La hora del Estado

Publicado por el Oct 11, 2017

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Se acabó el circo. El problema no es la sedición, ni las injurias, ni el latrocinio; no. Todo eso ahí está, envuelto en la cobardía de que ayer hizo gala el President de la Generalitat. El problema es más elemental: el Govern no gobierna, conspira. La cuestión radica en la ingobernabilidad de Cataluña, tan sencillo como eso.

Como Al Capone, que entró en presidio no por sus crímenes sino por no pagar impuestos, Puigdemont, Junqueras y demás serán jubilados antes de tiempo por no atender sus deberes, por despilfarrar cuanto han tenido entre manos, por hacer imposible la gobernanza que tienen encomendada

A la hora en que escribo estas líneas no se ha reunido el Consejo, ni la comisión del PSOE ha aprobado propuesta alguna, pero mucho me extrañaría que hoy mismo no se active lo que la Constitución prevé para salir de tan kafkiana situación. Rajoy anunciará por la tarde que hasta aquí hemos llegado; llamará al Govern a la cordura, como hizo anteayer; a la vuelta a la legalidad, la misma que les dio el poder, y ante la falta de respuesta, iniciará el proceso para que Cataluña vuelva a tener un gobierno que se ocupe de los ciudadanos.

Muchas lecciones caben ser sacadas de esta historia. De entre ellas me quedo hoy con la tres que primero me asaltaron viendo la tarde del Parlament. La primera: el nacimiento de una Nación-Estado no puede discurrir por los cauces recorridos por el procés. ¿Dónde quedó la grandeza de los hombres que llevan a sus conciudadanos hasta la libertad, la independencia? Patética la mendacidad de Puigdemont tratando de eludir su responsabilidad penal por encabezar la sedición. Por eso fue tan cutre el alumbramiento de la republiqueta. Una especie de coito interruptus que duró diez segundos.

La segunda: el nacionalismo bien está en los libros de Historia. A su calor cuajaron en el tardo romanticismo, hace poco más de siglo y medio, Estados como Alemania o Italia, pero desde entonces ha sido la primera causa de las masacres que asolaron Europa. Aquí al lado hace menos de veinticinco años, murieron ciento cincuenta mil personas en las guerras que disolvieron Yugoslavia. ¿Por qué aquí y ahora? La independencia que los nacionalistas han desempolvado para poder amnistiar a los corruptos, gobernantes y facilitadores, que pudrieron durante tantos años la sociedad catalana, ha puesto alfombra roja a los antisistema alimentados por Putin, Maduro y otros amantes de las libertades.

Y tercera: lamentablemente, el problema ha venido incubándose durante décadas al calor de la dependencia de los todos los gobiernos del apoyo de partidos nacionalistas. La perversa administración de las competencias cedidas por el Estado a las Comunidades, singularmente en el caso catalán, ha cuajado en un aislacionismo provinciano sobre el que los últimos gobiernos de la Generalitat han ido desatornillando los goznes que vertebran el conjunto de la España. Los últimos embates han soliviantado a la inmensa mayoría de ciudadanos, harta de los desplantes y abuso de quienes hoy son la rémora de una Nación que por vez primera en muchos años, muchos, navega orgullosa de sí misma.

De toda esta historia es probable que acabe saliendo un elogio a la prudencia; a la mesura que ha frenado contragolpes sin objetivo cierto; que ha provocado la lisis del tejido golpista, como ha quedado de manifiesto tras la bronca de los que van juntos por el sí -hasta ahora-, con los otros, los desunidos por el no. Al tiempo.

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