Le tour du propiétaire

Publicado por el Jul19, 2017

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Faire le tour du propiétaire es la gran rutina del mundo ordenado. El dueño cuando empieza el día recorriendo sus propiedades o negocios -ahora ya casi siempre de manera virtual- y asegurándose de que todo funciona. Es un paseo extraordinario, antídoto de revoluciones y de daltabaixos, la textura acolchada de la derecha y para los obreros su trabajo garantizado.

De mis casas se ocupa mi esposa y del dinero mi asesor fiscal y cuando ha habido algún incendio he sabido en qué dirección correr. Mi tour du propiétaire es por mi inteligencia. Me levanto y recorro mis ideas, las metáforas que van gestándose, los principios de artículo que todavía no sé dónde llevan, la pincelada que me faltaba para acabar de entender al amigo nuevo, la palabra por donde lo que siempre he creído da la vuelta y me sorprende una nueva formulación o un nuevo vértigo. Pensar es jugar. Es difícil sentirse más dueño y más rico que cuando eres muy inteligente y cada mañana lo recuerdas en tu vuelta de reconocimiento.

Lo que más aprecio de mi inteligencia son los bordes, lo que nunca está resuelto, el principio del conflicto, el argumento contrario a lo que pienso y que también tiene que poder defenderse. Lo que más aprecio de mi riqueza son mis ganas de jugar aunque sea con armas cargadas y con muy poco margen para no morir en el intento. Lo pienso cada mañana: ser le propiétaire me obliga a dar la cara y a darla hasta el último extremo de todo lo que poseo; si no lo hiciera, ser yo no tendría ninguna gracia, ningún mérito, ningún diálogo con Dios, ninguna aceituna esférica. Y a pesar de que hay herida, de que hay drama y de que casi nunca es posible huir de la eterna representación de la tragedia, la parte del juego es la que más necesito, la que más aprecio, la que estoy convencido que nos hace mejores. No es frivolidad ni ligereza. A la última profundidad de Dios se accede acariciando su cara sonriente. Nos cuesta demasiado recordar que somos inocentes.

Luego está lo funcional, que es lo que más suele deslumbrar a la gente, pero el dinero no sirve de nada si no eres inteligente, o por decirlo de un modo menos inexacto, si eres inteligente hace falta mucho menos dinero. Saber cómo ganar dinero es importante pero saber gastarlo es lo fundamental. Usar el concepto del derroche como un insulto es de retrasados mentales y de todos los demás retrasos. La vida es arder y no lo que tú quieres creer. Esto es fácil que puedas comprenderlo. Es más difícil el terror de pensar que un día se me podría extinguir el don por el mismo misterioso motivo que me fue concedido. Porque aunque es cierto que me dedico a pensar lo mejor que puedo, a tener amigos más inteligentes que yo y a escribir sobre lo escrito a la espera del relámpago, todavía es más verdad y más cruel que podría dedicar las mismas horas y si el destello no compareciera tendría que dedicarme a fregar casas. ¿Y si mi inteligencia se apagara? ¿Y si mis ideas no me sirvieran para ningún artículo? Hay algo de mi talento que no controlo, algo que no sé qué es y que cada mañana intento descubrirlo cuando salgo a faire le tuor y que es lo que marca la diferencia entre la medianía y mi brillantez. Lo que nadie ve y cambia la historia, el alambre en el que nadie tembló y por el que llego a juntar dos palabras que abren el perfecto cielo gris desde el que Dios me mira y sonríe. Sé que soy monsieur le propiétaire y me alegro y chuleo y me divierto viendo cómo la mayoría de mis colegas se ahogan en la mitad de cada frase porque realmente no merecen flotar. A veces cuando me asusta que la inteligencia se me acabe pienso que quizá tendría que ser más modesto pero es una estupidez. Como la inútil superstición de ahorrar. El sentido de la vida es gastar, gastar mucho más de lo que se tiene, gastarlo todo. Vivir sólo tiene una velocidad y para todo lo demás está el cáncer. Haz cálculos, hazlos, si eso te hace sentir mejor. Pero es absurdo pensar que tú controlas el tiempo y el momento.

Cada tarde con mi hija, cada almuerzo con mis amigos, cada escaramuza contra la nada, cada vez que lento el día se deshace al paso que lo atravieso para correr hacia ti. Cada mañana de paseo por mis ideas, cada artículo, cada carcajada, cada gesto que me ha hecho sentir bien. Cómo podría ahorraros, cómo podría reteneros, cómo podría no chulear de haberos dormido entre mis brazos, cómo podría no parecerme una lástima que al final siempre haya una despedida.

Éste es mi drama y el de cualquier propiétaire. Vivir sin tocar nunca el fondo hasta justo antes del gran momento de hundirse, y sin poder controlar -decía- ni el tiempo ni el momento ni siquiera el ritmo al que todo va desvaneciéndose.

Si me vuelvo tonto espero que no lo acabe siendo tanto como para olvidar que un día fui el propietario y de cuánto te amé. Aunque las metáforas ya no me respondan, si puedo recordar nuestros vastos dominios podré morirme tranquilo. Si tú has de recordarme espero que sea con la ternura de quien siempre te veneró y trató de honrarte. Siempre te gasté, siempre te arrasé, siempre intenté forzarte las costuras de todas las maneras posibles y jugar contigo y perseguirte y poseerte y voltearte para verte del revés y hacer ver que no eras mía para saber qué se siente siendo un idiota y enfadarme contigo cuando absurdamente pretendía que me resolvieras asuntos que pertenecen a otros órganos. Soy el que todo te lo hice, el que todo lo hizo contigo, oh querida inteligencia mía, salvo tratar de encerrarte en una caja como a un gusano de seda y prefiriendo el riesgo de alguna mañana quedarme sin ti a la muerte mediocre, pedante y desagradecida de vivir sin revolcarte ni uno solo de mis días.

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