Todas las mañanas del mundo

Publicado por el Jul13, 2017

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Intenso debate familiar sobre los horarios de la niña durante los días del verano. A sus cinco años -en septiembre, seis- Maria nos ha traído unos excelentes informes tanto de la escuela como de la academia de danza y la de piano. No sólo celebran sus aptitudes sino su disposición y simpatía.

Ahora la hemos apuntado a unos campamentos de verano, unos “casals”, como decimos en catalán, que más o menos van de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Lo hemos hecho pensando un poco en su ocio y otro poco en que nosotros continuamos trabajando, aunque yo a las 10 suelo terminar lo mío en la COPE y mis padres y suegros están encantados de tenerla si he quedado para almorzar, de modo que si no acudiera al campamento podría estar perfectamente conmigo, papi total y encantado de la vida, o con sus magníficos abuelos.

El caso es que ahora que en verano podemos relajarle los horarios es muy agradable salir a cenar los tres juntos y la niña suele pedirnos ir a Sushi 99, para tomar sus niguiris de hamburguesa y de huevo de codorniz con trufa negra. El inconveniente es que esto es claramente incompatible con acostarse temprano y a la mañana siguiente se despierta diciendo que no quiere ir al “casal” porque le parece horrible.

Los “casals”, tiene razón Maria, son horribles. Los caros y los baratos. Su concepto es demencial, las actividades estúpidas y empatan con lo peor de ser niño y el tipo de gente que los frecuenta no es desde luego la que te encuentras cenando en Sushi 99. Siento una indestructible, incorregible simpatía por el cabreo mañanero de mi hija.

Mi mujer sostiene que si la hemos apuntado tiene que ir y yo creo que el recto cumplimiento de sus obligaciones durante el curso merece algo más de flexibilidad. Mi mujer opina también que el rechazo matinal de mi hija por ir al “casal” viene del hecho que no ha dormido lo suficiente y está cansada. Yo creo que mi hija tiene un muy definido sentido del gusto y que por la mañana y acabada de despertar simplemente lo expresa de un modo menos contenido.

Pero sobre todo pienso que es mucho más educativo, formativo -y por supuesto placentero, sexy y favorable a los intereses de la Humanidad- salir a cenar con la familia a un gran restaurante que acudir a los deprimentes “casals” por mucho que los hayas pagado. Mi hija ha demostrado durante la temporada tener un muy exigente sentido de la disciplina, del deber y concretamente de su deber; y me parece que se ha ganado el derecho a opinar sobre su ocio y a una cierta improvisación veraniega siempre que los padres podamos organizarnos, que podemos si ponemos todos un poco de buena voluntad.

Los restaurantes son importantes, los grandes restaurantes son todavía más importantes y salir a cenar con tu padre y tu madre, aprender a comportarte en una mesa, el gusto por ir probando cosas nuevas, la conversación sobre los asuntos del día y otros más generales y la enorme lección que para cualquier niño es empezar a participar del gran escenario de la vida civilizada justifican la hora tardía de acostarse y la cancelación de cualquier campamento del día siguiente. No es verdad que mi hija esté cansada por haber dormido sólo nueve horas, ni que por estar cansada quiera quedarse en casa. La verdad es que con el recuerdo todavía fresco de haber cenado la noche anterior en Sushi es muy difícil pedirle a una persona inteligente y sensible que no sienta una profunda desolación por tener que acudir al museo atroz del hongo y del molusco que son los campamentos de julio y agosto, siniestro recital de la toalla mojada y del monitor con pírcing y tatoo. ¡Qué asco!

Hay una tendencia, contra la que ya mi suegro se rebeló cuando tuvo que educar a mi adorable esposa, que consiste en decir que a los hijos hay que adiestrarles para que sepan sobrevivir en cualquier parte. Con este pretexto se organizan acampadas, noches al raso, casas de colonias y una infinita lista de semejantes naufragios. A los hijos hay que educarles para que no quieran estar, ni comer, ni dormir ni vivir en cualquier parte. Hay que educarles en lo hermoso, en lo bueno y en lo mejor, para que entiendan la esencia, la categoría fundamental del mundo al que pertenecen, conozcan el precio y asuman cuanto antes que tienen que dedicarse a algo serio y hacerlo muy bien hecho para poder pagarlo cuando llegue su momento. El lujo es la gran educación sentimental y moral y no por la parte de la frivolidad o del exceso sino porque tener buen gusto te inspira para ser buena persona -funciona mucho mejor así que al revés- y para orientar tu vida en la senda del orden, de la imprescindible jerarquía y del provecho.

Hay que mostrar lo bello para despertar la necesidad del agradecimiento. No se puede ser generoso sin nada que ofrecer ni ayudar a los demás desde el fracaso, que sólo crea resentimiento.

Y además, y esto es tan importante como todo lo anterior, es un suicidio intentar huir de tu clase social. Puedes mejorar con mérito y empeorar con dignidad porque la vida es muy larga y a veces tiene curvas difíciles de explicar. Pero ni por arriba ni por debajo podemos pretender vivir como lo que no somos y nosotros somos los que salimos a cenar y los que preferimos pasar la mañana en la peluquería que en el “casal”. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará? El mundo está bien hecho, Guillén lo dice, y todos tenemos nuestra misión, nuestro ámbito, nuestra naturalidad.

Mi mujer me acusa de ser un blando y de jugar a ser un padre “guay” -pongo la palabra entre comillas porque en casa no la hemos dicho nunca- y yo entiendo a mi hija tal como mi abuela me entendió a mí y así tomé París la noche menos pensada. Es una educación que tiene sus riesgos y una vida que requiere una personalidad decidida y constante, porque existe y es evidente el peligro de despeñarse por el lado de la hojalata y la fatuidad. Pero eso ya lo sabíamos desde el principio: es mucho más difícil ser rico que ser pobre, controlar tu hermosura que echar el resto con tu vulgaridad que igualmente no va a ninguna parte, volver fértil tu generosidad que encerrarte en tu avaricia de la nada.

Somos una clase social, somos y acabamos siendo lo que esperamos de la vida, sentimiento y destino son una sola cosa y el listón lo ponemos nosotros mucho más de lo que pensamos y sin intentar nada extraordinario, nada extraordinario nos ocurrirá. Somos deudores de la luz que nos ha traído hasta aquí, de los talentos que nos fueron concedidos, de haber nacido en la parte afortunada del mundo. Y los que creen que ir a Via Veneto o a Sushi es despilfarrar tendrían que preguntarse si tener la suerte de poder ir y despreciarla no constituye un muy superior despilfarro del plan de Dios y de su Gracia, que es infinita como todo el mundo sabe o tendría que saber.

Todas las mañanas de mi vida he intentado imaginar algo maravilloso en lo que convertir el día, y aunque no siempre lo he conseguido, esta imaginación -esta tensión imaginativa- me ha hecho mejor y me ha enseñado más cosas de las que sabía. Por supuesto ha habido veces y no pocas que me he equivocado, he fallado, he perdido y he hecho el ridículo, incluso un espantoso ridículo: pero vivir sin accidentes, eso sí que es una utopía.

También la alegría es un deber, como soñar bien, el hondo buen amor y la higiene.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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