El niño de la playa

Publicado por el sep3, 2015

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Soy padre de una niña de la edad del niño ahogado. Mi consternación ha sido total al ver su cuerpo yaciendo en la playa. 

Pero no somos culpables de su destino trágico. Su cadáver no es el reflejo de nuestra vergüenza y hay un periodismo lacrimógeno, especializado en aprovecharse del dolor ajeno, que es un escarnio de cada una de estas muertes. Hoy es un día para estar orgullosos de nuestro progreso, de de nuestra libertad, y un día para comprometernos todavía más en la defensa de La Civilización porque a la vista de todos está lo que espera a los que viven en sus afueras.

El Occidente libre no es un lujo, ni un cinismo, ni algo que hayamos robado a los demás. Somos un esfuerzo de siglos, una verdad perseguida y crucificada, un deber que cada día cumplimos, un logro que cada día alcanzamos. El terrible retrato del niño ahogado nos tiene que hacer todavía más soldados de la libertad, del capitalismo, del valor sagrado de la propiedad privada; de todos y cada uno de los principios de La Civilización que hacen que nuestros hijos puedan crecer sanos, libres y seguros.

De nada sirven los estériles lamentos ante lo que ya no puede evitarse. Son cínicos e hipócritas algunos aspavientos. Pero podemos hacer algo para preservar lo que tenemos, que es mucho, en lugar de despreciarlo como si fuéramos impermeables al gran dolor del mundo. Podemos cuidar de nuestra libertad cumpliendo con nuestros deberes, podemos proteger nuestro bienestar trabajando con esmero, en lugar de tanto quejarnos; podemos rezar a Dios que es amor, y es libertad, y es el esfuerzo que cada día hacemos de salir a su encuentro.

La fotografía del niño ahogado en la playa es una enmienda a la totalidad a la carraca victimista, grotesco cáncer del excedente. Es el espejo donde tendrían que ir a mirarse los desalmados que dicen que no tenemos nada que perder, los apologetas -muy bien pagados, por cierto- de ese fin del mundo incendiario que sólo alcanza, y muy amargamente, a los que no pueden vivir en nuestras condiciones, que tanto demonizan los lloricas.

Somos el sueño de prosperidad de cualquier vecino, cercano o remotísimo. Somos la esperanza de cada viaje en busca de una vida mejor. Nuestra compasión no puede ser un inútil rasgarnos las vestiduras sino que debe consistir en fortalecer los cimientos de La Civilización, para no acabar sumando nuestra desgracia a la miseria y la muerte que siempre han causado las ideas derivadas de todas las formas de comunismo y de islamismo que hemos sufrido.

El niño ahogado tenía la misma edad de mi hija. Lo que ha matado al niño ha sido el islamismo, la dictadura y el socialismo. Lo que hace que mi hija crezca despreocupada y feliz es el capitalismo, Estados Unidos e Israel.

Y el resto de lamentos son gaviotas carroñeras y despiadadas meciéndose en las mismas olas que abandonaron al niño en la playa.

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