus diez centímetros y tener que aprender en el mismo instante a encajar la derrota y a no renunciar a la alegría y a la esperanza.

Soy el que creyó que podría moldear la vida en mis artículos y que todo podría controlarlo con el poder de mi escritura. Y aunque algunos logros no son menores y he conseguido mucho más de lo que cualquiera en mi lugar habría sido capaz de imaginar, al final los diez centímetros han acabado certificando lo que me falta con su sentencia inapelable. Y vivo a diez centímetros de mis cantantes y mis canciones, a diez centímetros de que las tebas de Bel me queden como a Leopoldo Rodés, a diez centímetros de mis mejores ideas de las que me despido con tristeza, con nostalgia, deseándoles sin resentimiento que les vaya muy bien y que hallen el modo -a través de alguien menos imperfecto- de poder llegar a ser.

Me quedan muchos artículos, espero, tan buenos como éste, tratando de convertir mi impotencia en coquetería, mis diez centímetros en sustancia lírica, todo lo que me falta en todo lo que tengo y en una oración que Dios escuche y atienda la gran decepción de no poder acariciarle el rostro por mucho que estire los dedos.

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