El Barça es una piruleta

Publicado por el Jan22, 2017

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Una de las pocas, pero muy valiosas virtudes de Josep Maria Bartomeu, presidente del Fútbol Club Barcelona es que sabe que es muy poca cosa. Puede parecer un desprecio, pero muchos en su lugar no tendrían la audacia de aceptarlo y su precipitación al vacío habría sido de las que marcan una época. En cambio, a Bartomeu, consciente de sus evidentes limitaciones, no le costó nada, cuando más perdido se encontraba, limitarse a sonreír y a estrechar manos, y dejar el club en manos de Albert Soler, socialista y exsecretario de Estado de Deportes, con muchas más ganas de medrar que conocimientos futbolísticos; y de su viejo amigo Jaume Masferrer, menos cínico, pero no por ello menos fantasma. Fue el primer año de Luis Enrique, el que acabó con la consecución del triplete, pero que en enero, tras la derrota en Anoeta, pintaba dramático. Soler y Masferrer le recomendaron entonces anticipar las elecciones a final de temporada para rebajar la presión insoportable: si había suerte y al equipo le iba bien, las ganaría. Si todo era un desastre, igualmente tendría que marcharse, pero como mínimo habría conseguido vivir más tranquilo los meses que le quedaban.
Lo que hicieron para desencallar la temporada fue desautorizar al entrenador, darle la razón y el poder a Messi y echar a Zubizarreta. Y así crearon la actual dinámica del club: el dinero y el poder para los jugadores, el entrenador convertido en un empleado más (y así las cosas lo más probable es que ésta sea la última temporada de Luis Enrique en el Barça) y la abolición de cualquier estructura técnica que pueda matizar la primacía de la plantilla. El Barça ya no tiene a un referente futbolístico de indiscutible autoridad que cuente con el respeto de los jugadores y que asesore a Bartomeu como Cruyff hacía con Laporta. Robert Fernández es otro buen empleado, pero no una institución del barcelonismo, y no es que no se le pueda comparar con Cruyff, sino que no resiste la comparación con Txiki Beguiristain ni siquiera con Zubizarreta.
«Messi somos todos»
Todo en el Barcelona depende de satisfacer a los jugadores del modo más infantil y primario, y a veces demencial, renunciando a cualquier principio -y ya no digamos dignidad- institucional. Albert Roura, el último director de comunicación del club (cinco desde 2010), se opuso frontalmente a la campaña «Messi somos todos», por considerarla insultante con los millones de ciudadanos que pagan al día sus impuestos. Soler y Masferrer, con el único objetivo de congraciarse con el argentino, se saltaron a Roura y lanzaron el lema sin el menor escrúpulo. Y al cabo de unos meses Roura dijo «¡basta!» cuando los dos presidentes en la sombra decidieron anunciar que los jugadores sólo darían entrevistas a los medios del propio club, anuncio del que se tuvieron que retractar cuatro horas más tarde de haberse producido.

El directivo Pere Gratacós fue destituido por señalar la obviedad de que Messi brilla más de lo que brillaría si no estuviera rodeado de sus magníficos compañeros en el Barça -como queda demostrado con el pobre rendimiento del mejor jugador del mundo con Argentina-, igualmente una decisión de Soler y con el mismo propósito de demostrarle a Messi «quién te quiere».
Mientras los resultados acompañen, la inercia disimulará la precariedad. Pero la estructura del club es hoy de papel de fumar, sin ninguna capacidad ni técnica ni intelectual para resolver problemas que requieran respuestas algo más elaboradas que comprarle a Messi otra piruleta.

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