Gorria en el corazón

Publicado por el ago22, 2015

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Lo que más me gusta del verano es soñar otoños fríos y lluviosos, polución y asfalto y que por Dios sea oscuro al salir de comer de los restaurantes. 

Lo que más me gusta del verano es soñar otoños e inviernos, y las cartas más densas y jugosas de los grandes restaurantes. Gorria. Alubias rojas. Pimientos rellenos. Memorables calamares. Del mar el mero y de esta casa el cordero. ¡Cuánto deseo que vuelva el espíritu otoñal que nos predispone a las sobremesas longitudinales! Con este calor y todo el mundo de vacaciones, es tal el desánimo que hasta ha habido días que me parecía que me apetecía pedir una ensalada. 

Tiempo perdido el verano. Todo es estéril e insustancial, tan ligero que cualquier brisa se lo lleva, incómodo de una incomodidad que no construye nada. Manga corta miserable, ¿dónde crees que vas?

Fatigado y sin hambre, tomo decisiones equivocadas, me siento torpe y pesado, sin cashemir todo me parece brusco, molesto, desangelado.

Pienso mucho en Gorria, en el frío de la calle del paseo que me lleva a esta casa que es mi casa desde que a los diez años, por primera vez, mi abuela me llevara. Pienso mucho en Gorria, y en cómo el alma flota en una alegría que no parece de este mundo cuando llegan las chistorras y las morcillas, y el vino de don Juan. Pienso en las tardes que pasan lentas y conversadas cuando sólo quedamos nosotros en el restaurante. La amistad también es otoñal, como la trufa blanca. Horas que pasan y no pasan, los camareros que acaban el turno y los que acaban de empezar, la conversación como un barco que surca la noche y no va a ninguna parte, y su único destino es navegar.

Pienso mucho en Gorria, también en las cenas entre semana como un regalo con el que no contaba, en las carcajadas de los amigos que estamos tan contentos de estar juntos y en paz que cualquier detalle lo elevamos a ocurrencia sensacional y todo lo reímos, y todo lo celebramos y todo lo agradecemos como si nos estuviera siendo ofrecido de nuevo el mismísimo don de la vida y del amor.

Septiembre es un mes todavía frívolo, que juega al equívoco, como si todavía el verano pudiera retenerle, pero octubre llega con sus ocres de hojas muertas y es el instante afín en que todo resplandece, en que todo se eleva y cada encuentro por irrelevante que al principio pueda ser considerado, parece cuando avanza que va camino de convertirse en un suceso.

No sé cuántos otoños me quedan y puede que dentro de algunos años, cuando haya perdido todavía más fuerzas, y crezca el sentimiento de que la vida se me escapa, lamente el desdén con que desprecié los veranos. Pero mientras todavía me quede algo del chico inmortal de los 20 años, que todo lo apostaba como si nada importara, lo mejor del verano será soñar asfaltos como espejos, por la lluvia mezclada con los restos de gasolina, temperaturas por debajo de los diez grados, el viento frío en la cara, Gorria en el corazón y la amistad como el anticipo de la vida eterna que convierte en templos los grandes restaurantes.

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