En el Tour nunca te pierdes

Publicado por el Jul 16, 2012

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“Mientras exista el Tour, el ciclismo no morirá”, escucho estos días a un ex corredor que vivió en el pelotón la época convulsa, desde el escándalo del Festina hasta el fin del reinado de Armstrong. Y llega en el recuerdo para ratificar tal impresión aquella sentencia de Bernardo Ruiz, el primer español en pisar el podio del Tour que se crió salvaje y libre gracias al estraperlo en tierras de Orihuela: “En el Tour nunca te puedes perder. Siempre hay público a ambos lados de la carretera”.Este deporte ha encadenado un cisma detrás de otro, ha desposeido y desacreditado a sus campeones y se ha visto a poca gente mover ficha para decir basta, el camino debe ser otro. Siempre huyendo hacia adelante, el ciclismo ha transformado esta realidad en su modus vivendi.

Y, sin embargo, el público no le ha dado la espalda. En Francia lo cotidiano ha dejado de ser noticia. Cientos de miles de personas cubren las carreteras del Tour. La gente convierte la carrera en una fiesta. Busca cobijo en las montañas un día antes de que pase el pelotón, transforma los puertos en escenarios lúdicos donde se aplaude al primero y al último, sin distinción de camisetas o nacionalidades. Se ofrece agua al sediento y, si llegase el caso, posada al peregrino.

Es una afición sana que entiende la naturaleza de este deporte, que aprecia el valor de los rostros desencajados por el tremendo esfuerzo, que empatiza con el empeño de los cuerpos anónimos que suben montañas de diseño en los Alpes o macizos agrestes en los Pirineos. Y es un público que aguanta estoico las horas y horas que requiere el descenso de los puertos al final de las etapas, en interminables caravanas de coches que se han tomado el día como un motivo de deleite.

El Tour nació como una epopeya en 1903, hombres y máquinas a la conquista de territorios inexplorados, ciclistas con alma de forajidos que se resistían a ser tratados como conejillos de indias enfilados hacia el matadero, montañas que han contagiado con su hechizo durante más de un siglo. Y el Tour ha sabido respetar esa historia y ese aura.

Francia está poblada de huellas ciclistas. Valles, carreteras y, sobre todo, puertos que honran memorias y recuerdan que por allí, en pistas sin asfaltar, en demoniacas subidas amenazadas por osos y lobos, a caballo entre el masoquismo y el deporte, pasaron humanos con afán emprededor y campeones del pedal.

En la cima del Galibier se alza una efigie de Henri Desgrange, el fundador del Tour. Las laderas del Izoard acogen un monumento en honor de Fausto Coppi y Lousion Bobet, cinco Tours entre los dos. Y cohabitan con el destino trágico las curvas donde cayeron Luis Ocaña en Mente o Joseba Beloki en Gap y murió Fabio Casartelli en el Portet d’Aspet. Y, para todos, recuerda el drama del dopaje en el Mont Ventoux. Allí, en el monte pelado de la Provenza que esconde en sus entrañas secretos militares, un monolito bendice el descanso eterno de Tom Simpson, el ciclista inglés que cayó abatido presa del alcohol y las anfetaminas.

Twitter @JCarlosCarabias

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Ciclismo, fútbol, Fórmula 1... De Induráin a Alonso. Tumbos por el mundo durante años para llegar siempre a la misma conclusión: no mires nunca de dónde vienes, sino a dónde vas. Más sobre «Coche Escoba»

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