Un milagro en el desierto

Publicado por el Jun7, 2017

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L’Alegria
931448284
Remei, 2
08014

Comida: 9,75
Sala: 6
Servicio: 9 (en su registro)

L’Alegria es uno de esos restaurantes que cuando sales tienes que repasarlo mentalmente porque no puedes creerte lo que te ha llegado a suceder.

Situado en la plomiza plaza Concordia -bulliciosa de este tipo de clase media que cuando la vemos los que por modestia nos consideramos de clase media-alta nos damos cuenta de que somos clase alta del todo-, L’Alegria está en un local pequeño, modesto, pero arreglado con esmero y hasta con gracia, una gracia que podemos sin rubor elevar a lujo si hacemos promedio con el barrio.

Y a falta de que llegue el verano para poder constatar si se han tomado en serio la refrigeración, aquí se acaba todo lo mundano de este restaurante.

La cocina es de una delicadeza insólita y todos los palos están bien tocados: los pescados, el plato de pasta que cada día o casi cada día cambia y que se hace difícil decir cuál es mejor, las carnes donde brilla con especial altura el pollo con su piel crujiente sólo comparable al que consiguió Albert Raurich en Dos Palillos y por supuesto el puré de patata, que se relaciona en línea recta y sin intermediarios con el que Robuchon reinó en Europa durante diez años. Los puntos de cocción, exactos. Finísimas texturas. El chef Giacomo Hassan (no se asusten, es italiano) demuestra tener un talento muy por encima de lo esperable por el local, la ubicación y el precio. En la sala, Toni Requena se multiplica por ocho y parece que tengas una brigada entera de camareros a tu disposición cuando en realidad está solo.

El viernes cenamos cuatro. Salir a cenar es de rotonderas pero por falta de quorum cierran al mediodía (excepto los sábados). Pese a la noche y a lo que conllevar -especialmente en entornos tan poco escogidos- la euforia de la velada fue como sacar los tanques por el Boulevard Haussmann para proclamar que Rousseau es el hombre más equivocado de Europa: y el más idiota. El precio total fue de 106 euros y no nos regalaron nada.

Un precio ridículo, insultante. Un precio que parecía la burla del precio, en este humor cada vez más extraño que tienen los cocineros. Con la ocupación a medio gas, el restaurante pierde dinero. Los vecinos de Las Corts tendrían que reflexionar, porque si les ponen el lujo a 25 euros y no son capaces de llenar un restaurante de 20-30 plazas mediodía y noche, luego no podrán quejarse de vivir entre croquetas. Más barato no se lo podemos poner y la respuesta tan mediocre del barrio demuestra que si bien comer o no comer es cuestión de dinero, comer bien o comer mal no depende de la moneda sino de la cultura y de la inteligencia.

Al otro lado de la plaza, en el Maravillas, Míriam Campa sirve no el mejor sino el único gintónic del mundo, según la fórmula magistral de Manel Tirvió, barman del long lost Tirsa.

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