Refugiados V. Sulekha y Amal Hussein (Somalia)

Publicado por el 28 enero 2016

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Sulekha y su hija Amal Hussein. ©Ignacio Gil

 

Amal describe a su madre como “una superviviente quien nos ha enseñado a mi y a mis seis hermanos que lo imposible no existe”. Sulekha esboza una sonrisa y asiente con la cabeza. Tiene 50 años y hace ya 8 años que llegó a Madrid como solicitante de asilo, con sus 3 hijos más pequeños, mientras que los 4 mayores habían salido dos años antes.

Somalia es un estado fallido, lleva décadas en guerra. Sulekha fue madre muy joven, vivía con cierta tranquilidad en Qryole, era profesora de inglés. Su vida era tranquila y cómoda, pero cuando su marido se suma a las milicias, cambió drásticamente. Mientras él pasaba largas temporadas fuera, ella comenzaba a sentir cierta inseguridad. Su paz se quiebra definitivamente cuando su marido insiste en llevarse al hijo mayor con él.

Sulekha vio como muchos niños de la zona fueron secuestrados para convertirles en crueles y despiadados niños soldado. Ella decidió “no esperar hasta que les toque a los míos”. Explica que “ser consciente de que era más peligroso quedarse que huir, me dio la fuerza para seguir”. Sus temores se hicieron realidad en el 2003 cuando un grupo militar irrumpió violentamente en su casa. Nadie le garantizaba que fuera posible huir con éxito. Se lo desaconsejaban. Pero ella no dudó, partió con lo imprescindible y no echó la mirada atrás. Primero envió a sus cuatro hijos mayores por delante a Kenia, donde tuvieron que solicitar asilo en la sede de ACNUR. El dolor de la separación le partía en dos, pero “cuando sabes que quedarse significaba ver a mis hijos convertidos en niños soldado” no había opción. De su marcha, Amal y Sulekha recuerdan dos cosas, las lágrimas de miedo y de dolor, y que corrían, día tras día, y lo hacían hacia su libertad. Iban ligeras de equipaje, solo algo de ropa y fotos para no olvidar.

Sulekha afirma que no ha sido nada fácil, pero hoy día “soy tan de aquí como de allá”. “Aquí tenemos lo justo para comer y dormir, pero somos muy felices” porque la infelicidad, asegura, “está donde no hay paz, donde no hay seguridad”.

Amal se describe como “inquieta” y activa. Así es. No está dispuesta a tolerar tantas situaciones de injusticia. Es idealista y tiene clara su opción por los más desfavorecidos. Ella apenas recuerda su vida en Somalia, quizás sea una defensa natural. Pero empatiza con los refugiados sirios. Cada mañana, cuando se levanta, se pregunta “¿qué puedo hacer yo para cambiar este mundo?” Y se pone a ello.

Rocío Gayarre 

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