Deconstructing Mariano

Publicado por el Mar9, 2016

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El marianismo es heroico y muchas veces estamos solos. Mariano Rajoy ha sido un buen gobernante, ha tenido la paciencia de confiar en sus reformas y de resistir frente el caos. Nos ha ahorrado el rescate que toda la oposición le reclamaba, y ha desesperado a sus enemigos, sobre todo a los independentistas, que creían que ya habían ganado y hoy andan sin rumbo cierto y hechos un lío.

Pero en ocasiones -tal vez demasiadas ocasiones- ha pecado por defecto, y ha dejado a los suyos sin otro argumento que el mal menor, sin otra escapatoria que la de hacer de la necesidad virtud. El marianismo ha sido una nostalgia tan eminente, en el contexto de una mayoría tan absoluta, que no es del todo injusto que se le haya reprochado dejadez, e incluso cobardía.

En el gobierno de Mariano Rajoy la derecha ha parecido una chochez de viejas que disecan el gato cuando se les muere. Se ha dedicado a tapar agujeros, como dicen que harán los que les toca el Gordo de Navidad. Los valores del centro derecha, que son los valores del mundo civilizado, han sido pisoteados por una izquierda absurda y radicalizada, pero siempre con la complicidad de un Gobierno que los ha asumido de modo vergonzante, o simplemente ha mirado hacia otra parte. Ha renunciado a nuestra superioridad intelectual y ha permitido que el debate público se instalara en las fraudulentas premisas del populismo; ha prescindido de la idea de excelencia, de la calidad, y ha interiorizado el elitismo como un insulto cuando tendría que ser el único horizonte de su autoexigencia. Ha desaprovechado una mayoría aplastante para impulsar una Ley de Educación que no condene a nuestros hijos a ser unos analfabetos, y unos burros; y el Estado es hoy el mismo mamotreto que heredamos del socialismo, y del franquismo, con un funcionariado blindado y por lo tanto mediocre, como todo aquel que no tiene que espabilar urgido por la competencia y por el mercado.

Wert fue un ministro pésimo y al final de su nefasta etapa tuvo un premio que fue una burla al conjunto de la ciudadanía. El lenguaraz Margallo, torpe con Israel y de una condescendencia insufrible con Palestina, degradó la diplomacia española aceptando un debate televisado entre iguales con el presidente de un partido regional que basa su discurso en la idea de que si España no le concede la independencia a Cataluña, el Parlament la va igualmente a proclamar.

Además, bajo la presidencia de Mariano Rajoy, al Partido Popular le han fallado los mecanismos de vigilancia sobre la corrupción, y aunque ningún partido, y menos el socialista, están en disposición de dar lecciones, es evidente que el PP habría podido haber hecho más por mantener limpia su casa.

Pese a todo, pienso que las virtudes de este presidente son más relevantes que sus defectos, y la recuperación económica y su fundamental aseo pesan más en mi juicio que las mencionadas lacras. De modo que le voté en diciembre, y en caso de repetición electoral volvería a votarle; aunque sólo sea porque si bien somos todos mejorables, y también el presidente, en comparación con sus rivales la distancia es tan extraordinaria, que cualquier comparación fenece en los nexos.

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