Esquizofrenia

Publicado por el feb 18, 2016

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buscando pareja

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O bipolaridad, quién lo sabe. El caso es que resulta difícil asimilar que un partido sistémico, como el PSOE lo es, mantenga aún apuestas cruzadas con Ciudadanos y Podemos en la mesa de la investidura. ¿Qué idea de España y de su futuro albergan en su cabeza Sánchez y la compaña?

La farsa que vienen protagonizando en el gran teatro nacional induce a pensar que España y su futuro están al albur de las cesiones y concesiones necesarias para alcanzar su Dorado, la tabla de salvación de la dirigencia socialista. Y de nada más. Todo por salvarse ante el Congreso del partido; a cualquier precio.

Dicho por derecho, a Sánchez el país y sus ciudadanos les importan un bledo; como Rhett le escalfa a Scarlett en la escena  final de “Lo que el viento se llevó”: Frankly, my dear, I don’t give a damn.

La cuestión no está en juntar Escila con Caribdis, los dos monstruos marinos de la mitología helena que separaba un estrecho canal. Homero cuenta que Circe aconsejó a Odiseo cruzarlo acercándose más a los dominios de Escila que a los de Caribdis; el paso no le saldría gratis, pero mientras Escila devoraría a seis hombres, Caribdis acabaría con toda la nave. El navegante eligió el mal menor, obvio. ¿Ciudadanos o Podemos?

Odiseo, Ulises en la versión romana, tenía claro su objetivo: Ítaca, el hogar del que salió para pelear en Troya. Y a base de astucia lo consiguió al cabo de diez años, aunque en la travesía perdió la nave y a todos sus compañeros. ¿Sabe el secretario actual del centenario partido socialista dónde está su Ítaca?

La proximidad de Ciudadanos es más confortable que la de Podemos; tan evidente como que ¡ay! con los de Rivera no tiene suficiente tripulación para llegar a puerto. En la comedia que anuncian los carteles hay encuentros y desencuentros, regeneración y fiscalidad, educación y reforma laboral, pero por ahora no pasa de ser un ensayo general. La pareja de actores barrunta que llegado el día de estreno el público quizá les impida pasar del primer acto.

Ambos pensarán que llegado el momento los populares facilitarán la continuación de la obra; que no se atreverán a secundar los abucheos de los podemitas porque sus votantes se les echarían encima. No ven posible una reedición de aquella pinza con que Aznar y Anguita amargaron los últimos años del gobierno González.

Acercándose a Podemos Sánchez y la compaña ya saben lo que les espera. O deberían saberlo al cabo de los dos meses de toreo a que han estado sometidos. Del desiderátum de barbaridades contenido en sus medidas para el cambio Iglesias ya ha comenzado a soltar algunos hilvanes, como que la Justicia, el Banco de España, organismos reguladores y militares estén “comprometidos con el programa del Gobierno del Cambio”. Pero la huella de la aguja ahí sigue, como el referéndum catalán continúa pisando la línea roja que le marcaron sus conmilitones.

Cambiar puede cambiar cuanto a Iglesias le sirva para sus fines, y cuando mejor le convenga. Tiene la posibilidad de aliarse en ese gobierno de progreso del que se auto designa poderoso vicepresidente y echar a andar frente a una oposición con capacidad para bloquearlo todo, frustrante. Pero tiene otra y quizá más directa: hacer imposible la investidura para ir a nuevas elecciones el 26 de junio.

Para un partido emergente medio año más de campaña le da la vida, la que quita a los socialistas para poder lanzar un nuevo candidato, suponiendo que Sánchez fuera revocado en el Congreso del 21 de mayo.

La cuestión que Sánchez no acaba de resolver es si quiere vivir entre Madrid y Bruselas, o de Caracas a Teherán. La segunda opción, hoy más fácil de tomar, al cabo de unos meses acabaría con él y su partido; y lo que es mucho peor, con la convivencia entre españoles y buena parte de su bienestar. La primera requiere hoy negarse a sí mismo, ciertamente, pero estaría resuelta con una gran coalición como hacen los países serios ante problemas esenciales, identitarios.

No sería presidente pero se ganaría la consideración de patriota, y su ejemplo liberaría al PP de Rajoy. Despejada la esquizofrenia podría comenzar un juego en el que todos ganan, como los españoles hicimos hace cuarenta años.

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