Tenía dos opciones, hacer la revolución o aceptar la represión – Peter Mina (Egipto)

Publicado por el 29 abril 2017

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Peter Mina. ©Ignacio Gil

 

Peter Mina, lleva más de tres años en España. A sus treinta años, confiesa que si volviera a vivir, repetiría sus acciones. “No me arrepiento de nada. En el proceso he tenido que dejar atrás a mi familia y mi país, pero he crecido, he evolucionado y veo la vida de otra manera. He abierto los ojos a nuevas realidades y no hay marcha atrás”. Este ingeniero aeronáutico egipcio, nacido en el Cairo en el seno de una familia tradicional copta, ha soportado la frustrante lentitud y complejidad de la burocracia. Aun sigue pendiente de regularizar sus papeles, tras haber sido declarado negativa su solicitud de asilo inicial. Está pendiente de la resolución de la solicitud, esta vez por la vía del arraigo.

Peter fue uno de los más de 15,000 manifestantes de la plaza de Tahrir en el Cairo, en los días convulsos de la revolución egipcia a finales de enero del 2011.  Entonces Peter tenía un buen trabajo, mucho que perder, y poco que ganar, así al menos lo veía su familia quien no le apoyó ni comprendió nunca su decisión de  participar en las manifestaciones de la plaza de Tahrir.

“En realidad – explica – luchábamos por algo muy sencillo, luchábamos por nuestra libertad. En mi país, tristemente, había dos opciones, o bien hacer la guerra, la revolución, o bien callar y aceptar la represión, la corrupción y la injusticia”. Seguir como estaban no era una opción. Fue agredido en la cabeza por la policía durante las manifestaciones, pero tuvo suerte. Sin embargo muchos de sus compañeros fueron encarcelados y sufrieron heridas graves.

“La falta de libertad personal, de libertad de pensamiento, la imposibilidad de participar en la vida política buscando el cambio pacífico, y sobre todo, el miedo a ser encarcelado injustamente” le impulsaron a dejar Egipto en septiembre del 2012 aprovechando un viaje de trabajo a Europa y solicitar asilo. “En mi país son frecuentes pequeños gestos de discriminación o de injusticia, pero la gente los tolera y acepta, para evitar enfrentamientos”. Defiende la laicidad en la política y en la sociedad en general porque ha visto el daño que causan los fanatismos religiosos.

Su vida no es fácil, y sin embargo no pierde la sonrisa, se muestra optimista aunque con los pies en el suelo. “¿Soy feliz? Más o menos. Nada es perfecto.” contesta y se ríe. Su peregrinaje le ha llevado como a tantos, por varios países europeos donde los centros los que describe como “cárceles para refugiados”. Le gusta mucho España, el clima le recuerda al de su país, y agradece la acogida y hospitalidad de la gente en general.

Rocío Gayarre

 

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