El Tour siempre tiene memoria

El Tour siempre tiene memoria

Publicado por el oct 23, 2013

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Uno de los muchos secretos que explican el éxito del Tour de Francia es el respeto a sus ancestros. Tienen sus organizadores una panorámica global, sin sectarismos. El Tour son sus campeones, sus puertos, su leyenda. No hay lugar para la exclusión por nacionalidad, edad o procedencia. El Tour es francés, pero es de todos. Y así lo hacen sentir a sus pasajeros. Siempre tiene memoria y así lo expone cada vez que dispone de una oportunidad. Esto sucedió en la puesta de largo de la edición 2014.

El Tour recuerda a los muertos de la I Guerra Mundial a su paso por los cementerios del norte, por los campos de Verdun o Epenay, por esas verdes praderas colmadas de cruces blancas donde la visión se pierde. Varias etapas por la zona dan fe de la intención del Tour. La carrera saldrá de Inglaterra en justo culto a la tendencia en el ciclismo. Los dos últimos ganadores del Tour son británicos (Wiggins y Froome), la corriente dominante es sajona, los equipos más potentes proceden de Inglaterra o Estados Unidos… Y la única contrarreloj es una réplica de las celebradas en Bergerac en 1994 y 1961, con triunfos de dos leyendas, Induráin y Anquetil.

Un reguero de monumentos en honor de las gestas ciclistas pueblas las carreteras y los puertos de Francia. Son postales del Tour, orgullo de los ciudadanos franceses. El Galibier se alza majestuoso desde Valloire a la carretera que une Grenoble con Briançon, por detrás del Alpe d´Huez. No es estación de esquí ni parque de actividades. Una montaña gigante, una carretera estrecha y 40 kilómetros para disfrutar. No hay nada en el Galibier, salvo cabras en las laderas y dos símbolos: el monumento a Henri Desgrange en la cima y un diminuto restaurante de madera con cuatro mesas y escaños viejos, Pla Lanchat, parada obligada de mitómanos. El Izoard es vecino del Galibier. Más duro, la misma estirpe legendaria. Escenario de mil batallas épicas, a mitad de ascensión, en una curva a izquierdas, se alza el monumento a Fausto Coppi y Louison Bobet, cinco Tours entre los dos a sus espaldas.

El Mont Ventoux esconde en sus entrañas secretos militares y en su superficie, un aura de misterio por su cúspide pelada. Allí murió Tom Simpson en 1967 y una placa lo recuerda en el mismo punto donde cayó abatido presa del alcohol, el calor y las anfetaminas. El Tourmalet representa el perfil salvaje de los Pirineos. Es el punto de destino de los peregrinos. Una reliquia llena de vida. Su cima es como la Torre Eiffel en París. Imprescindible detenerse. Una taza humeante en el Café Tourmalet, su dueño sacado de un cuento y la estatua del otro lado de la carretera que honra la memoria de Jacques Goddet (el director del Tour de 1936 a 1947) y homenajea a la afición saludan al Tour. En el Portet d´Aspet, una placa señala el punto donde murió Fabio Casartelli. Y en Mente, donde se cayó Luis Ocaña en 1971. Vestigios de cien años, a la vista del ojo del viajero.

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Coche Escoba © DIARIO ABC, S.L. 2013

Ciclismo, fútbol, Fórmula 1... De Induráin a Alonso. Tumbos por el mundo durante años para llegar siempre a la misma conclusión: no mires nunca de dónde vienes, sino a dónde vas. Más sobre «Coche Escoba»

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