Nadie más la llevará

Publicado por el Feb24, 2016

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Me llama un querido amigo de mi misma edad pidiéndome que le ayude a encontrar mesa en Disfrutar porque quiere invitar a su joven novia a cenar.

Disfrutar es el restaurante en Barcelona de los tres exjefes de cocina -Castro, Xatruch y Casañas- de Ferran Adrià en El Bulli. Le pregunto si está seguro de la elección del restaurante, y si no cree que la chica se sentirá sobrepasada. Le propongo alternativas pero enseguida me corta con una respuesta antológica, por exacta. “No, no, al Disfrutar. Nadie más la llevará”.

Escribimos el libro de memorias de nuestras novias. No somos atletas, ni amantes esforzados, y podríamos parar un tren con el montón de cosas en las que dejamos mucho que desear. Pero sabemos hacer de nuestras vidas algo expectante, y ellas pueden vivir lo que nunca se habrían ni imaginado si no hubieran estado con nosotros. Somos la víspera de todo, y somos tan generosos que nuestros regalos son para siempre y no nos importa que pasado el tiempo, y el amor, con otros hombres puedan aprovecharlos. Porque no me refiero sólo los restaurantes, ni siquiera principalmente. El gran tesoro con que desde siempre hemos ofrendado a nuestras novias es enseñarles a esperar más de la vida, mucho más; les hemos enseñado a ordeñar las ubres de la eternidad. No siempre puede salirnos todo bien, pero de la vida hay que esperarlo todo. Y saber qué es todo, y poder enumerarlo, y aceptar como si iguales lo esperado y lo vivido. Es una cuestión de actitud, de fe y de gracia. Es una cuestión de luz.

Luego nadie más les vuelve a hablar de ello, y se amontona, casi olvidada, la expectativa que les inoculamos, en su cajita de las emociones que para siempre nos acompañan hasta que llega la hora de recapitular.

El único hombre en Barcelona que podría llevar a esta jovencita de vuelta a Disfrutar, no va a hacerlo porque soy yo, y espero morirme felizmente casado. Cuando mi querido amigo me ha dicho “nadie la llevará” he imaginado cómo será la vida de esta chica si un día va con otros hombres. Motos, etcétera.

Unos por falta de dinero, otros por falta de talento, y la mayoría porque vivirán y morirán rodeados de no más que obviedades, y de puentes de la Purísima en Praga; la pobre chica, si no le va bien con mi amigo, acabará hasta tomando cerveza y viendo partidos de fútbol.

Escribimos el libro de memorias de nuestras novias. Con todas las explicaciones a pie de página. Un libro que cuando nosotros nos vamos nadie más se molesta en escribirles. Por eso verlas así tan jóvenes, y tan seguras del poder de su belleza, da esa nostalgia a medio camino entre la ternura y la beneficencia.

Mi amigo y yo somos bastante idiotas, pero la vida sin nosotros es tan vulgar, y tan aburrida, tan de pack de refresco y palomitas, que entiendo que estas chicas acaben odiándonos cuando las dejamos o nos dejan, porque es sin duda más llevadero odiarnos que tener que reconocer todo lo que perdieron. Son como la izquierda, que se enfada con nosotros porque no sabe resolver sus problemas.

Son argumentos que pueden parecer arrogante, porque no siempre pueden evitarse los efectos secundarios de la verdad. Pero no hay arrogancia ni pavoneo. Con total humildad afirmo que la mayoría de chicos de nuestro tiempo no tienen nada que explicar, ni aman con tesoro, ni esperan de la vida más de lo que puedan encontrar en un supermercado o en un estadio.

“Nadie más la llevará”. Ni sabrá explicarle el detalle de cada importancia, ni poner en relación una idea con la otra para que entienda que son una cosa y lo mismo la libertad y el amor. Hemos venido al mundo a repartir alegría, a dar esperanza, a alisar la metáfora de la felicidad. Todo lo que hacemos, decimos, escribimos, cantamos o compramos; todos nuestros excesos y todas nuestras carcajadas, y todos los cuentos que tan bien sabemos contar, tienen el propósito último y brillante de agradarte, de hacerte temblar con el mundo porque somos sustancia lírica, tensión espiritual, concepto; y rozamos las estrellas cuando estiramos los dedos.

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