Entrevista a Miguel Ángel Alonso del Val. 2ª parte.

Entrevista a Miguel Ángel Alonso del Val. 2ª parte.

Publicado por el Dec 15, 2015

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Me interesaría plantearte, al hilo de esta respuesta y de lo que anteriormente hablábamos sobre determinadas coartadas que se pretenden imponer como argumento de razón, ese planteamiento que suele darse para validar al edificio icónico. Se justifica su valor diciendo que históricamente siempre existieron edificios de alguna forma entendibles como ‘icónicos’, monumentos y atractores en el entorno urbano.  Personalmente, sostengo que tal analogía es una coartada simplista y facilista. Es imposible apoyarse en ella, ya que debemos examinar la gestación y situación de cada edificio en su concreto contexto histórico.

Tener en mente esa posición es fundamental. En eso apoyo mi punto de vista sobre una arquitectura relacional.

Tomemos por ejemplo la época del Despotismo Ilustrado, en que una minoría de la población decidía las claves para una determinada arquitectura. No podemos invocar al Despotismo Ilustrado para colocar nuestro objeto y luego afirmar que estamos en una sociedad democrática. ¿En qué quedamos? ¿Estamos en una sociedad democrática y además en la del siglo XXI, que ya no es una sociedad democrática de masas sino abierta, multicultural? Si es así, hagamos una arquitectura adecuada para ella. Esto no equivale tampoco a decir que se deba hacer arquitectura asamblearia, algo que ya se hizo en los años 60 y que legó ejemplos interesantes en positivo y en negativo, sino plantear que el arquitecto debe redefinir su papel en esa sociedad en la que, seguramente, esa idea de lo monumental tendrá que ser reformulada y cambiada por otros conceptos. No porque las personas no necesiten monumentos sino porque los monumentos que esta sociedad precisa no pueden seguir basados en los referentes del siglo XVIII.

Al hacer ese tipo de extrapolaciones históricas como la que describías creo que se lleva a cabo un falseamiento de la historia.

Como digo, creo que las relaciones sociales que se dan en el siglo XXI son mucho más abiertas. La arquitectura debe plantear un relato que refleje esta sociedad y esto quizá sí pueda conectarle a determinadas arquitecturas de la historia. Pienso en el futuro alejado del pasado reciente ya que seguramente, en ese salto, tiene mucho más que ver con el problema de la monumentalidad suscitado por la modernidad en determinados momentos, y que planteó una arquitectura monumental que también fracasó por los énfasis artísticos o artistizantes de muchos de sus autores, singularmente los de la segunda generación moderna.

Quizás en este momento tendremos que buscar bases mucho más comunes, más transversales… Aunque esto tampoco es algo tan nuevo.  En los años 40, con la crisis de la II Guerra Mundial, arquitectos como Alvar Aalto o Le Corbusier estaban reformulando sus discursos de la primera época en unas claves muchísimo más, digamos, humanas, orgánicas… En definitiva, buscaban como hoy una nueva escala muy distinta a la común en relación con los temas de la naturaleza, que ahora ya no es la de Alvar Aalto  puesto que todavía ésta aún no estaba tan seriamente amenazada. Hoy la sostenibilidad es una cuestión obligatoria y que debe ocuparse de temas como reformular la vida urbana en grandes concentraciones, pero no porque hablemos de las megalópolis asiáticas sino de nuestras propias ciudades medias, convertidas en grandes centros urbanos con un perímetro cada día más abandonado.

En síntesis: hay una gran cantidad de temas a resolver, y que podemos mirar desde la historia, pero sabiendo que nuestra solución debe ser diferente. Por eso, siento tanta pereza cuando hoy veo a tanta gente que emerge, y lo hace con un discurso ya conocido,  porque a poco que uno bucee en la historia se encuentra con él.

 

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Viviendas VPO en Buztintxuri, Pamplona (Navarra). Fotografía: Pedro Pegenaute

 

El problema no es recuperar cuestiones que ya otros plantearon en el pasado. El problema es querer afirmarse como innovador a través de ello, no reconociendo el mérito de ese planteamiento y su valor como fundamento a recuperar y revisar. En mi opinión, la honradez intelectual de admitir que se está tomando determinado trabajo pretérito como referencia serviría para otorgar más peso a ese trabajo que se propone para el presente. 

La obligación de la novedad constante, del invento constante…Esta veneración a ‘lo nuevo’ creo que no hace sino delatar el grado de ignorancia sobre la historia que existe en este momento.

En nuestra práctica profesional siempre hemos evitado muy conscientemente esa postura de obsesión por la novedad.

Yo aconsejaría hoy a todo el mundo como mecanismo lo que Berlage recomendaba a principios del siglo XX: construir con la precisión de lo habitual y la cercanía de la indiferencia técnica.  Creo que para poder ir hacia adelante y plantear ideas verdaderamente originales hoy deberíamos alejarnos de tanta superficialidad, atravesar un momento de silencio en la construcción hasta llegar a las fronteras de lo habitual y casi desaparecer. Es decir, desapropiarnos de esa especie de empacho formal y tender hacia un estado en el que la mano del arquitecto apenas se notara.

Ése sería un camino que creo que todos deberíamos recorrer para luego cada uno, en la medida de sus posibilidades, atreverse a dar ese salto. Es como decir: vamos a tratar de poner, de escribir con las palabras con las que lo hace la arquitectura –los edificios− aquello que es en estos momentos lo verdaderamente habitual, el día a día, lo normal de nuestra disciplina.  Porque lo otro es irreal.  Es virtual.

En tu texto hablas acerca del personalismo. De ese tipo de personaje que tiene que ver con una época de abundancia y que se transforma en la búsqueda de otros personajes, que procedan de otros enclaves. Y se genera una fascinación por el personaje aun ignorando cuál es su ideología, su obra… Quizá no sea imprescindible que un arquitecto se distinga por una actividad intelectual profunda, pero creo que la ideología es escrita, como tú dices,  por sus edificios.

Creo que eso es algo que, como tú mismo explicas, se hace patente en el momento en que las revistas de arquitectura comienzan a ilustrarse con retratos de los arquitectos.  Eso marca el cambio de paradigma que lleva finalmente hacia esa orientación.

No sé si Louis Kahn, que no era alguien particularmente fotogénico, hubiera sido portada de Icon. Vemos el caso de Herzog & de Meuron, donde la fotogenia de Herzog le hace aparecer siempre como referencia del equipo.

Soy, sin embargo, confiado.  Percibo una sensación de hartazgo inconsciente, porque es verdad que las nuevas generaciones aún no saben verbalizar aquello que no les resulta atractivo.  Y confío en esta actitud, que palpo en mi relación con los alumnos en la escuela y a través de la que constato que esas generaciones más jóvenes ya no están interesadas en ese tipo de visiones, pese a que esas visiones sigan estando muy presentes y contaminándolo todo. Pero creo que la percepción, después de esa época de abundancia,  es que no van a disponer fácilmente de las posibilidades para ser un arquitecto estrella.  Ni que uno tampoco va a poder ser el arquitecto estrella de un pequeño pueblo.

Es verdad que, por otro lado y como tú avisas en muchos artículos, el mundo mediático tiene el grave peligro de sustituir unos fenómenos por otros.  Pero entiendo que en todos estos fenómenos de cambio que estamos viviendo, la dificultad –incluso desde el punto de vista del mestizaje− de lanzar un discurso que en el fondo sea unitario nos tiene que aproximar a los problemas reales.

La vuelta a la realidad es la única tabla de salvación que tenemos.

No digo trabajar de una manera anónima porque la arquitectura no es una cuestión de anonimato sino de una reducción de mecanismos expresivos, de hacer visible la construcción y trabajar con los medios propios de la disciplina. Ahí se abre un camino sin duda interesante.

 

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Ericsson-Labein BTC en Derio (Bizkaia). Fotografía: Hisao Suzuki

 

¿Y cómo manejar esa dualidad entre un mundo globalizado pero con conceptos locales, para no intentar universalizar soluciones?

Yo distinguiría entre universal y global.  El problema es la globalización de las soluciones.  Tengo mucho respeto por el concepto de lo universal, porque los universales son aquellas cuestiones que como seres humanos nos permiten dar claves similares a todos y establecer unas bases comunes de dignidad. También en el mundo de la arquitectura debiéramos poder ser capaces, a comienzos del siglo XXI, de establecer unos determinados principios universales. Sea la sostenibilidad, economía de medios… no sé cuáles, pero deberíamos poder ser capaces de establecer algunos.

Eso es algo muy distinto a la globalización, que es una mercantilización de los principios.  Es lo mismo que le sucedió a la modernidad con el internacionalismo.

Debería tratarse de disponer de una capacidad de trabajo universal y, sin embargo, localizado.  Está claro que, afortunadamente, la arquitectura está vinculada a una determinada realidad y que da respuesta a una determinada realidad.  Está localizado por el hecho de que hay un ser que le confiere escala, el ser humano y sus sentidos y concretas capacidades de percepción, y que está también localizado por una historia y presencia que toda obra de arquitectura ayuda a construir: destruyendo y construyendo al mismo tiempo, desaparece una realidad preexistente y aparece una nueva realidad que será parte de una continuidad cultural en la medida en que también sea capaz de incorporar esos restos; creo que Álvaro Siza expresaba muy bien esta idea en uno de sus escritos.

Creo que centrarse exclusivamente en lo local tampoco sirve si no tiene tras de sí ese pensamiento sobre lo universal.  Hay que trascender el aquí y el ahora.

Al mismo tiempo, no se comprende que alguien pueda trabajar en lugares que no ha pisado, que no ha sentido. Es fundamental conocer el lugar y lo ha sido siempre para los arquitectos. Lo era en el siglo XVI y lo sigue siendo ahora.

 

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Museo de la Viña y el Vino en Olite (Navarra) Fotografía: Josema Cutillas

 

Son escasísimas las excepciones a esa regla, es cierto. Me acude de golpe el ejemplo de la Casa Curuchet, de Le Corbusier.

Sin olvidar que contó con un aliado local importantísimo: Amancio Williams, que creo que fue capaz de explicarle y contextualizar. Y más ejemplos, como Charles Correa en la India, o lo que nosotros hemos tratado de hacer con Kengo Kuma en Granada.

Atribuyo el fracaso de muchos edificios actuales de buenos arquitectos a esta falta de cercanía. También la escala es importante. Evidentemente, no es lo mismo construir una casa que un gran edificio.

En nuestro despacho siempre hemos tenido muy claro que el responsable de un proyecto era quien estaba ocupándose de manera directa con él. También nos gusta mucho ocuparnos con cuidado de los principios y los finales, y los principios son tanto el lugar como el cliente.  Quien escucha al cliente es quien ha visto el lugar y quien define las claves. Creemos que eso forma parte de la misma relación.

A lo largo de nuestra trayectoria hemos comprobado que los fracasos se han producido cuando se ha dado esa falta de comunicación, el despego o la improvisación. Lo hemos constatado tanto en nosotros como en los demás de manera brutal.

Habéis tratado también de no sobredimensionar vuestro despacho, sino mantenerlo en una envergadura equilibrada que os capacite para afrontar diferentes tipos de proyecto.

Hemos procurado, aun en momentos de mayor volumen de trabajo en ahasociados, no dejar de la mano ningún proyecto. Particularmente, como te decía antes, en los primeros momentos para que la visión cercana estuviera presente.  Hay un momento en que, si pierdes ese control, te sientes como pisando un terreno resbaladizo. Y ha habido veces en que, atropellados un poco por las circunstancias (digamos en los años 2007, 2008), parecía que eso sucedía pero entendimos que no podíamos permitir eso.

Soy de los que creen que, si el inicio ha sido sólido y se cuenta con buenos colaboradores, el proyecto puede avanzar bastante solo y que uno puede dirigirlo desde la distancia.  Pero sólo si el proyecto cuenta justamente con eso, un proyecto detrás.

 

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Rehabilitación Antigua Biblioteca. Monasterio de Fitero (Navarra). Fotografía: Josema Cutillas

 

¿Cómo afrontas tu reto de dirigir la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra? Una escuela prestigiosa dentro del panorama en España. Y, ¿cuál serían tus propuestas para mejorar la docencia de la arquitectura?

Tengo dos preocupaciones: una de carácter metodológico y otra de carácter profesional.  Una pregunta es  ‘¿cómo?’ y la otra ‘¿para quién?’.

Desde el punto de vista metodológico quisiera implantar una enseñanza a través del ejemplo. Los creativos aprendemos del ejemplo. Así como un filósofo aprende de los conceptos,  y un concepto bien formulado le sirve como referencia para seguir avanzando; y en el mundo científico, se aprende de las evidencias; en el creativo se aprende a través de los ejemplos.  Quisiera construir una enseñanza a partir del hacer.  Uno hace, y en la medida que hace necesita conocimientos que deben ser incorporados. Uno se plantea trabajar y pensar sobre el hacer, sobre un determinado momento histórico, sobre una asignatura que puede ser considerada teórica…pero en el momento en que uno trabaja sobre un momento histórico reclama una serie de conocimientos que le permitan comprender aquello. Pero es algo que surge desde el hacer, no desde la vieja división de unas clases teóricas y unas posteriores prácticas sobre ello.  Primeramente porque, como decíamos, nuestra sociedad es hoy bastante impermeable al discurso teórico y porque además creo que en el mundo creativo lo teórico, si no está aplicado, no tiene sentido.

Me enoja que se distinga entre asignaturas teóricas y asignaturas prácticas.  Eso no debería ser así. Todas las asignaturas son aplicadas.  Y eso tiene que ver con esa enseñanza por proyectos, con el aprender haciendo y sin que esto signifique deslegitimar el mundo de la teoría sino que la teoría apoye el hacer.

Respecto a la pregunta ‘¿para quién?’, creo que en la mayor parte de las escuelas de arquitectura, echando un vistazo a la guía oficial elaborada por el Ministerio, como Libro Blanco…creo que todo eso está hecho para un arquitecto que ya no existe.  Se ha hecho para el profesional libre que murió.

Siempre digo que la profesión cambia cuando cambia el cliente, y el cliente ha cambiado.  Hoy el cliente ya no es el burgués decimonónico que generaba un profesional de vida liberal, o que el profesional liberal como el médico de cabecera tenía su plaquita y visitaba a las familias y era considerado médico y profesional liberal.  Eso ya no existe. Hoy un médico sabe que, para hacer medicina, debe estar en un complejo hospitalario y que si quiere hacer medicina de vanguardia además debe estar en el mejor, donde además pueda investigar en equipo…etc. Y no por eso es menos médico. Sin embargo, hoy estamos enseñando arquitectura como si aquel médico de familia aún existiera.

El mundo de la arquitectura va a cambiar y va a hacerlo porque ha cambiado el cliente, no porque haya cambiado la arquitectura.  El problema de construir y crear forma y espacio bajo un orden sigue siendo el mismo que afrontaba Palladio.  Ha cambiado el entorno y ese entorno demanda fundamentalmente otra visión de trabajo en equipo y eso demanda también una diversificación curricular.  Al arquitecto no podemos inculcarle un único modelo basado en la idea del arquitecto de prestigio, y que a mí personalmente me pone algo nervioso.

Se inculca en las escuelas a los alumnos esa idea de que o son arquitectos de prestigio o no son nada, algo que genera una enorme frustración colectiva. Es fundamental transmitir entre los estudiantes de arquitectura el equivalente de la convicción de que es posible ser un médico generalista, y que una óptima base como médico generalista permite ser un excelente oncólogo.

Me obsesiona esa diversificación curricular. Quisiera que todos los alumnos que salieran titulados de esta escuela, estuvieran satisfechos de ser arquitectos con una determinada orientación: paisaje, tecnología, urbanismo, teoría y crítica, diseño en la frontera… El marco para lograr esto está ahora mismo muy cerrado, ya que se ha definido en base a ese modelo de arquitecto español de los años 60, que era una especie de dios, que sabía de todo, que hacía de todo y que lo hacía dibujando con sus propias manos y apoyado por unos delineantes detrás: eso era todo lo que tenía que hacer.  Yo he visto morir a ese arquitecto pero, paradójicamente, en la escuela y en los programas educativos sigue constituyendo el modelo de referencia.

Son los dos desafíos que me parece absolutamente necesario asumir, como escuela y como profesión.

En la escalera de la arquitectura todo el mundo tiene su peldaño, y cada peldaño es fundamental. Para estar en el peldaño alto, alguien debe haber pasado antes por los peldaños inferiores. Para que el peldaño alto exista, deben existir todos los otros peldaños.  Por eso cada peldaño es importante y debería ser posible explicar eso a los futuros arquitectos, para que estos lo asumieran como tal y también la sociedad lo entendiera así.  La medicina atravesó una profunda reconversión y hoy nadie se cuestiona que el traumatólogo pueda ser un especialista de categoría inferior o superior a un cardiólogo.

Entender que cada especialista es importante.

Sin embargo, en la arquitectura hemos creado una realidad bastante poco real.  Frente a todo el enorme y complejo conjunto de actores que intervienen en la construcción de un determinado edificio,  el arquitecto pretende seguir siendo respetado a la manera de un profesional liberal. Eso ya no puede ser. Para ocupar el sitio que debemos ocupar, hemos de estar de otra forma.

Alberti escribe su Tratado porque había dejado de relacionarse con la arquitectura desde la estructura medieval de vínculo de los gremios con los cabildos.  La evolución de la figura medieval de los constructores de catedrales lleva al arquitecto a ponerse a disposición de reyes, nobles, papas… y debe cambiar su discurso y adaptarse a esa nueva situación social.  Tal y como aparece el rey con su corte aparece el artista con su taller.  Cuando emerge el poder de la burguesía, aparece un profesional liberal que dialoga en las mismas claves. Esto se ha mantenido hasta hace relativamente muy poco, pero ya no es sostenible.

Entrevista a Miguel Ángel Alonso del Val. 1

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