La infinita mezquindad de David Muñoz

Publicado por el sep22, 2016

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Mi querido amigo Jaume Arnau acudió el lunes, contra mi expreso consejo, a ese bodrio llamado Sreetxo y perpetrado por David Muñoz, uno de los más clamorosos fraudes de la cocina creativa, sólo comparable a las Hermanas Catafalco de Gerona. Que la guía Michelin dé 3 estrellas al Celler de Can Roca y a Diverxo es la prueba más evidente de con cuánto cinismo y mala leche intenta proteger los intereses de los chefs franceses.

Mi amigo tuvo, tal como era de esperar, una de las experiencias gastronómicas -por llamarlo de alguna manera- más desagradables y nefastas de su vida. Música de after, camareros tatuados y agujereados como si fueran camellos, ruido infernal, humos que te dejaban la ropa más que para lavarla, para darla a Cáritas. Y unos platos infames: desde una fideuá quemada, hasta unas truculentas croquetas de aspecto tan lamentable como su sabor.

Cuando no hay talento, sólo queda la miseria. El ruido, los tatuajes, la farsa. Como la piel que cae toda de golpe en las mujeres que se han retocado demasiado, la comedia de David Muñoz va quedando en evidencia de un modo más dramático en cada cosa que hace. Caerá como una falda que ya no está de moda, de la cintura más sexy al frío suelo.

Mi amigo Jaume dedica su vida a tomar aviones para ir a comer a los mejores restaurantes del mundo. Vull dir que estamos acostumbrados a ver de todo. Después de El Bulli, cuesta que por arriba nos sorprendan -Ángel León lo ha logrado- pero también hemos asistido a las más asombrosas calamidades, de modo que cuando me aseguró que había tenido en Streetxo la experiencia de mayor repugnancia del año, entendí que tuvo que ser un momento traumático.

Pero lo más grave, por imposible que parezca, no fue el horror de Streetxo, sino, una vez más, la indigencia moral de su propietario. Al salir del antro, publicó Jaume las fotos de los tremendos platos y unas consideraciones sobre ellos con las mismas expresiones con que me relató su espanto. Tomó el avión de regreso a Barcelona, y al aterrizar se encontró con la llamada del amigo con que había ido a comer, cliente habitual de la casa, diciéndole que David Muñoz, que estaba en Londres, quería llamarle. Y le llamó para pedirle explicaciones, amenazándole con despedir al camarero que les había atendido si no retiraba los tuits. También el camarero llamó a Jaume, suplicando que le ayudara a conservar su puesto de trabajo. Al final mi amigo, que es un trozo de pan, accedió a la demanda.

Usar el puesto de trabajo de uno de tus empleados para silenciar una mala crítica es incluso más bajo que la cocina de Diverxo. Una persona capaz de comportarse de este modo merece el rechazo social y que nadie acuda a su restaurante. Hasta a mí me vinieron ganas de cantar La Internacional. Además, si esto es lo que Muñoz hace con los vivos, que pueden defenderse, no quiero ni pensar lo que le hará a los pobres productos, cautivos y desarmados.

Las malas críticas, los desprecios y las incomprensiones forman parte tu vida si te dedicas a trabajar de cara al público, y no aceptarlo es inmaduro y estúpido. Usar encima escudos humanos para intentar censurar las libres opiniones de tus clientes es de una mezquindad intolerable.

El problema de David Muñoz es que todo en él es mentira. Su talento es mentira, su creatividad es mentira, su cocina es mentira, y cree que por disfrazarse de mona de feria va a parecer moderno, cuando lo que parece es precisamente eso, una mona de feria ridícula y descentrada, sin ninguna capacidad ni artística, ni culinaria ni moral para nada más que para servir de carnaza a la guía Michelin, en su propósito de hundir a la cocina española.

David Muñoz es una triste pantomima. En nuestro país nadie le ha desenmascarado porque tenemos una crítica gastronómica inculta y corrupta que no sabe nada más que obviedades -¡los callos!-; y así hemos encumbrado a un macarra de suburbio y a unas hermanas afectadas de provincia sin el menor rubor y sin el menor criterio.

Diverxo es un tren de la bruja y Sreetxo es como ir a cenar a casa de la bruja, con su música demencial, su fideuá quemada, su sórdida croqueta y sus tatuajes. Y encima imagínate que, cuando muerto del asco te marchas, te llama la bruja llorando para pedirte que no lo cuentes, porque el dueño de la atracción la ha amenazado con dejarla sin trabajo.

Tan, tan, tan ruin, creo que no había visto nada como lo de este pájaro. O bueno, casi nada. Si se conocieran, estoy seguro de que harían migas con Pedro Sánchez.

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