Mi abuela y las mujeres

Publicado por el feb19, 2017

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Mi abuela consideraba que nacer mujer la había perjudicado y lamentaba “el par de cojones que se ha perdido la Humanidad por no haberme hecho hombre”. Mi abuela soltaba algunos tacos pero nunca decía “hostia”.

Hallaba el feminismo un atraso, lo mismo que consideraba el estrés “la enfermedad de la gente que no quiere trabajar”. Sus modelos eran Isabel Windsor, Oriana Fallaci y Cocó Chanel.

“No soy feminista” afirmaba con el desprecio que solía mostrar para los que intentaban sacar provecho de todo lo que no fuera el esfuerzo de cada cual para defender su espacio y su cometido, “pero Armani y yo somos los que más hemos hecho por la mujer de nuestro tiempo”. Armani por el traje chaqueta con que una mujer podía ir a trabajar y a cenar sin pasar por casa a cambiarse y ella porque con el bufet de comida preparada de Semon, y los correspondientes camareros, permitía a las mujeres poder trabajar normalmente aunque aquella noche tuvieran invitados a cenar en casa.

No eran planteamientos feministas pero eran realistas, y a pesar de lo difícil que era ser mujer y empresaria en los años sesenta en nuestro país, ella ahí estuvo siempre con su capacidad de sacrificio y su talento, su instinto letal, su intuición para el negocio y su permanente esfuerzo para el refinamiento, tanto gastronómico como intelectual y social, intentando con atención y humildad aprender de las personas a las que admiraba: decía que lo más importante en nuestra vida es elegir los modelos adecuados, otras personas a quien parecerse. Por eso leía tantas biografías, en su búsqueda constante de referentes, y también por eso le importaba poco o nada que la criticaran, porque su referencia nunca fueron los cuchicheos sino las grandes personalidades a las que admiraba y trataba a su manera de imitar: sus modelos, que le daban en la distancia una gran seguridad en lo que hacía y en su criterio.

Al poco de fundar Semon creyó oportuno hacerse con la representación de un whisky de bajo precio y alto consumo. Al cognac todavía le quedaban años de gloria pero el whisky empezaba a abrirse paso. Sin comentárselo a nadie, cuando las vacaciones de verano llegaron, mandó a mi madre, que estudiaba Derecho, a aprender inglés a una sucursal que su colegio de las Damas Negras tenía en Londres. El anuncio causó en mi madre una mezcla de estupor y de fascinación, por no estar acostumbrada la pobre a ningún exceso. Mi abuela hacía poco que había fundado Semon y como no tenía dinero para todo, y el poco que tenía lo quería guardar para las eventualidades del negocio, vivía con mi abuelo y mi madre al fondo de la cocina, separados por un biombo de los fogones. Que en ese contexto se anunciaran unas vacaciones en Londres, aunque fuera para estudiar, y aunque fuera en las Damas Negras, fue todo un acontecimiento. Al cabo de una semana escasa de estar mi madre en Inglaterra irrumpió en el colegio mi abuela con su vigor huracanado y le dijo a su hija “ahora que ya sabes inglés tienes que ayudarme a hablar con unos señores”. Mi madre, que no debía tener más de catorce años, se encontró en menos de media hora en St. James, con el inglés que había aprendido en cinco o seis días, entrando en el establecimiento Justerini and Brooks (J&B para los amigos), para reunirse con dos vendedores de blended que por su indumentaria parecía que vendieran champán y a los que tenía que traducir lo que mi abuela, con gestos, palabras sueltas y un gran entusiasmo trataba de decirles, y es que quería la representación para España de su marca. Pese a lo extravagante de la situación, consiguió más o menos lo que pretendía. Más, porque obtuvo la representación, y menos porque no la obtuvo para España entera sino sólo para Cataluña y Baleares. Pero la reunión le guardaba una sorpresa que la dejó desconcertada: los ingleses se negaron a firmar un contrato tan importante “con una mujer” y exigieron que a un hombre. Mi abuela no quiso estropear el acuerdo ni mostrar debilidad, pero se sintió humillada. No tanto como mujer, sino porque particularmente a ella le tuvieran en cuenta que fuera mujer, como si considerara que había acreditado méritos suficientes para que no se le tuviera en cuenta la “tara”. Visto desde hoy, y aclarando que mi abuela nunca cayó en la vulgaridad de hablar de política, es justo recalcar que una mujer que podía ser empresaria en la España franquista, y titular sin problema de su negocio, no pudo, por ser mujer, firmar un contrato en la tan autosatisfecha democracia británica. Al final mi bisabuelo firmó en representación de su hija pero historia tardaría mucho años en cerrarse, y se cerró mal. Sucedió cuando mi bisabuelo murió sin haber testado y por lo tanto la representación del J&B fue a parar a partes iguales a sus dos hijas: a mi abuela y a la tía Lola. Mi abuela, de muy mal humor por tener que suplicar, y me imagino que de muy mala manera, le pidió a su hermana que renunciara a su parte, porque aquel negocio se lo había trabajado ella y por lo tanto le correspondía exclusivamente, más allá del tecnicismo de que hubiera tenido que firmarlo “un hombre”. Pero mi tía Lola, que era una señora adorable a la que yo quise con locura, tenía una mala leche de fondo incluso más brutal que la de mi abuela, vio débil a su hermana fuerte y lo aprovechó para disfrutar de tan inusual espectáculo. Que ninguna de las dos tuviera en cuenta el dinero no significa que no hubiera dinero en juego, y mucho, en todo aquel asunto, y por eso fue una especial demostración de carácter que mi abuela, al ver el gozo de su hermana humillándola, y al entender que no le iba a ceder su parte, acudiera a Londres para cancelar la representación y prefiriera quedarse sin nada que tener que soportar que alguien se aprovechara, chuleándola, de su trabajo. Fue un suicidio económico, que seguramente me perjudicó, pero todavía hoy me impresiona y celebro su orgullo, su orgullo bien puesto, la línea recta de su dignidad y su apabullante lección de estilo.

Mi abuela tenía un sentido de la protección y de la justicia algo Corleone; una idea muy particular pero muy razonada de lo que estaba bien y mal, y una sorprendente determinación para imponerla en su ámbito de influencia. En esta idea el sexo era una debilidad, a la que ella era sensible, pero una debilidad, tal vez porque se divorció de su marido cuando todavía en España no se divorciaba nadie. De hecho no es exactamente que se divorciara, sino que mi abuelo la dejó por una chica jovencísima que me parece que es justo admitir que fue bastante más capaz de hacerle feliz. No sé si por ello o por su concepción misma de la vida, mi abuela tenía dos actitudes ante el sexo muy fuertes y muy contrapuestas. De un lado le gustaba y lo reconocía. Del otro, lo consideraba una distracción y una cerdada. Su frase mítica al respeto era: “Yo he tenido el defecto que siempre me han gustado los fulanos, pero cada día he abierto la tienda a las ocho de la mañana”. Y como mayoría de sus empleados empezaron a trabajar en Semon de muy jóvenes, ella se sentía responsables moralmemte responsable de sus vidas y asumía que tenía que dirigirlas, incluso en su faceta más íntima. Si esto resulta sorprendente, todavía lo es más que los trabajadores aceptaran y acataran sus directrices, como apoteósicamente sucedió con nuestro veterinario.

Mi abuela visitaba poco la fábrica de ahumar salmones pero aun así tenía su despacho perfectamente dispuesto y siempre a punto por si lo necesitaba. Un día fue sin avisar y cuando abrió la puerta se encontró al veterinario zumbándose a la secretaria. Cerró de golpe y esperó a que salieran. Las amonestaciones no se hicieron esperar. Al veterinario, que hacía unas semanas su mujer le había echado de casa porque se había enterado de su infidelidad, le rebajó el sueldo a la mitad hasta que recuperara a su esposa y volviera a casa con su familia. A la secretaria, soltera, la despachó al instante por entrometerse en un matrimonio. Acto seguido, ordenó a su chófer que la llevara a la empresa donde trabajaba la esposa de su adúltero empleado. La hizo avisar y le dijo: “Te pido perdón por lo que ja sucedido en mi empresa con esa fulana. Yo te recuperaré a tu marido”. Huelga comentar que su estupefacción al escucharla fue superior a la que le había provocado enterarse, hacía menos de un mes, que su marido la engañaba.

Yo ya sé que esto hoy no se comprende pero el paternalismo del patrono era mucho más reconfortante que la terrible afectación de los derechos adquiridos. Mi abuela quería a sus trabajadores, conocía sus circunstancias, sabía que era más inteligente que ellos y trataba siempre de ayudarles. Hizo más mi abuela por sus empleados que cualquier sindicato. La cohesión social es un dueño cariñoso y la perversión sindical plantea un enfrentamiento en lo que antes era una gran familia. Y así ha caído la prosperidad, las condiciones de los empleos han sido cada vez peores, muchos empresarios han tenido que cerrar y nadie ha salido ganando. Los convenios colectivos dan cobertura al holgazán y son un insulto al trabajador honrado. Ya nadie se preocupa por tu mala cabeza, ni por tu matrimonio. Prefiero la ternura patronal a la lucha de clases, el dueño que sabe mejor que tú lo que te pasa a la ofuscación sindical que no ha resuelto ningún problema y ha dejado a la Humanidad abandonada.

El veterinario consiguió que su esposa le perdonara, y cuando volvió a casa le comentó que trataría de pedirle a mi abuela la mitad del salario que durante aquellos meses no le había pagado. “No le pidas nada”, le respondió, “ella me mandaba el dinero cada mes para que yo lo administrara y tú no lo gastaras en putangas”.

Pero seguramente el episodio más sonado en el que mi abuela intervino en la vida privada de un empleado fue con su trabajador de más confianza. Estábamos ya en los noventa y el hombre, que pasaba de los cincuenta, no tuvo mejor ocurrencia que liarse con la camarera más joven del restaurante -diecinueve- y la dejó embarazada. Mi abuela, que lo controlaba todo, lo sabía todo, y tenía a casi todos sus trabajadores untados con sobres varios para que le pasaran el parte de lo que hacían y decían los demás, no tardó en enterarse del acontecimiento y con su cara y sequedad de las grandes ocasiones le preguntó a su trabajador más importante qué pensaba hacer. “Abortar”, le contestó, y mi abuela le dijo que si lo hacía nunca más volvería a pisar Semon. Para un hombre que llevaba desde los 14 años trabajando en la casa, y que su vida había sido no principalmente Semon, sino exclusivamente Semon, la idea de marcharse era tan atroz e impensable que pese a la abismal diferencia de edad, le pidió matrimonio a la camarera, se casó con ella, y en la boda lo que más se comentó es que el padre de la novia era más joven que su nuevo yerno. Mis padres y el resto de la familia, como siempre, cuchicheó. Criticaron a mi abuela, se rieron de ella y una vez más se atrevieron a tratarla con condescendencia sin haber sido capaces de hacer, en sus vidas insulsas y fracasadas, nada que ni medianamente fuera digno de ser mencionado y ya no digamos comparado con los logros de mi abuela. Pero hace dos o tres años, un día por la calle vi al hijo que nació de este matrimonio, y aunque no le dije nada pensé que yo sabía porque estaba vivo, y no muerto, y me alegró pensarlo, y verle, y estoy seguro que si conociera la historia como yo, no se reiría de mi abuela, ni le parecería mal que se hubiera entrometido en la vida de sus padres cuando más lo necesitaban. He visto a mucha gente de mi familia criticar y hacer burla de mi abuela pero nunca he visto grandeza, ni generosidad, ni prueba de vida alguna en ninguno de ellos. Hay un desprecio del talento que se parece mucho a la muerte.

Tal vez la historia me interesa especialmente, y la he llevado siempre conmigo, porque también yo, a los 19 años, cometí la estupidez de enamorarme de una de las camareras de Semon. Era más joven que yo, pero sólo un año. Mi abuela, para evitar escándalos, la mandó un par de meses a Marbella, donde antes de que mi madre procediera a la demolición del negocio familiar, teníamos también un restaurante y una tienda.

Pero no hay nada peor que un piojo enamorado, y en lugar de apreciar el gesto de mi abuela, reaccionar como un adulto y dejar de perjudicar a la empresa, tuve la ocurrencia de irme con mi camarera e instalarme con ella en el piso para los empleados en itinerancia que teníamos a cuatro manzanas de la tienda. Se suele decir que el amor rompe fronteras pero en mi caso nunca ha sido cierto.

Para mí las fronteras siempre han sido fundamentales, sobre todo las sociales, y por suerte nunca el amor me ha llevado a querer romperlas. Pertenezco a un mundo y este mundo me configura y me determina tal vez demasiado, pero soy así y no me disgusta. Pasados los fervores y el placer de ser, por unos días, el excéntrico nieto de la dueña retozando en el lecho del perraje -siempre por detrás, en pro del matrimonio íntegro-, tomé conciencia de mi flagrante desubicación y la angustia comenzó a asfixiarme.

Una tarde sobre las siete decidí dejar de hacer el mono, tomé un taxi y me dirigí a Puente Romano, que era y es un gran hotel que además tiene unos apartamentos y uno de ellos es propiedad de mi abuela. J31. Magnífico. Cuando el conserje me vio entrar y me dio las buenas tardes, me sentí de vuelta a casa. “Tómese un aperitivo en el bar de la piscina que enseguida limpiamos su apartamento. ¿Me permite la maleta, señor Sostres?”, y todo volvió a su lugar suavemente y sin estridencias, yo el primero.

Llamé a mi abuela para comentarle que iba a usar su apartamento y me respondió que esperaba que hubiera aprendido algo. Sandra me sugirió que si no quería salir de allí ya ella vendría a verme, pero me pareció que era desafiar el sistema jerárquico de mi abuela meterle a la empleadumbre entre las sábanas. Le dije que no podía ser y no nos volvimos a ver.

Pasé unos días mal, pero a salvo en Puente Romano. El bufet de la cena era espléndido. De aquella tontería hace mucho tiempo y nadie me la tuvo en cuenta, ni siquiera la camarera. Hoy a mi edad nadie me la perdonaría, y pondría en peligro mi matrimonio y la relación con mi hija. Y sí, aprendí algo: enamorarse es una decisión y hay que pensar en lo que hacemos.

No fue tan pacífica su reacción con mi novia mallorquina, casada. Era una celebridad en los años en que la conocí. Y aunque durante algún tiempo pude proteger el secreto, doña señora acabó enterándose.

Yo nunca dejé de negarlo, pero mi abuela tampoco nunca dejó de literalmente insultarme por estar destruyendo un matrimonio. Digamos que no era agradable escucharla, pero que a mis pletóricos 24 años estaba tan contento y fascinado por tener una amante de 30, casada, mallorquina, que me pedía que le hiciera cosas “amb sa boca”, y que además era una celebridad, que cualquier reproche me resbalaba hasta que un día cometí un muy inoportuno error de cálculo, pensé que mi abuela estaba en Madrid y me fui a comer a Semon con mi tesoro mallorquín. De golpe, y ya sin margen de maniobra, vi aparecer a mi abuela al fondo de la tienda y supe que no tendría piedad. Antes de ir a por mí, saludó a las demás mesas para alargar mi agonía, y cuando vino a la mía me levanté, le di dos besos, y ella, sin quitarse las gafas de sol, me preguntó: “¿No me presentas a esta chica tan guapa?”, y cuando lo hice le soltó: “Eres realmente bonita, mucho más que por la tele. Bueno, la verdad es que mi nieto se busca siempre unas putitas muy bonitas”, y tal como lo dijo se fue, y yo ya que estaba de pie, me fui también con mi pobre chica insultada a acabar de almorzar a Via Veneto, cabreado aunque no del todo, porque tengo que admitir que cuando más recordaba la escena más me hacía reír. No tarde muchas semanas en dar mi aventura por terminada.

La única vez que a mi abuela le ha gustado una novia mía ha sido por suerte la que ha acabado siendo mi esposa. Cuando la conoció me dijo: “con esta chica podrás entrar en los sitios pisando fuerte”. Yo nunca me habría casado en contra de la opinión de mi abuela.

Fue una mujer valiente, brillante, nada feminista porque odiaba el victimismo, y suficientemente orgullosa para querer que la valoraran por su talento y no por su género. Si alguna vez se sintió por este motivo discriminada, redobló el esfuerzo para conseguir lo que quería y nunca se quejó, porque siempre creyó que expresar la debilidad era empezar a sufrirla. Fue mujer y femenina, empresaria, amante, madre, esposa, abuela e hija. Todo lo hizo a su manera, emocionante y brutal, y los que eran demasiado débiles para aguantar el tirón decían que era mala. No fue mala. Fue salvaje, todo en ella lo fue, y apuró la vida y no dejó nada para luego. También era presumida y hasta coqueta, y tuvo éxito con los hombres, pero se fue con el deseo desatendido de ser uno de ellos, “de verdad que no sabes lo que siendo hombre, hubiera podido llegar a hacer”.

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