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Publicado por el ene20, 2016

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La Generalitat se ha retirado de la acusación de los delincuentes callejeros de la extrema izquierda pero insiste en acusar a los violentos de extrema derecha que asaltaron la sede de Blanquerna en Madrid durante la Diada de hace un par de años.

Poner adjetivos a la violencia es legitimarla pero en cualquier caso la extrema derecha no constituye ninguna amenaza real para Cataluña y en cambio la extrema izquierda la está destruyendo, con su violencia física, con su modo de violentar las instituciones, y aprovechándose de la extrema insensatez del centro derecha, que en su empeño por no admitir que no le cuadran las cifras del independentismo, intenta hacer sumas imposibles, poniendo en peligro el orden, la convivencia y la creación de riqueza.

Hay que perseguir todas las violencias por igual, pero como los recursos no nos sobran hay que dar preferencia a las más dañinas. Y tanto en Cataluña como en el conjunto de España, es la extrema izquierda, y no la extrema derecha, quien en los últimos años ha protagonizado los mayores altercados, disturbios, escraches y desperfectos en el mobiliario urbano.

Más allá de estos casos concretos, lo que actuaciones como las de la Generalitat revelan, es que continúa existiendo un contexto justifcativo para la extrema izquierda y sus violencias, a las que se les concede una vergonzosa legitimidad de fondo. Los izquierdistas no reniegan del comunismo, y muchos todavía sostienen que “la idea era buena”, pero que falló la aplicación.

¿Qué buena idea? El igualitarismo es la idea más contraria a los intereses de la Humanidad y la madre de los grandes desastres que hemos conocido. Negar que Hitler era un socialista tendría que ser tan grave como el negacionismo del Holocausto. La apología del comunismo, y de sus siniestros derivados, tendría que ser tan duramente castigada como la apología del nazismo. Primero, porque es lo mismo. Segundo, porque no es sólo lo mismo: es peor.

La derecha hizo en España su transición a la democracia, y si bien es cierto quedan algunos reductos totalitarios, están en la marginalidad, cuando no el humor; y ningún líder político ni siquiera coquetea con esas ideas, que en nuestro país han quedado afortunadamente reducidas a poco más que a anécdotas folclóricas.

La izquierda tiene en cambio pendiente esta transición fundamental: y la agenda política de Zapatero fue guerracivilista como también lo será la de Pedro Sánchez si llega a presidente. Eso por no hablar de los sindicatos y de Podemos.

La Generalitat dejando de perseguir la violencia callejera de la extrema izquierda, para contentar a la CUP, es Companys armando a la FAI; y parece mentira que no hayamos aprendido lo mal que acabaron aquellos días, especialmente para Companys.

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