La Juani

Publicado por el nov13, 2016

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Joana Ortega era la vicepresidenta de Artur Mas cuando éste decidió vacilar al Estado con aquella patochada del 9 de noviembre, con la que de un lado quería parecer un héroe para enredar a Esquerra y la CUP, y del otro creía que se escabulliría de la zarpa del Estado, por la vía de no desafiarle realmente, aunque pudiera parecerlo.

La señora Ortega será ahora juzgada y muy probablemente inhabilitada por aquella pantomima, porque los Estados suelen llevar mal que subalternos provincianos jueguen a tomarles el pelo creyéndose los más listos de la clase.

Ante tales expectativas, la Juani -que es tal como le llaman los que todavía se toman en serio la política catalana- ha dicho que está “dolida” porque el juicio al que tendrá que someterse “en ocho o diez meses” podría quitarle “derechos fundamentales” como el de presentarse a un cargo público. “Me gustaría ser yo la que decida, de una forma libre y personal, cuándo dejo la política”, aseguraba ayer en una entrevista con LaVanguardia.com, en la que, además, explicaba que su gran “sueño” era ser “alcaldesa de Barcelona” y que ahora tiene difícil cumplirlo.

Esto de la Juani es el resumen perfecto de la absoluta mentira del “procesismo” catalán, a no confundir de ninguna manera con la idea, perfectamente válida y legítima, de la independencia de Cataluña.

Joana Ortega no es ni ha sido nunca nada. Duran i Lleida le dio un cierto protagonismo en Unió por ser cuota femenina y obediente, y la propuso de vicepresidenta de Mas, para poder él seguir “transaccionando” en Madrid, mientras la Juani le tenía el pisito local a su gusto. Eran tan una don nadie, la señora Ortega, que hasta tuvo que inventarse el currículo, y posteriormente rectificarlo, tras meses de sostenella y no enmendalla, minitiendo a propósito y sin escrúpulo, y haciendo el ridículo.

Acostumbrada a obedecer, obedeció también a Mas y tonteó con la ilegalidad el 9 de noviembre, de modo que no han sido ni serán los tribunales quienes marquen la senda de su destino, sino sus propias y consabidas actuaciones, y no podrá decir sin mentir que el Gobierno no la advirtiera, una y mil veces, del terreno resbaladizo que iba a pisar.

Y como colmo del delirio está este repentino sueño que dice que tiene de ser alcaldesa de Barcelona. Yo sus sueños no puedo negarlos. Pero decir que los tribunales van a privarla de realizarlo -”España nos roba”, once again- es mentir o certificar que vive completamente fuera de la realidad.

En ninguna encuesta, ni ningún debate, ni ninguna reunión estratégica de ningún partido, se ha mencionado el nombre de la señora Ortega como candidata, ni siquiera como aspirante a candidata a la alcaldía de Barcelona. Y no por culpa de ningún tribunal, ni de que sea mujer, ni de ninguna España que nos sustraiga o nos deba nada, sino porque sus únicos méritos políticos o intelectuales tuvo la Juani que inventárselos, en su currículo y en su trayectoria política, que sólo ha tenido recorrido por su cuota femenina y por su sumiso obedecer.

La de la Juani es la más reciente construcción fantasmagórica del soberanismo catalán, pero ni de largo la más abrumadora. El mantra de que la Unión Europea no tendrá más remedio que reconocer e integrar a una hipotética Cataluña independiente, en nombre de la “realpolitik”, es otra ensoñación parecida a la del falso currículo de la Juani, tal como su sueño de ser alcaldesa de Barcelona se parece, en las probabilidades que tiene de volverse realidad, a la fantasía de que Cataluña consiga su independencia sin una guerra por la independencia, muy en contra de la “revolución de las sonrisas” en que basa su propaganda; o de aquel documento, todavía más estúpido, titulado “Cataluña paz y tregua”, firmado por las principales pitufinas del soberanismo y que viene a decir que el eventual Estado catalán será tan culto, justo e inteligente, que para nada le hará falta un ejército.

Que la Juani sueñe con ser alcaldesa de Barcelona indica hasta qué punto estos años de jolgorio independentista han hecho perder a muchos la más elemental conciencia de sus limitaciones. En este grotesco contexto, culpar de todo a España se ha vuelto la forma más cómoda de no mirarse al espejo.

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