Cuándo me di cuenta de que era de derechas y por qué

Publicado por el feb10, 2017

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Mis padres me mandaron el verano de mis diez años a una absurda casa de colonias en Bellver de la Cerdaña. La primera impresión fue desoladora pero la mejor que tuve de aquel lugar atroz que poco a poco me fueron presentando, con olor a gato, lúgubres estancias y unos monitores muy parecidos, sin necesidad de disfrazarse, a la bruja del tren de la feria de Castelldefels. Uno de ellos fue el primer chico que vi con un pendiente. Se llamaba Xiu-xiu, y por favor, no se engañen, en catalán es un nombre igual de ridículo, si es que esto puede ser considerado un nombre: y de persona. Ya mis padres se habían marchado cuando sentí el impulso de lanzarme a sus brazos para organizar el suficiente espectáculo que me valiera el salvoconducto. Pero la redonda sensación de tener que hacer algo más que lamentar mi infortunio la tuve a la hora de la cena con el tacto de unas horrendas bandejas de aluminio con sus siniestros departamentos donde se suponía que un cocinero me pondría lo que había para cenar si seguía la fila. Yo que entonces estaba acostumbrado a lo de Semon o a lo de mi casa, cualquier inferioridad me recordaba a la escena de una película, de cuyo nombre sí quiero pero no puedo acordarme, en la que salía una cárcel.

Lo primero de derechas que tengo conciencia de haber hecho fue que en lugar de hundirme y llorar como un imbécil, me tomé con interés mi situación, con frialdad y hasta con humor, y analicé detenidamente mis opciones. Y como siempre que fui capaz de hacerlo mientras ella vivió, enseguida me di cuenta de que mi mejor baza era mi abuela Maria, de modo que pedí llamarla. Me costó encontrarla porque estaba en Marbella, a punto de abrir la tienda que allí tuvimos durante muchos años. No le hice ningún drama, le conté al detalle lo que me había horrorizado y me pidió diez minutos para pensar. En menos tiempo volvió a llamarme y me explicó lo que iba a hacer.

Pronto al día siguiente, no más tarde de las nueve, vería en la absurda puerta de la casa la furgoneta de Miguel Ángel. La furgoneta era de Semon, pero la llevaba siempre Miguel Ángel, el primer repartidor que tuvo la tienda, un señor encantador, que siempre estaba contento y que era del Osasuna. Tenía una gran admiración por el Cuco Ziganda y hablábamos de fútbol y de otras cosas siempre con la alegría y la dulzura de quien no haría daño a nadie. De mayor me contaron que Miguel Ángel era alcohólico pero yo no tengo ningún recuerdo de él que pueda empañar lo simpático que era, lo que aprendí del Osasuna, que desde entonces ha sido siempre mi segundo equipo, y lo amable que siempre fue conmigo.

A pesar de lo mucho que a mi abuela le gustaba estar con mi hermana y conmigo, tal vez lo único que le motivaba tanto como su negocio, me dijo que ella no iría y que Miguel Ángel me llevaría a Sort, el pueblo de mi abuela paterna, Rosario. Ya lo habían hablado, y fue la decisión más de derechas de toda aquella historia. Mi abuela Maria sabía que podía hacer el trabajo, pero no disfrutarlo, porque mis padres no se lo habrían perdonado. Era demasiado fuerte, tenía demasiado éxito, mantenía demasiado y de demasiadas maneras a mis padres, y a mi hermana y a mí, como para poderse permitir corregir y encima “beneficiarse” de aquel nuevo y no forzado error de mis padres que había sido mandarme a aquel insólito museo del pírcing y el piojo. Necesitaba un aliado débil, o de apariencia débil, porque mi abuela Rosario fue siempre dulcísima, pero nunca débil y era de hecho mucho más dura y difícil de convencer que mi “fuerte” abuela Maria, de entrada arrolladora pero sentimental y compasiva como siempre ha sido la derecha. No se dejaba pisotear y era una mala enemiga porque era implacable cuando se le activaba el instinto de defenderse, pero si ibas de cara y de buena fe, raro era el favor que no acabara concediéndote. Lo mismo que en general los ricos, que cuando no les acribillas a impuestos, son los más caritativos y generosos, y gracias a ellos se pueden llevar a cabo las empresas más extraordinarias.

Sort, la capital del Pallars Sobirà, es un pueblo de montaña que ahora ha crecido por causa de la lotería, el esquí y los deportes de aventura del verano, pero que entonces cuando yo iba y me gustaba, no pasaba de los 700 habitantes, contando a mi abuela, que durante el invierno vivía en Barcelona, y a mis tíos Pepe y Paquita, a quienes tanto quise y me quisieron. Especialmente mi tía Paquita y yo teníamos un humor muy parecido, que en no pocas ocasiones impacientaba a mi abuela, mucho más contenida. A pesar de su aspecto bondadoso y frágil, tenía una dureza de fondo que además podía aplicar sin complejos, porque al no ser considerada “fuerte”, ni haber tenido ningún éxito empresarial, ni mantener a mis padres en modo alguno, mis padres la respetaban, se le respetaba su autoridad de abuela, y cuando alzaba la voz, que la alzaba, todo el mundo tendía a más bien ir callando y nada de lo que hacía se le discutía ni mucho menos se le reprochaba. Tampoco le reprocharían que acogiera al refugiado, y mi abuela Maria sería pronto disculpada, no por ganas sino por temor, si en su defensa podía decir: “Es lo que acordamos con Rosario”, y más aún -que es lo que acabó sucediendo- si mi abuela paterna reclamaba la autoría intelectual del rescate y explicaba que había usado a la otra abuela como mero transporte porque ella ni sabía conducir ni tenía chófer.

Entonces no le supe dar nombre, pero me entristeció que mi abuela Maria, que todo lo había preparado, realizado y patrocinado, se tuviera que conformar con el premio lejano y moral de haberme salvado, pero sin la satisfacción que para ella habría sido ponerme un avión para que bajara unos días a Puente Romano. Y esa tristeza, y esta sensación de que el premio lo disfrutamos siempre en silencio, y siempre en la distancia, es lo que ahora más identifico con la derecha, con la idea de la libertad basada en la responsabilidad y la generosidad como único y gran resumen de lo que Dios espera de nosotros.

Mi abuela me recalcó que no deshiciera demasiado el equipaje -una maleta, al fin y al cabo- y que estuviera atento a la llegada de Miguel Ángel, trasladándome una cierta responsabilidad en el plan, la responsabilidad de ir hacia la puerta, una simple puertecita baja sin ninguna seguridad especial en un tiempo en que todavía no eran trending topic los pederastas. También ahí una cierta idea de lo que es ser de derechas se me presentó, vinculada a la responsabilidad sobre mi vida. No me dije “esto es la derecha”, o “¡la derecha soy yo!”, como me gusta decir ahora, incluso ahora que la doctora Torrejón me ha prohibido el gintónic; pero sí tuve la concreta y profunda sensación de ser distinto a los demás: y no un distinto neutro sino elevado, la inequívoca y grave sensación de estar llamado a algo más. Si la derecha no es esto, ¿qué es?

Efectivamente Miguel Ángel compareció a las ocho y media, con su furgoneta que verla era siempre motivo de gran felicidad. Cuando por la terraza la veía acercarse a mi casa de la calle Caballeros, para traernos la “compra”, que mi madre siempre exigía y nunca pagaba, bajaba de cuatro en cuatro las escaleras para ir a abrazar a Miguel Ángel y escrutar el botín, en la calle o en el ascensor, siempre antes de llegar al piso. Verla por lo tanto a las puertas de aquella horrenda casa fue tal vez la mejor noticia que había recibido en mis diez años, y recuerdo como si lo sintiera ahora el ímpetu que me llevó a tomar mis breves pertenencias, a salir corriendo por el jardín, saltar la puerta baja y meterme en la furgoneta con un júbilo que me desbordaba, acumulándose en mi imaginación y en mi pulso la fascinación por todo lo bueno que me esperaba y también, aunque más de fondo -porque no soy rencoroso y aquello ya era pasado- el alivio por estarme alejando de aquel estúpido lugar invertebrado.

Con Miguel Ángel hablamos poco de la casa de colonias, porque me incomodó que me preguntara por qué quería marcharme de allí, con lo que a sus hijos les hubiera gustado. Comprendí lo que me dijo, que no era malicioso sino espontáneo, que no me lo echaba en cara aunque también hubiera comprendido que lo hiciera. Pero lo que sobre todo comprendí es que aquella diferencia que el día anterior había empezado a experimentar, y que hoy sé que es la derecha, es un ejercicio solitario. Tras unas primeras dificultades para superar el comentario de Miguel Ángel, que él también se dio cuenta que me había ensombrecido, hablamos de fútbol y de jamones, porque mi abuela Maria había mandado para la abuela Rosario y para tía Paquita sendas piezas fenomenales de don Plácido Cárdeno, ibéricas y de bellota, debidamente cortadas y envasadas al vacío para evitar a sus agasajadas cualquier molestia.

Cuando llegamos a Sort mi abuela me esperaba en la calle y me recibió con un gran abrazo. En casa me esperaban el tío Pepe y la tía Paquita, que me había preparado sus maravillosos macarrones. Yo entonces no estaba gordo, no fui un niño gordo, pero lo que me gustaba me gustaba de un modo absoluto y nada para mi era tan apasionante como ver dispuesto en la mesa alguno de mis platos preferidos en cantidades que yo fácilmente pudiera calcular que estaban por encima de cualquier apetito que yo en aquel momento pudiera tener. Sólo así era capaz de comer en paz, e incluso menos de lo que yo mismo esperaba.

Mi abuela me dijo que había desconectado el teléfono -entonces lo del móvil ni se soñaba, y la gente no estaba todo el día llamándose- y que la tía Paquita había llamado mucho antes de mi llegada a mis padres para contarles la doble mentira, y sin el menor apuro, de que yo ya había llegado y de que a mi abuela se le había estropeado el teléfono. Le pregunté a mi abuela si esquivaba por miedo hablar con mi padre, y muy seria y levantando el dedo índice me dijo que ella de miedo no tenía ninguno y que lo que quería era ahorrarle a su hijo el chorreo que le habría caído por mandarme de colonias estando ella en su casa de Sort, donde yo podía estar en condiciones, bien comido, limpio y querido, y no como en aquella “cort de porcs” -dijo-, y que en fin, estaba tan enfadada con mis padres, que prefería que con la alegría de tenerme se le pasara y que al cabo de unos días, cuando le arreglaran el teléfono, es decir, cuando a ella le diera la santa gana de volverlo a conectar, ya hablaría con ellos procurando no decirles lo que de verdad pensaba.

Aquella demostración de poder, de un cierto desprecio a mis padres, usando de interlocutor a un tercero, aunque fuera tía Paquita, me dejó igualmente impresionado. La dureza exhibida sin contemplaciones, con mala leche, y procurando que se notara el cuidado, me acabó de convencer de que el mundo tenía lecturas mucho más inteligentes y estimulantes que la del manto podrido del camino del medio, que a nada conduce ni nada más procura que una insípida supervivencia. La vida es lo que hacemos de ella, y lo que hacemos de ella tiene que absolutamente que ver con lo que esperamos de ella.

Mis abuelas, cada una a su manera, tuvieron un cometido, y conscientemente o sin darse cuenta, desarrollaron un carácter, una actitud y un espíritu vital que les permitieron ir coronando sus objetivos. Una determinación más allá de las cosas, de las circunstancias, del escrúpulo buenista, de las convenciones sociales y sólo sujeta a su idea de bien y mal, a su sentido de la dignidad, del amor y de la generosidad; temerosas de Dios pero sin olvidar que sin osadía es imposible servirle; atentas al orden pero con vertebración moral; respetuosas con la Ley pero poniendo siempre a salvo lo suyo.

Esto es y ha sido para mí la derecha, la derecha que nos pone ante el reto como ante el espejo. La derecha que nos exige el sistemático abordaje de la vida y vivir como el ejército alarmado de Pere Gimferrer en Mascarada.

Han pasado los años. Mi abuela al morir se lo dejó todo a mi hermana y con la otra abuela abismos más hondos que ella y yo nos separaron. Sé de ella y que está bien, aunque con el corazón delicado. De Miguel Ángel hace años que no sé nada y Semon lo han salvado los mejores empleados que mi abuela tuvo después de que mi madre lo destrozara.

Sigo pensando y comprobando, a diario, que todo es culpa y mérito nuestro, tal como todo nos ha pasado en París aunque nunca hayamos estado. Entre Bellver de la Cerdaña lo descubrí, aunque sin saber nombrarlo, una mañana de hace más de 30 años. Estoy orgulloso de aquel niño despierto y contento que procuraba darle a todo un sentido y que sabía decir “basta”. Me doy cuenta de que he dedicado buena parte de mi tiempo, mi esfuerzo y mi dinero a hacer de furgoneta de Semon a mis amigos más jóvenes que me han caído bien, porque la maravilla es posible si crees en ella y me gustaría que dejarlo claro fuera mi legado. Nunca he esperado menos de la vida y aunque veces veo que haber sido capaz de construir mi espacio de recreo y felicidad da una cierta rabia a los demás, creo que en la medida de lo posible he propagado la alegría, las altas expectativas, el gusto de vivir y la sensación de que podemos hacer de cada jardín el jardín del Edén y de cada amor el amor de nuestra vida. Muchas furgonetas de Semon llegan a mi vida cada día, y todavía bajo las escaleras de cuatro y cuatro y corro con mi maleta a través del jardín, para poder abrazar a Miguel Ángel y descubrir antes que nadie el botín.

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