Chelsea boots

Publicado por el Feb22, 2016

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Yo creo que todo es culpa de que hasta ahora he llevado calzado cómodo. Esas pieles blandengues de los zapatos italianos, esa piel que viene rendida de fábrica, mucho antes de que tu pie le dé forma con el uso y las moquetas de los grandes restaurantes. Yo creo que todo es culpa de la comodidad, ese gran malentendido socialdemócrata. Esa comodidad que lleva al main stream, a la corrección política, al promedio que todo lo banaliza; y a ese modo que tiene la turba de volverse totalitaria, cómodamente instalada en su estéril pantomima de la nada.

Yo creo que la culpa de todo la tengo yo por haber preferido el calzado cómodo durante estos años. Hasta que ayer reaccioné y me vi ridículo en mi propósito de viajar a Londres con un calzado que sobre todo no me hiciera daño. Así cayó Roma y nosotros fuimos los bárbaros, los comodones que dejamos de proteger las difíciles e ingratas categorías fuertes hasta que más que perder contra los brutos, nos confundimos con ellos por nuestra falta de exigencia y de rigor; abandonados a nuestra comodidad que desvanece la intención de Dios y asola sus propósitos.

De modo que me dije “basta” y acudí a The Outpost, la única zapatería -zapatería y algo más- de Barcelona. No hay que haber ido muchas veces para ver que es mejor no salir demasiado de tiendas como ésta. Hay espacios que cuando accedes te absorben de tal modo que más que mirarlos detenidamente, empiezas a imaginar cómo sería tu rutina si te instalaras en ellos: dónde escribirías, dónde recibirías, dónde despacharías los asuntos de menor importancia; y dejas para otro día, tal vez muy lejano, el escrutinio de cada rincón o la contemplación detallada de un mueble o de un estante, porque una idea general te involucra y te lleva, te mezcla con el ambiente y quieres tomar posesión de él, acompasándote con su ritmo interno, con el estado de ánimo que te infunde, y llevas media hora deambulando, habiendo olvidado completamente qué habías venido a comprar, moviéndote sin rumbo cierto, ante la mirada acostumbrada del dueño -¡empleados no, que luego nos sale carísimo despedirles!-, como si supiera dónde miran tus ojos cuando a los demás les parece que no miran a ninguna parte.

De regreso en la realidad, tras haber calculado las horas diarias de doméstica que para el cuidado de mi nuevo espacio me harían falta, y el tipo de tratamiento con que habría que preservar la moqueta, y si le estaría mejor el parfum d’ambiance de John Galiano para Dyptique, o el Gardenia la Nuit de Fréderic Malle, el dueño, muy pacientemente, escuchó lo que tenía que decirle.

“No es que esté gordo, es que lo soy. Tal como no es que sea de derechas, sino que la derecha soy yo. Y me causa por lo tanto toda clase de disgustos tener que empezar el día agachándome, porque entre mi barriga intolerable y la amenaza de la izquierda no puede ser el presagio de nada bueno doblegarse ni que sea para abrocharse los zapatos. Y una pequeña manía, que a usted tal vez le parezca ordinaria: me gusta el botín”.

Sin tener que ni pensarlo me mandó quitarme mis botines italianos, evitando educadamente expresar la opinión que le merecían, y enseguida compareció con unas Chelsea boots de Church’s, de piel inglesa y rígida, mucho menos amables que mi calzado habitual pero de una fría belleza irresistible.

Me las probé y enseguida noté el distinguido y leve dolor en el empeine del pie derecho al dar el paso. Un dolor muy inglés con el que mi vi ya paseando tranquilamente por Londres, sin tenerme que sentir culpable de nada, y con la noble incomodidad que da al mundo libre vigor y preponderancia, tensión para protegernos de los bárbaros y la íntima satisfacción de saber que ofrecemos nuestra heroica resistencia a que las cosas cambien y el orden caiga. Y esa calidad, esa calidad incuestionable con la que es populista hacer concesiones y que cuando intentamos regatearla desencadenamos un torrente de desgracias. Se lo dijo mi abuela a Carlos Martorell, hace algunos años, un día que se encontraron en el aeropuerto de Barcelona.

-¿Cómo estás, María?
-Qué quieres que te diga. Desde que Armani cerró, que no me acabo de encontrar bien.

Estar cómodo es degradante. No creas que te hace ningún bien. Buscar la comodidad es no buscar nada, y extraviarse. Los romanos estuvieron demasiado cómodos, como Europa ante Hitler y nosotros ahora que la extrema izquierda está a punto de llevarnos por delante. Si nos ponemos el listón tan bajo, al final no podremos ni verlo.

Hay que amar hasta que duela. Hay que buscar la bisectriz. Hay que vendimiar la frontera y usar el humor para decirlo todo absolutamente en serio; hay que militar en el incómodo gran placer de intentar estar a la altura de los dones y de la gracia, aunque sea al precio de que te organicen una huelga, un linchamiento o un escrache, todos cómodamente amontonados en sus pieles blandengues y deformes, sin rigor, sin dolor, sin esperanza.

Unos botines ingleses para todavía intentar salvarse.

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Si cae Israel, cae la libertad. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario.Más sobre «French 75»

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