Nadie al volante

Publicado por el Jul12, 2017

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La Cantina Mexicana
93 210 68 05
Encarnación, 51
08024

Cocina: 9 (en su registro)
Servicio: 6 (a su manera)
Sala: 3 (pero no importa)

La Cantina Mexicana es un viejo conocido de la afición, propiedad de Josefina Abellán, hermana de nuestro queridísimo Carles Abellán, que según Ferran Adrià no es el mejor cocinero del mundo pero sí quien más gracia tiene para crear restaurantes. Viniendo de Ferran es todo un elogio: verónica y cuarto de Curro Romero.

La Cantina Mexicana no tiene nada que ver con Carles pero posee la indiscutible gracia de los Abellán para que todo lo que hacen nos parezca lo más apetecible: ese especialísimo talento que lo tiene mi amigo, lo tiene su hijo Tomás y lo tiene también su hermana, que para ponérnoslo difícil, y difícil de verdad, su local está ubicado en el desafortunado barrio de Gracia. El otro día acudimos paseando con mi mujer y tuve la sensación de asistir al insólito museo del piojo, dramáticamente distribuido por todas aquellas plazas y callejas que sólo podremos salvar si las arrasamos para que puedan pasar los tanques. Tanques con balas y tanques con mangueras de agua. Tanques, tanques.

La Cantina Mexicana es un restaurante del país que su nombre indica. No pretende ninguna elevación ni la expresión de ninguna creatividad pero todo es rabiosamente tentador y sabroso. No es un restaurante para pensar, es un restaurante para vivir, para llevártelo por delante. Hay que pedirlo todo, bebérselo todo y tener un chófer que recuerde dónde vives porque a la segunda margarita vas a olvidarlo. No son fáciles las mañanas siguientes, pero mientras dura la fiesta no querrías estar en ningún otro lugar del mundo. La Cantina Mexicana no es la chica más guapa de la ciudad pero es la que más nos pone, la que cuando la ves no puedes evitar la banda de asalto en la que te conviertes hasta poseerla.

El ceviche, el guacamole, el choriqueso, las sincronizadas, las enchiladas, los tremendos jalapeños. Y margaritas, margaritas. Tanques y margaritas y el empuje de cuando todo nos lo llevábamos por delante. Aunque sea un ánimo que no guarde proporción con la edad que ya tenemos, a La Cantina Mexicana hay que entrar habiendo abandonado cualquier esperanza de salir en condiciones. Hay que entrar de cabeza, al abordaje, sabiendo que el mundo está hecho de gente que nos quiere y nos va a perdonar una noche sin nadie al volante. Si alguna vez fuimos jóvenes fue en la Cantina Mexicana, que es donde también descubriremos que sin darnos cuenta hemos dejado de serlo. Los precios son de risa. El precio que uno paga para ser alguien o algo al día siguiente es estratosférico, pero merece la pena recobrar esa sensualidad, ese gusto primario por las cosas, la parte salvaje, automática, carnal, el lobo que por miedo ya nunca sacamos a pasear.

El mando femenino de la casa tiene ideas muy curiosas sobre lo que significa pasar o no pasar calor y aunque en la terraza -un patio interior- se está bien, si pides el aire acondicionado te lo ponen. Tal vez tengas que pedirlo dos veces, pero a la tercera margarita ya nada importa demasiado.

El ibuprofeno preventivo es un clarísimo acierto: uno de 600 antes de acostarse y una Coca-Cola cero. No trates de ser un héroe: yo soy mucho más fuerte que tú y cualquier ayuda es, en mis amaneceres mexicanos, escasa.

Salvador

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