Media hora en el Hospital de Barcelona

Publicado por el Jun2, 2017

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Se me ocurrió comprarle a la niña unos pendientes que creí y creí bien que iban a gustarle. Pero en mi ignorancia para estos asuntos no tuve en cuenta que se fijaran con una rosca redondeada para que pudiera dormir con ellos sin que se le clavaran. Mi mujer me advirtió de que si se quitaba los que llevaba para ponerse los nuevos al final con el quita y pon de cada día acabaría yendo sin pendientes y se le cerraría el agujero. Como siempre pensé y dije que mi mujer exageraba y que tomaba demasiadas precauciones ante lo fascinante de la vida -Maria estaba loca de alegría con sus pendientes nuevos- y también como casi siempre acabó sucediendo lo que ella había pronosticado.

O eso nos pareció cuando sin querer le hice daño al irle a poner el martes los pendientes nuevos que tanto le gustan tras haber estado sin llevar ni unos ni otros desde Semana Santa.

De modo que por la tarde, al salir de danza, la llevé al Hospital de Barcelona donde nació y le hicieron sus agujeritos, para que me ayudaran a restablecerlos. El Hospital de Barcelona es un hospital privado que pertenece a Assistència Sanitaria, la mutua que al precio de 90 euros mensuales le pago muy gustosamente a mi hija -y a mi ahijado.

No quise ir a una farmacia porque no se trataba de que le hicieran otro agujero sino de recuperar de alguna manera el que ya tenía; y de todos modos mi farmacéutica me comentó que están dejando de dar este servicio.

Llegué al Hospital por Urgencias, más que nada por la costumbre, expliqué lo que necesitaba y pregunté dónde podía dirigirme para que me lo resolvieran. La administrativa que me atendió parecía la chica que en “La Juventud” de Paolo Sorrentino se sienta por las noches en el sofá del fondo a la espera de que algún huésped la mire. Esa cara que nunca intuyó ninguna inteligencia ni la más leve intuición de su existencia. Mujer de edad tan indescifrable como el misterio de su dentadura y que no es que no entienda que hay vida fuera de las pautas concretas que le han marcado -y que obedece aunque por supuesto sin entenderlas- sino que simplemente no lo concibe. En su pequeña rueda del hámster me dijo “no”, “esto no lo hacemos”, “esto aquí no se hace”, y cuando poco a poco fui presionándola acelerándole la rueda con el dedo -bastó con muy poquito para desbordarla- el pequeño animalillo salió disparado a buscar a la supervisora, de aspecto bastante más estructurado, de presencia más aparentemente sólida aunque cuando la miré bien no era más que una Carme Forcadell con esa elegancia de cinturón con las iniciales de Dolce Gabbana.

Que la chica del sofá del fondo no saliera de sus cuatro frases fue hasta conmovedor, con su humanidad difícilmente distinguible de una planta, pobrecito bis extraviado de la Creación que ni Dios si le preguntáramos estaría enteramente seguro de dónde ha salido.

Pero que la supervisora con su rango superior en una empresa privada, con su responsabilidad de coordinar y pulir las limitaciones de sus supervisados y de dar la cara ante los clientes, se encerrara igualmente en su “no” de funcionaria soviética, sin mostrar la menor empatía, ni siquiera la mínima educación de colegio de pago, fue algo que progresivamente fue enervándome hasta que por arte de magia apareció en la salita donde la discusión no hacía otra cosa que crecer y escapársenos de las manos una chica que sin decir gran cosa tomó a mi hija de la mano, la sentó en una silla, le preguntó muy dulcemente cómo se llamaba, qué le pasaba, y entonces con su voz suave dijo “vamos a reconducir esto”, echó a la funesta supervisora de la sala, le explicó a la niña no recuerdo qué cosas, fue en busca de un artilugio con el que con mucho cuidado descubrió que el agujero no se había llegado a cerrar y ella misma se ofreció a ponerle los pendientes nuevos y a enroscarle el cierre redondeado. La operación no duró más de de cinco minutos, mucho menos de lo que me había llevado interactuar con el hámster y la señora Stassi.

La doctora es la doctora Gemma Santos, especialista en medicina deportiva pero que trabaja en Urgencias. Asistència Sanitària tiene en ella no sólo a un buen médico -he comprobado su historial y es excelente- sino a una persona que entiende lo que es trabajar en una empresa privada, lo que los clientes (pacientes, pero también clientes) esperamos a cambio de nuestro dinero, y esa vocación de calidad, de ternura y de servicio que distingue al mundo libre de los deprimentes ministerios comunistas.

Una mutua privada no puede permitirse tener a un roedor y a una funcionaria de arrogante bisutería soviética atendiendo a los que tenemos muchas mutuas donde llevar nuestro dinero y el de los demás miembros de nuestra familia. Hay que estar seco por dentro para no ayudar a un padre con su hija, para reconocerle, como la señora Stassi hizo, que disponían de los utensilios para hacer lo que yo le pedía pero que no lo harían porque no era “normal” dar este servicio a una niña de cinco años. Hay que tener ganas de decir que no, muy poca conciencia de lo frágiles que son los puestos de trabajo y ningún sentido de lo que es trabajar para una empresa privada y defender sus intereses, su competitividad, su vocación del “sí” que es lo que fideliza a los clientes, crea riqueza, bienestar y la impagable sensación de que el mundo está bien hecho.

Sin alardes ni aspavientos, la doctora Santos dio a sus compañeras una lección de profesionalidad pero sobre todo de humanidad, de ternura y de la profunda alegría de trabajar para ayudar a los demás en lugar de buscar excusas y tecnicismos para echarles.

Y a su empresa la hizo quedar bien, muy bien, mejor, y si algún día por lo que sea me planteo cambiar a mi hija de seguro médico, me costará mucho más de lo que me hubiera costado hasta el miércoles, porque la doctora Santos es de Assistència y es una locura vivir lejos de ella.

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