Hay que entrar en Gràcia

Publicado por el ago21, 2015

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La primera tontería empezó en Gràcia y esta tontería ha sido la madre de todas las degradaciones. De esa tolerancia con lo vandálico, con lo sucio, con lo violento, y de esa manía de estar siempre la calle ha nacido el mal del relativismo, la rabia contra la Ley, la equiparación de la violencia terrorista con el legítimo uso de la fuerza por parte de la Policía.

Todas las categorías del mal resuenan como un eco en el barrio de Gràcia de Barcelona. Las más hórridas estéticas están todas allí minuciosamente representadas. Cae Occidente y La Civilización se disuelve entre ocupas y demás antisistema que sólo buscan destruir la convivencia, ellos que siempre están en disposición de darnos lecciones sobre cualquier asunto, ellos que han fracasado en todo lo que han intentado y han sepultado cada belleza que por sus manos ha pasado bajo toneladas de vulgaridad y mugre.
Las tonterías de Barcelona, que son unas cuantas, empezaron todas en Gràcia, todas en la tolerancia que durante décadas la autoridad ha tenido con estos delincuentes, por considerarlos un folklore, un localismo exótico.

Sin Gràcia y su estética, Ada Colau nunca habría llegado a alcaldesa. Sin el caldo de cultivo de Gràcia no habríamos llegado jamás a esta total y absoluta falta de respeto al orden, a la Ley y a la propiedad privada.

Hay que entrar en Gràcia. Hay que entrar con tanquetas que disparen agua enjabonada. Hay que rapar a ocupas y perroflautas. Hay que desparasitar, hay que desratizar, hay que reventar callejas y plazoletas y construir avenidas francas por las que todas las unidades del ejército puedan desfilar.

Hay que entrar en Gràcia, hay que volver a empezar. Que un toque de queda temprano reeduque a los vecinos en la vertebrada costumbre de hacer vida en su hogar. Que policías de paisano repriman a los que hacen sus necesidades en la calle, que cualquier desorden reciba una respuesta por quintuplicado de los cuerpos y fuerzas de seguridad, hasta que tanta rabia amaine, hasta que se extinga tanta tontería desparramada, y Barcelona pueda seguir siendo la ciudad extraordinaria que es sin tener que perder el tiempo con las perturbadoras ramificaciones que emanan de las tonterías de Gràcia.

Hay que entrar en Gràcia y predicar el valor sagrado de la vida. Y que un gigantesco bote de desodorante anuncie a los ocupas de tatoo y pírcing la llegada del reino de la espiga.

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