El centro de tu vida

Publicado por el abr26, 2017

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Mi hija empieza a tener algunos conflictos con sus compañeros del colegio que van más allá de lo puramente infantil. Asoma la mala leche, los desprecios que se dedican rápido y se digieren lentamente y con estupor. Las frases con doblez. Apelaciones familiares. Poca cosa de momento pero es la herida de un nuevo dolor.

Podría decirle que todo es mentira y que no haga caso y también se lo digo. Podría quejarme a la maestra o a los otros padres pero prefiero no hacerlo. Podría simplemente consolarla o darle munición para que le bastaran dos palabras para destruir a quien se volviera a meter con ella y no crean que mi fibra de padre salvaje no ha sentido la sed de tal venganza, ¡y todavía peor!, pero he podido controlarla.

Nada, todo esto no sirve de nada.

Lo que en estos casos trato de explicarle es su importancia, la importancia de su dignidad y de su amor. Tienes que muscular el alma contigo en el centro de ti misma, contigo en el centro del mundo y de la vida. Y aunque todavía no puedo decírselo con estas palabras, no le enseño trucos para evadirse sino la fuerza para afrontar el conflicto. Dios es libertad y hay que salir a buscarle. No le enseño a esconderse ni a quejarse ni la ficción de que el mal es un accidente y que podemos hacer como si no existiera.

El mal existe, y la maldad, y eso sí puedo decírselo, y es nuestra responsabilidad salir a su encuentro, y nuestra mejor arma para derrotarle es el amor. No porque nos haga mejores -que también- sino porque como arma es mucho más eficaz que el resentimiento y el odio, que siempre se vuelven contra nosotros. Puedes creer que con el odio es más rápido, más fácil destruir al otro pero cuando dejas que el odio se te meta dentro el que acabas destruido eres tú, y aunque en el ímpetu del agravio cueste recordarlo no se trataba de destruir a nadie sino de esquivar el golpe y de continuar. Las armas de Dios siempre son las que mejor funcionan: la libertad y el amor. Y si ante cualquier ofensa o ataque sabes proteger lo que eres y amas entonces no hay ningún daño que nadie pueda hacerte.

Cuando aprendes a reconocerte en el centro de ti mismo, del mundo y de la vida, puedes ser más generoso que tus enemigos y recordar que la gran prerrogativa de Dios es el perdón y la misericordia. Con esto te basta para ser resistente a cualquier conflicto y mecer la debilidad de los demás entre tus brazos es igualmente más eficaz -y más letal- que pisotearla. Son cosas que olvidamos cuando nos enfadamos, por querer responder demasiado rápido, y luego creemos que el otro nos ha ganado cuando hemos sido nosotros los que nos hemos derrotado usando la fuerza equivocada y en la dirección contraria.

A mi hija le explico siempre -y a veces tengo la sensación de que me entiende y otras de que todavía no del todo- que quererla ha sido y está siendo la más hermosa aventura de mi vida, quererla con todo y sin esperar nada, quererla desde el centro de mi ser y sin ninguna reserva o condicionante. Mi entrega total a ella ha sido y es mi mayor felicidad y mi inmerecido gran premio, y no hay nada que sea mejor que quererla ni recompensa mayor que poder sentir el amor que por ella siento.

Las herramientas de Dios siempre son las que mejor funcionan, aunque la rabia nos ciegue y cueste afinar el instrumento.

Hay días que viene triste del colegio, no muy triste, y no muchos días, pero las disputas van dejando de ser infantiles y empieza a dejar marca lo que duele. De nada le serviría que le enseñara a esconderse. Hay que saber hablar con lo que nos asusta, hay que ser fuerte para incluso saber diferenciar lo que nos dicen para herirnos y es mentira de lo que nos dicen también con mala intención pero es cierto y podríamos mejorar: los enemigos inteligentes nos hacen más daño pero nos ayudan a conocer nuestras debilidades, a conocernos, y hay que saberlos aprovechar. Hay que ser valiente para defender el círculo de tus afectos. Hay que ser fuerte y valiente para todo ello y para saber que precisamente nuestro amor es lo que más vulnerables nos vuelve, y ansiosos, y ciegos si no sabemos controlar el impulso, y normalmente no sabemos.

También yo estoy triste y también se lo digo, cuando ella lo pasa mal, aunque sepa qué explicarle y no dude de la eficacia de las herramientas de Dios. También la debilidad hay que explicarla, y cómo nos rompemos, aunque sólo sea porque para enseñar a recoger las piezas y a volverlas a unificar hay que admitir que alguna vez estuvieron rotas y en el suelo.

Al hombre hay que explicarle siempre el hombre, su centro y su trascendencia, su libertad y su amor, el miedo y el dolor, el vértigo del abismo y la luz de la salvación. Mi hija tiene sus primeros conflictos y yo podría no darles ninguna importancia, como hacen tantos y tantos padres, hasta convertir el amor y la dignidad de sus hijas en algo también sin ninguna importancia, sin centro ni vínculo, nada más que en deshechos indistinguibles, pisoteables.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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