No hace ni un año que me echaron de El Mundo

Publicado por el May16, 2016

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No hace ni un año que me echaron de El Mundo y que ABC me acogió en su magnífica casa. Todo ha pasado tan rápido que parece que he estado soñando.

El Mundo fue, bajo el liderazgo de Pedrojota, uno de los periódicos con más vigor y notoriedad de Europa; se metía en todos los problemas, no renunciaba a ninguna batalla, e incluso sus detractores, y sus enemigos, no tenían más remedio que admitir que eran ciudadanos más libres gracias a lo que a través de aquel periódico que fue pudieron llegar a saber.

El Mundo fue un periódico valiente, combativo, que avanzaba como un puño ansioso entre el tráfico diario, y el talento era la única divisa. “Cualquier persona que escriba realmente bien en España”, me dijo Pedrojota, cuando le conocí, en El Bulli, “tendría que tener una oferta de El Mundo”.

Dentro de 20 días se cumplirá el primer aniversario de mi primer artículo en ABC, y El Mundo está hoy más cerca de su desaparición que de hallar cualquier opción razonable de futuro. Sólo podría salvarle que Pedrojota lo recomprara, lo que es posible pero muy poco probable -aunque con él nunca se sabe-; de modo que lo mejor que podría ocurrirle a mi experiódico es admitir que llevan perdiendo el tiempo desde hace más de dos años.

Hace falta poco, y en nuestra todavía menos, para que se pudra lo que alguna vez fue fructífero. La libertad es un ejercicio diario. La calidad requiere una dificilísima mezcla de atrevimiento y de prudencia, de buen gusto y de un inconformismo que te obliga a cuestionar lo que tanto te ha costado conseguir desde el mismo instante en que empiezas a saborearlo. La calidad, si no avanza, retrocede. Es exasperante.

Y en cambio el populismo es la gran tentación de nuestro tiempo, el gran facilismo: ceder a la pulsión más estomacal, más baja, sentirse seguro en el cobijo del aplauso idiota, y en tiempos de zozobra, dejarse llevar por la corriente, aunque sea la corriente de aguas truculentas. Pero cuando la inteligencia palidece y la demagogia sustituye al reto, bastan sólo semanas, quizá meses, para que se vuelva yerma la tierra que fue fértil.

El Mundo empezó a morir cuando quiso hacer lo fácil, cuando le dio pereza meterse en problemas, cuando creyó que sin rugosidades podría disfrutar mejor del viaje, sin comprender que precisamente las rugosidades son siempre el viaje. ¿Creen que me alegro? No. ¿Creen que disfruto con la venganza? Por muchos rencores que quisiera acumular -que les aseguro que no es el caso- serían insignificantes al lado de los amigos que de mis años allí conservo, y que me duele verles sufrir en la angustia de lo que se tambalea. ¿Cómo podría alegrarme del derrumbe de la que durante cinco años y medio fue mi casa, y en dónde tanto quise y aprendí? Nació mi hija durante aquellos años, ¿cómo podría odiarlos?

El Mundo firmó su sentencia de muerte el día que su actual director -el que sólo llegar me echó, en una de las pocas decisiones, por no decir la única, que ha tomado- entregó el periódico al populismo más ramplón, a la debilidad intelectual de los sectarios, de los que pretenden con su lloriqueo estéril sustituir las ideas que no tienen, así como su trágica falta de imaginación; personas con más problemas que talento, con más frustración que esperanza y que siempre vieron su página en blanco como una escapatoria a su bloqueo interior, mucho más que como el espejo que todo periódico tiene que ser de sus lectores.

Lo tuvimos todo: la calidad y el prestigio, las noticias y la opinión, el pulso del mejor periodismo y el instinto de la grandeza. Y todo cayó lo más bajo que podía caer cuando los que a pesar de haber coleccionado, a lo largo de su vida, no más que fracasos, continuaron creyéndose más listos que nadie con sus recetas del fracaso. Ahora dirán que ellos no fueron, y tratarán de quitarse el muerto de encima. Pero ellos son el cadáver, y ellos han arrastrado hacia la muerte lo que más vivo estaba. ¿Les han escuchado disculparse? ¿Les han escuchado decir que lo sienten, o expresar algún remordimiento ante la evidencia de su fracaso? ¿Les han ni siquiera notado alguna ternura, alguna humanidad, alguna compasión con sus compañeros a los han condenado a la incertidumbre, en el mejor de los casos, y muy probablemente al paro? Nada. ¡Y encima organizan huelgas, como si los culpables no fueran ellos, como si no fuera su abrasiva limitación mental e intelectual, y su gran mediocridad personal y profesional lo que ha causado este estrepitoso fracaso! Son el gran bucle de la muerte.

Si esto le ha ocurrido a El Mundo, ¿pueden por un instante imaginar lo que podría ocurrirle a España si cayera en manos del populismo? España que como país está lejos de tener la fortaleza que El Mundo tenía como periódico; España que, a pesar de los notables progresos de los últimos años, está todavía recuperándose de las terribles heridas de los años irresponsables de Zapatero. España en manos de Podemos, con sus recetas equivocadas y totalitarias, ¿cuántos meses duraría? ¿Cuántas semanas? ¿En qué exilio remoto y asustado tendríamos que celebrar el aniversario de la libertad que perdimos por no cuidarla, por no asumir la dificultad y el peligro de defenderla cuando más titiritaba?

No estamos a salvo. Nadie está a salvo. No hay país ni persona ni periódico que no pueda ser destruido en menos de un año, en meses o en semanas, si no cuida la calidad de su trabajo, el sentido de su mundo, y los márgenes de la libertad como si fuera su rebaño. Porque no sólo los que llevan a cabo su dinámica diabólica son culpables: también, y sobre todo, los que les dieron el mando. Companys armó a la FAI durante la República, y él probablemente diría que no mató a nadie.

No podremos nunca más decir que somos inocentes si tomamos las decisiones equivocadas. No podemos considerarnos sólo espectadores cuando la decisión la tomamos nosotros. Nosotros decidimos, nosotros somos los responsables, e incluso los culpables, por mucho que luego nos disguste el resultado.

No hay estructura suficientemente sólida que pueda resistir la terrible destrucción moral del populismo. La mentira del populismo. El tremendo error del populismo. La estéril arrogancia del populismo que nada aprende de la realidad e insiste en su gobierno de desahuciados y difuntos. El gran cinismo del populismo que nunca pide perdón por la miseria que causa, y que se justifica como una carraca en la culpa ajena, y que cuando acaba de destruir un país busca otro que funcione para depararle el mismo destino.

El Mundo lo era todo con Pedrojota e incluso con Casimiro. Pero poco a poco lo fueron tomando los tarados del resentimiento, los apologetas del error, los que que con su arrogancia y su ignorancia fueron poco a poco demoliendo uno de los periódicos más libres que jamás haya existido, hasta reducirlo a sus límites mentales. 

Recuerdo que mi último jefe de la sección de Política me decía que tenía miedo de que mis artículos marcaran más la línea editorial de la sección que sus absurdas ideas socialistas; e intentaba que yo escribiera lo mínimo posible. Bien. Hoy es evidente que si yo hubiera escrito más y él hubiera pensado menos, España sería más libre y él conservaría el puesto de trabajo que pronto perderá cuando El Mundo se convierta, en parte gracias a él, en este tan inevitable como tristísimo “cerrado por derribo. ¿Creen que va a disculparse? El otro día hablé con él y todavía quería tener razón. ¿Se disculpó Zapatero por el panorama desolador que nos dejó? ¿Creen que se disculparía Pablo Iglesias cuando nos arruinara? ¿Se ha disculpado Maduro? No: ha dado un golpe de Estado.

El Mundo ya no está tiempo de prácticamente nada, y para creer que puede todavía salvarse, hay que creer en los milagros. Yo, por cierto, creo en los milagros. Pero mientras no se produzcan, me duele por mis amigos que van a sufrir, me duele por mis cinco años y medio, me duele por el talento derrumbado, y me duele, sobre todo, porque no aprendemos, porque estamos tan acostumbrados a arremeter contra lo desconocido, contra lo que no comprendemos, contra los genios que se tiemblan, a los que nos resulta más fácil insultar que tratar de comprender su misterio; que hemos desarrollado una letal tolerancia con la mediocridad, con la vulgaridad, con lo que siempre fracasó e insiste en reivindicarse: una comprensión que, si no reaccionamos, acabará con nosotros. 

Y cuando llegué la desolación, no esperen que alguien venga a pedirles perdón, ni a repararles el inmenso daño. Más bien esperen que encima les insulten, más bien esperen, como si no tuvieran bastante, un golpe de Estado
El Mundo está perdido pero España tiene todavía la oportunidad de salvarse si somos capaces de defender con la mínima inteligencia nuestros intereses. ¿Es perfecto Rajoy? Tampoco lo era Pedrojota. Pero los dos eran mucho mejores que lo que vino o podría venir luego; y por mucho que se desprecien, eso lo tienen en común, y es decepcionante que, el uno del otro, no sean capaces de aceptarlo. La perfección no existe fuera de Dios -y de Arcadi-, pero no hay que ser un genio para entender quién puede manejar mejor lo que tenemos en juego.

Los que más me odiaban en El Mundo, y los que más recelaban de lo que yo escribía, por tratar de preservar su estúpida línea editorial socialista, tienen algo fundamental en común con los indignados de Podemos. Y ese algo es la bancarrota, la miseria y la defunción que han provocado los populistas de El Mundo cuando tomaron el control y me echaron; que es el mismo desenlace que hallaría España si se pusiera en manos de Podemos.

Si los indignados fueran listos, votarían a Rajoy para poder continuar viviendo del cuento de la queja. Si los populistas de El Mundo hubieran sido ni que sólo fuera un poco audaces, nos habrían dado todo el protagonismo a los buenos para que el negocio hubiera continuado dando para subvencionar sus lloriqueos indignos y su narcisismo socialista, valga la redundancia.

Pero no hay nada que hacer cuando tienes que coser con estos tejidos. Como me dijo mi abuela un día que me quejé de que la criada había hecho algo que no tenía ningún sentido: “Salvador, si fuera inteligente como tú, no sería del servicio”.

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