Bel a las doce y cuarto

Publicado por el may18, 2017

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Mi amigo Ignacio concluyó que el viernes de la semana pasada tuvimos una conversación en la que pudo estar más afortunado. No dijo nada fuera de lugar pero es cierto que yo estaba especialmente sensible y afectado y hallé en mis amigos -no sólo en Ignacio- más lecciones y advertencias que el consuelo que confieso que necesitaba. Salí algo dolorido del encuentro, sin poderles reprochar nada concreto pero dolorido al fin y al cabo y con más angustia de la que tenía al llegar.

En las siguientes horas no les dije nada o casi nada pero enseguida Ignacio notó que algo había ido mal. Tuvo la ternura de disculparse por mensaje y evidentemente acepté sus excusas a la primera diciéndole que no hacían falta y le aseguré que el episodio quedaba olvidado.

El lunes por la mañana me despertó un mensaje suyo que me pedía si podíamos quedar en Bel a las doce y cuarto -contra ese tipo de gente tan molesta que siempre queda a las horas exactas- porque quería que le diera mi opinión sobre una chaqueta que quería comprarse. Ignacio no ha necesitado nunca mi opinión para comprarse nada -salvo unas imprescindibles varillas de nácar que dan un nuevo sentido a la elegancia- y estuve tentado de responderle diciéndole “querido, de verdad que no hace falta, está todo olvidado”, aunque finalmente no lo hice para que de ninguna manera pudiera tener la sensación de que esperaba o creía merecer alguna compensación.

Pero conozco a mis amigos y más a Ignacio y tal como suponía, cuando llegué a Bel me lo encontré con su simpatía legendaria diciéndome que se había levantado con ganas de regalarme unos pantalones de lino lavado. Intenté disuadirle pero no hubo manera. Estaba tan contento con su idea y yo tan feliz de ver a mi amigo preocupándose por mí que dejé que la euforia fluyera sin hacerme la estrecha y pasamos una hora y media deliciosa comprando las tebas veraniegas de lana fría, linos en todos los formatos y una camisa de cashemir amarillo pastel que más Antiguo Régimen no podía ser. Coronó la espléndida mañana que irrumpiera José Cusí con su hijo y nos contara historias de cuando enseñaba a disparar a Franco. Como si todavía la democracia no hubiera empañado la Hermosura, entre los dependientes de Bel y su moqueta con la textura del tiempo que no pasa, las historias del Caudillo y la franca amistad de los hombres fuimos sustancia lírica, elegíaca, guerreros que por un instante pudieron aún volver triunfales de la batalla de lo que un día amamos y no pudimos retener.

Porque hemos perdido. Es cierto y lo tengo que decir. Lo hemos perdido casi todo y esta derrota nos hace más viejos que la edad. Pero que el único hombre en el mundo con la cultura, la ternura, la delicadeza y el talento de citarte en Bel para expresar sus sentimientos sea mi amigo es una victoria tan sensacional que hasta mi muerte tendrá que esperar si quiere algo. Hay un estilo que se acaba y probablemente Ignacio sea el único español que sepa interpretarlo.

Celebrar la vida con clase, en Bel a las doce y cuarto y en Via Veneto a las dos menos diez, invito yo, es mecer a tu alma acribillada y estirar los dedos hasta tocar la cara de Dios.

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