Otro gintónic

Publicado por el nov23, 2016

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Uno tiene que saber siempre que lo mejor que puede hacer tras pedir un gintónic es pedir otro. Lo que nuestras mujeres no entienden del gintónic es la felicidad, y sólo ven copas vacías y cómo se nos acorta la vida.

No es que piense que el gintónic sea sano, pero pocas bebidas se han inventado que acompañen tan bien casi cualquier momento del día.

Ayer en Copenhaguen, donde a partir de las 4 de la tarde es negra noche, y densa la oscuridad, mis amigos y yo nos hicimos con el majestuoso bar del Hotel d’Angleterre, y pedimos varios centenares de gintónics aprovechando que las muy controladas dosis alcohólicas de los países nórdicos remiten más al agua que en la euforia.

Fluye la amistad entre el hielo y la ginebra, se asientan los espíritus, se elevan los corazones. La gran alegría de vivir tiene un toque de Tanqueray en los labios. Tal vez bebiendo gintónics vivamos menos, o tal vez se nos haga menos largo.

Por mucho que he buscado y pensado, no he encontrado ninguna manera más expectante y sensacional de concretar la euforia que ordenando otra ronda de gintónics. No sabemos el tiempo que nos queda por vivir, pero podemos celebrar cada día como el fabuloso inmerecido gran premio que es, y tratar de retener su esencia feliz para que sea lo que de nosotros quede.

Vivir es borrar las huellas del pecado original y debemos algo a cambio de la luz que nos ha traído hasta aquí. Aunque a veces cueste de entender, no sólo no es tan difícil estar contento, sino que es nuestro más fundamental deber.

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